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Señor Iñaki Urdangarin Liebaert y señor Josep Miquel Arenas Beltran ‘Valtonyc’:

Sus respectivos avatares judiciales les han hermanado estas últimas fechas en la atención que la sociedad ha focalizado sobre ustedes a cuenta de sus respectivas sentencias. Y eso ha sido así ya que está en entredicho si en las susodichas conclusiones los magistrados han sido o no justos en las valoraciones acerca de sus particulares y personales actuaciones, si las mismas se han fundamentado en los principios del Derecho correctos y adecuados, si son ecuánimes en sus conclusiones o si, por el contrario, se han visto teñidas, tanto la una como la otra, de apriorismos metajurídicos o influencias externas al mismo proceso que han convertido sus respectivos fallos en un montón de hojas escritas a doble espacio y por las dos caras repletas de errores garrafales.

Ante todo eso, ¿estamos en estos momentos y hoy en día en España amparados por una Justicia realmente justa?

Usted, señor Urdangarin, se ha visto estigmatizado ante la opinión pública por ser quien es. Yerno de Rey, cuñado de Rey, esposo de Infanta, con acceso directo a los grandes salones de la burguesía, con chófer en la puerta y mayordomo en la alcoba, con protagonismo en las páginas del papel cuché de las revistas del corazón, apuesto, elegante, deportista de élite, olímpico… Vamos, una joyita.

Eso, todo eso, le ha sustraído la simpatía de muchos y ha provocado falsas expectativas populares sobre su verdadera culpabilidad. Quizás usted estafó a la Hacienda pública, engañó a las autoridades del Estado y se aprovecho de sus privilegios para medrar y acumular millones de euros. Quizás sí o quizás no. Pero lo que esperamos de la Justicia es que defina si usted delinquió y, si fue así, en que magnitud lo hizo.

Por otro lado, usted, señor Valtonyc, se ha visto arrastrado asimismo por sus propias palabras a ser juzgado no solamente por los magistrados de los tribunales sino también ante el foro sentenciador de la opinión pública. Para algunos, sus versos propugnando la muerte de otros ciudadanos y sus aplausos jocosos congratulándose de los asesinatos de ETA son, simplemente, libertad de expresión y arte. Para otros, son ofensas imperdonables que una sociedad sana debe cortar de cuajo para impedir la escalada de odios que, como ya conocemos los españoles de épocas pasadas, acaban convirtiéndose en auténticos y sanguinarios enfrentamientos cívicos.

Por tanto, también en su caso, señor Valtonyc, nos preguntamos si ha sido sentenciado por una Justicia justa.

El objetivo principal de la Justicia es ubicar a cada uno de los ciudadanos en el correcto equilibrio entre sus derechos y sus deberes. Si alguien se siente perjudicado por otro, reclama justicia, reclama sus derechos. Y si alguien se toma la libertad de incumplir sus deberes y aprovecharse de ello para ponerse por encima de la ley, debe ser reprendido y castigado. Señores Urdangarín y Valtonyc, ¿creen ustedes que han cumplido taxativamente con todos los deberes que se les deben exigir legalmente a cualquier miembro de un Estado democrático? ¿Creen ustedes que alguno de sus derechos ha sido mancillado?

La Justicia, además, debe ser ecuánime, basada en leyes democráticas y conforme a los principios éticos que definen a la sociedad a la que ampara. Por ello puede ser constatable que algunos de los ciudadanos de esta misma sociedad consideren que determinadas sentencias no son adecuadas si, por ejemplo, sus propios principios generales no se corresponden con los de otros grupos sociales. Será en ese momento cuando la democracia deberá permitir la disensión y la expresión de las opiniones divergentes, aunque manteniendo la preponderancia de las leyes legalmente aprobadas y dictadas. Por eso, por ejemplo, siendo igualmente democráticas las sociedades española y noruega, no contemplan desde la misma perspectiva situaciones ligadas a la eutanasia, el aborto, la ofensa a las religiones, la corrupción política y muchas otras más.

Para concluir, señores Urdangarin y Valtonyc. Seguro que muchos ciudadanos habrán expresado sus opiniones totalmente divergentes acerca de las sentencias que les han condenado a cada uno de ustedes. Con mayor o menor virulencia, habrán utilizado su legítimo derecho constitucionalmente reconocido para opinar que las penas han sido o demasiado elevadas o demasiado tenues. Pero en ambos casos, la Justicia ha emanado del sistema democrático que nos dimos a través de los sistemas de expresión de la soberanía popular y, por tanto, y hasta que no haya una mayoría cualificada de españoles que considere necesario el cambio de determinados preceptos, la Justicia para ustedes, señores Valtonyc y Urdangarín, ha sido justa. Pero quizás no infalible.

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