¡Así son las cosas!

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Como es sabido, la protección del interés del menor siempre ha sido, en nuestro derecho de familia, el principio rector o el criterio básico que ha de presidir cualquier decisión judicial. Nadie ha puesto en duda esta orientación esencial. El problema  -que, sin duda, existe- se sitúa, sin embargo, en un ámbito diferente.

En efecto, la dificultad estriba en determinar y delimitar el contenido de dicho interés en el caso concreto. No basta con formulaciones generales y abstractas, que todo el mundo comparte. No basta -ni mucho menos- con invocar o recordar tan básico principio abstracto. Es necesario, a mi entender, que la resolución judicial, que invoque el interés preferente del menor, acredite, razonada y fundadamente, que, por el conjunto de circunstancias probadas en el procedimiento, se exige una resolución del tenor concreto que se adopta. Exigencia, por cierto, que no se atiende ni satisface en infinidad de casos.

En este orden de cosas, hace ya tiempo que una Sentencia de la AP de Santa Cruz de Tenerife (s. 23.04.2007) subrayó, con gran acierto y valentía, que la prevalencia del interés del menor sobre cualquier otra valoración “… ha de ser consecuencia de la concurrencia de unos presupuestos fácticos cuya apreciación requiere suficiente prueba para lograr que, en lo posible, la aplicación del citado principio (‘favor

minoris’) responda a una verdadera realidad constatada”. Aquí, cabalmente, está, aunque suela obviarse en muchos casos, el punto nuclear de la cuestión. Aquí radica, en muchos casos, la adulteración del principio que se invoca y aplica sin que se sepa exactamente el por qué o en qué se fundamenta.

Muchos de los padres y madres  -que no han podido (o no han sabido) consensuar entre ellos un sensato régimen de familia para la nueva situación de ruptura- saben a qué nos referimos. Ellos -hablando en general- no entienden de leyes ni de abstractos principios ordenadores.

Sólo saben y quieren una cosa: convivir con sus hijos el máximo tiempo posible. Cuando, en aplicación del ‘interés del menor’, se les limita este derecho, todos se preguntan lo mismo: por qué el interés de mis hijos exige recortes en la convivencia conmigo, en qué se apoya el Juez para semejante valoración, cuáles son las circunstancias concretas que así lo imponen, por qué una guarda compartida no protege el interés preferente de mis hijos y les perjudicaría.

Personalmente, estoy convencido que, en demasiados casos, nuestros Jueces y Tribunales  -a veces, por razones que ellos no pueden contralar- adoptan decisiones que, aunque basadas en la invocación del interés de los menores, les perjudican gravemente. Ello es así porque no conocen el trasfondo de la realidad familiar del caso concreto, porque ignoran o no quieren escuchar la lucha existente de interés personales de los progenitores. En el fondo -es lo que importa- se imponen decisiones contrarias al interés preferente que se invoca. Esto es, se imponen o se abrazan a lo que no deja de ser otra cosa que anversos obscenos. Los dramas humanos de tales decisiones pueden marcar a los protagonistas de por vida.

No debemos olvidar que, en tan trascendentales asuntos, se da cita también otra realidad, que se pretende ocultar y de la que no se quiere hablar. A la hora de explicar lo que pasa en más casos de los deseados, se ha de aludir a la orientación muy extendida y aceptada por muchos Jueces y Fiscales que tienden instintivamente a imponerla en los casos concretos en que intervienen. Nos referimos a que el derecho de familia está infectado de ideología, que hace que la invocación del interés del menor sirva, a veces, como instrumento que ampara y funda las más obscenas decisiones, que pueden marcar a los hijos de por vida.

A este respecto, como ya expusimos en una monografía (La custodia de los hijos. La guarda compartida: opción preferente, Ed. Civitas/Thomson Reuters, Pamplona 2010, págs. 244 y ss.), hay que subrayar con vigor que la Ley a aplicar en materia de familia no es la ideología de género, por mucho que ésta forme parte del horizonte intelectual de bastantes Jueces y Fiscales, Abogados y Psicólogos. Tampoco la ‘ideología de género’ es el criterio de interpretación legal. La Ley -salvo supuestos excepcionales- es la de la ‘corresponsabilidad’ y el ‘compartir’ el cuidado de los propios hijos.

El despropósito de confundir ideología y ley está llevando -aunque sea inconscientemente- a la imposición en materia de familia de los llamados “anversos obscenos” (cfr. Salavoj Zizek, Arriesgar lo imposible, Ed.  Trotta, Madrid 2006, pág. 124 ss.). Esto es, los mal llamados ‘progresistas’ vuelven de hecho a imponer, a veces, orientaciones tradicionales, que dicen repudiar con vigor.

Aunque no lo crean, en nombre del ‘progresismo’ se imponen soluciones que propician ‘el abandonismo’ de muchos varones, limitan la ‘corresponsabilidad’ de ambos padres en el devenir futuro de los hijos, no secundan ‘la libertad e igualdad’ de ambos padres en el cuidado y atención de los hijos, no superan la ‘corrección femenina’ en el modo de entender y distribuir los roles en la familia, se empeñan en construir una familia irreal que -para más inri- se impone desde arriba y al margen de sus verdaderos protagonistas. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Así son las cosas en muchos casos, en demasiados!

Como persona que he dedicado (www. Delgadoyasociados.es)  la mayor parte del tiempo de cada día a ayudar a muchos familias (sin diferenciar si sus protagonistas son o no creyentes), me duele esta realidad que apenas he esbozado. Como creyente, no entiendo qué hace la Iglesia más allá de denunciar aspectos que, si son realidad en muchas familias, se han generado con la complicidad de todos, también de Ella misma. ¿Dónde está la familia cristiana? ¿Dónde están las instituciones de la Iglesia que presten la ayuda necesaria a la familia con problemas? ¿De verdad piensan que el problema de la familia estriba -si se han divorciado y vuelto a casar- en si pueden o no acercarse a la comunión eucarística?

¿Qué hace la Iglesia para garantizar y asegurar un nivel válido de formación de los esposos? Qué ofrece a los esposos que entran en una convivencia tormentosa?

La atención necesaria -y el seguimiento indispensable- exige de algo más que abstractos planes pastorales. ¿Qué se ofrece a este respecto? Todos lo sabemos: palabras y más palabras, recetas morales, discurso y estudios repetitivos, que nadie se molesta ni siquiera en leer. ¡Se ha vuelto autoreferencial! Y, por tanto, permite -aunque sea de modo inconsciente- anversos obscenos en la atención a la familia.

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