Carta al monstruo de las cloacas / Seremos devorados por nuestros propios residuos

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toallitas

Una enorme masa pastosa, grasienta y pestilente de cien metros de largo taponó el pasado mes de septiembre uno de los tres colectores de aguas residuales de San Sebastián. En la ciudad de Valencia, la situación fue, si cabe, aún más peligrosa: un mazacote de un kilómetro de longitud y mil toneladas de peso obstruyó una conducción de cinco metros de ancho por 2,4 de alto. En Cala de Bou, en el municipio ibicenco de Sant Josep, millones de toallitas húmedas bloquearon la estación de bombeo de aguas residuales de Caló de s’Oli, lo que provocó que las aguas residuales desbordaran su cauce y acabaran en el mar, llenando las rocas de la costa de desechos. En la playa de Can Pere Antoni de Palma, dos operarios de la empresa de limpieza cada día, sin excepción, se enfrentan contra una auténtica marea de residuos.

Todos estos ejemplos nos llevan a la misma real situación: los desperdicios, nuestros propios desperdicios, nos están asaltando y están llenando de basuras nuestra costa y nuestro mar. Y nosotros, sin embargo, seguimos consumiendo con indiferente estulticia millones de toneladas de productos que ya están asesinando a nuestro propio medio ambiente.

Cápsulas de café de aluminio o plástico, bastoncillos para los oídos, mecheros no recargables, maquinillas de afeitar de un solo uso, toallitas higiénicas húmedas y pajitas, platos, vasos y cubiertos de plástico son la peste medioambiental del siglo XXI. Su pequeño tamaño nos hace ser insensibles ante su contrastada peligrosidad. No le damos importancia y no somos consciente de su toxicidad demostrada. Sin embargo, uno a uno y por millones, llegan a conformar una masa que tapona tuberías, bloquea depuradoras y colapsa emisarios de aguas sucias.

En una iniciativa pionera en España, y siguiendo el ejemplo de los países más avanzados, la dirección general de Residuos del Govern balear está preparando una norma legal que prohibirá la distribución y venta de estos productos si el fabricante o comercializador no es capaz de asegurar su recogida y reciclaje. Si no hay una fehaciente seguridad de que estos productos serán eficientemente eliminados, deberán ser substituidos por otras materias primas, en este caso sí biodegradables: la celulosa.

Las autoridades, en cumplimiento de las exigencias inherentes a su responsabilidad cívica, redactan leyes, decretos y reglamentos para frenar el uso compulsivo y tóxico de productos contaminantes. Pero esta iniciativa será inútil si los ciudadanos, ustedes y nosotros, no somos protagonistas de esta lucha. Acabar con todo aquello que destruye nuestro entorno es, también, responsabilidad de nosotros mismos. Está en nuestras manos no asesinar a la Tierra. Con un simple gesto, aportaremos nuestra imprescindible acción personal para seguir viviendo en un mundo que no sea un hediondo estercolero.

Está en nuestras manos.

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