De viaje por los recuerdos

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En el aeropuerto, largas filas de septuagenarios esperan para ser desarmados de frascos y cortaúñas y, de esa manera, no convertirse en víctimas de sí mismos a nueve mil metros de altura sobre el nivel de un mar que ya lo es todo por debajo.

Recuerdo un regreso desde Miami y una mochila abandonada sembrando el pánico el mismo día que comenzaba la invasión de Afganistán, cuando Bush, el hijo, consiguió recuperarse del susto de lo de las Torres Gemelas. Tantos años desde entonces, tantos muertos, tantos vivos malheridos y el problema en aumento.

Volamos sin sobresaltos y, al final, descenso hacia las sombras movedizas que desperdigan las nubes sobre un paisaje sembrado de autopistas y colores. Al día siguiente, en el autobús repleto dos señoras que me rozan se cuentan sus vidas, llenas de años y experiencias, mientras se conocen. Detrás de las ventanas se suceden las mismas esquinas que cobijaron las batallas más campales contra los últimos coletazos de la dictadura. Demasiadas cosas no han cambiado.

Llegamos al Clínico de San Carlos y, caminando, me asomo al balcón natural que mira hacia el noroeste. Al fondo se dibujan las sierras que anuncia la Castilla más vieja pero, a mis pies, el bosque urbano de la Complutense sigue salpicado de las mismas facultades universitarias. Cierro los ojos al viento y me veo, con unos cuantos cientos, huyendo de caballos inocentes que nos respetan más que sus jinetes, disfrazados de gris y muerte.

Cuando los abro ya estoy dentro, donde un voluntario contra el cáncer ofrece “té o café”, y después “caramelos sin azúcar”, mientras entretiene las esperas tristes. En la calle hace frío y un tapicero anuncia su negocio a voz en grito desde la furgoneta. Madrid sigue siendo un pueblo, pero una cámara oculta avisa que vigila el mal comportamiento para que a la ciudad no le huelan los excrementos. Por la tarde, sentado en un sofá ojeo los Cursos de Verano del 91.

Aquellos años del felipismo decadente. Entre los protagonistas de sus páginas, algunos de los que ya cultivaban un futuro que llenaría de sospechas su pasado. Hoy lo sabemos. Pero Chacel, Delibes y Alberti en la portada. La cultura nunca fue un negocio interesante, pero es lo mejor para decorar. De nuevo en el avión, las turbulencias me recuerdan el presente al que regreso.

 

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