OPINIÓN / “Valtónycos”, por Eduardo de la Fuente

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Querido lector, le ruego que hoy me dé —y también se lo dé usted— un respiro político. La saturación de tanta cosa de partidos, la falta de sueño, un catarro del veranillo de marzo y el comer a deshoras casi han acabado con un servidor… Llego tarde a nuestra cita semanal y no pienso permitir mayor demora. Hoy les voy a hablar de creerse las cosas, no de ser y parecer, sino de creer de verdad en los principios y en lo que se hace.

Seguro que han oído la frase “No basta que la mujer del césar sea honesta; también tiene que parecerlo”. Me sirve de percha para lo que les quiero exponer. Según Plutarco –y les aviso que a los cronistas clásicos, hay que cogerlos con pinzas; menuda la que montó Tácito con su ‘Germania’–, un muchachote patricio llamado Publio Clodio Pulcro –ojo, en otras versiones era un general carca, pero yo me quedo con la del jovenzuelo cachondo, tiene más gracia– andaba encoñado de Pompeya, la mujer de Julio César. Publio tenía pasta y buena posición, pero era tonto del culo porque mira que habiendo mujeres en Roma estaba empeñado en cepillarse a la parienta del jefe. Un día no se le ocurrió otra idea mejor que vestirse de mujer y colarse en palacio en una de esas fiestas paganas solo para mujeres, algo así como el ‘pijama party’ de la época. El disfraz debía ser de los chinos porque lo trincaron y no llegó a seducir a Pompeya –de la que no consta que estuviera por la labor de ponerle los cuernos a su marido–. Hay que ser torrezno o tener un desprecio absoluto por la vida para pretender liarse con la tronca de un tipo que había arrasado la Galia sin contemplación y que tenía merecida fama de vengativo. Julio César repudió a Pompeya a pesar de que no se encamó con el merluzo de Publio. No podía caber duda sobre la mujer del césar. Y de ahí viene el no solo ser honrado sino el parecerlo.

Debo desde esta humilde columna de opinión mostrar mi más absoluto apoyo y reconocimiento al rapero Valtonyc. Al muchacho le han encasquetado tres años y seis meses de cárcel por injurias a la corona, ensalzamiento del terrorismo y demás chiquilladas. Es mi ídolo porque no solo es y parece, además se lo cree. Saca pecho ante la condena y dice que si lo llega a saber se hubiera cargado a alguien y arremete contra Irene Villa. Valtonyc parece gilipollas, es gilipollas y además se cree que es gilipollas. Porque se lo cree, ya que de lo contrario no se explica su comportamiento. A mí me cae una condena de talego y me pienso muy mucho lo que ando soltando por ahí. Pero claro, yo no soy un tipo duro, un mártir de la Revolución. Valtonyc es un luchador de alma galvanizada, curtido en mil batallas, un hombre hecho a sí mismo, un descastado, un paria voluntario, el ariete del marxismo, el azote de los fachas y de los progres. Lo suyo sí que es una vida dedicada a conquistar la libertad, el tortuoso camino de dolor y sufrimiento del héroe solitario. Sí, es un referente, no como la pija esa de Irene Villa criada entre algodones, que duerme sobre pétalos de rosa y que vive del cuento porque de niña le reventaron las piernas con una bomba lapa. ¿Qué ha hecho Irene Villa, estudiar unas cuantas carreras universitarias, casarse, tener hijos, trabajar, ser esquiadora paralímpica, superar la mierda de futuro que le regalaron los etarras? ¿Quién es esa mindundi al lado de un coloso como Valtonyc al que hasta defienden miembros del Gobierno balear? Irene Villa parece viva, está viva, y por todo lo que ha hecho, cree en la vida. Eso, los valtónycos no lo ven.

Valtonyc tiene principios y se los cree. Cierto es que son unos principios de mierda, pero allá él para elegir la forma de suicidio neuronal que le venga en gana. Unos lo hacen leyendo el libro de Belén Esteban, otros llorando con las películas de Meg Ryan, algunos –y esto me parece una crueldad masoquista infinita– haciendo cola durante horas para que los Gemeliers les firmen un disco… La empanada mental del raperillo es  considerable. Vive en un ‘ego trip’ aupado a las nubes por palmeros que pretenden hacer de él un mártir. Desean que entre en prisión y si se lo cargan con el garrote, mejor, que así tendrán su nuevo Salvador Puig Antich, al que por cierto hoy todos reivindican cuando no fueron más que un puñado los que pidieron su indulto. Ni comunistas ni socialistas de entonces movieron el meñique del pie izquierdo por él.

Los de mi quinta nos hemos criado con músicas y letras que dejan las de Valtonyc a la altura de cancioncillas de parvulario. A mí no me asusta, le pasa lo mismo que a los Rage Against the Machine, que le ponen una pegatina de Sendero Luminoso a la guitarra eléctrica y no consiguen asustar ni a las viejas. Molan mucho, me pongo muy borrico cuando los escucho, pero son de pega –algún día tengo que hablar de música políticamente incorrecta de verdad y no de estos panolis–. Por eso, por haberme mamado toneladas de odio y rock, Valtonyc me parece, es y creo que es un obtuso huevón. Supongo que si lee estas líneas me llamará fascista que es lo que suele decir la gente magra de inventiva y vocabulario para intentar insultar a los que no piensan como ellos, o me amenazará de muerte disparando pobres rimas o desangelados tuits porque tiene mucha boca y pocas pelotas, que mucho rajar pero si ve un kalashnikov seguro que se hace popó en el chándal.

Por cierto, seguro que si ha llegado hasta aquí se andará preguntando qué fue de Publio Clodio Pulcro. Según Plutarco, en medio del jari que se montó en el ‘pijama party’ de Pompeya logró huir. Y por sorprendente que parezca, Julio César lo perdonó. Aunque se lo he dicho: a los cronistas clásicos hay que cogerlos con pinzas. No puedo dejar de imaginarme a Publio con su vestidito de concubina encerrado en un talego norteafricano con cinco camellos pasados de crack decididos a mostrarle todo el amor que guardan en la entrepierna después de unos cuantos años de cautiverio sin catar mujer. Eso me cuadra más con el concepto de justicia romana, que los romanos eran muy civilizados para construir acueductos, vías y alcantarillas, pero muy, muy brutos para las cosas de la venganza.

 

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