Degeneración, desequilibrio y traición

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El pasado 21 de diciembre, el Papa Francisco felicitó la Navidad a la Curia romana. Sus palabras (OR 52, 2017, 4-6) han dado la vuelta al mundo y han armado un verdadero revuelo en los ambientes relativos a la Iglesia. Con la claridad y la libertad, que le caracterizan, les cantó a los presentes (cardenales, arzobispos, obispos, monseñores y demás personas de tan poco evangélica organización) las cuarenta en bastos.

¡Cómo estará la cosa por dentro para que, en tal celebración festiva, alzase su voz crítica y atronadora!

En la primera situación denunciada, habló de “… superar la desequilibrada y degenerada lógica de las intrigas o de los pequeños grupos que en realidad representan -a pesar de sus justificaciones y buenas intenciones- un cáncer que lleva a la autorreferencialidad, que se infiltra también en los organismos eclesiásticos en cuanto tales y, en particular, en las personas que trabajan en ellos”.

Con la segunda denuncia. se refirió al “… peligro, que es el de los traidores de la confianza o los que se aprovechan de la maternidad de la Iglesia, es decir, de las personas que han sido seleccionadas con cuidado para dar mayor vigor al cuerpo y a la reforma, pero -al no comprender la importancia de sus responsabilidades- se dejan corromper por la ambición o la vanagloria, y, cuando son delicadamente apartadas, se auto-declaran equivocadamente mártires del sistema, del ‘Papa desinformado’, de la ‘vieja guardia’…, en vez de entonar el ‘mea culpa'”.

En tercer lugar, hizo referencia a la existencia de aquellas personas “… que siguen trabajando en la Curia, a las que se les da el tiempo para retomar el justo camino, con la esperanza de que encuentren en la paciencia de la Iglesia una ocasión para convertirse y no para aprovecharse”.

Y, finalmente, no olvidó “la inmensa mayoría de personas fieles que allí trabajan con admirable compromiso, fidelidad, competencia, dedicación y también con tanta santidad”.

La realidad de un anómalo funcionamiento de la Curia romana era conocida desde hacía muchísimo tiempo. Quien  -sin excluir al propio Sucesor de

Pedro- ha querido abrir las ventanas para airear las estancias vaticanas, que no eran otras que las de la propia Iglesia, ha tenido que vérselas con la todopoderosa Curia romana. El mismo Concilio Vaticano II (recordemos los objetivos fijados por el bueno de Juan XXIII) hubo de librar una denodada batalla a favor de su libertad (cfr. Memorias de Hans Küng). No siempre, como es sabido, salió victorioso. Baste recordar, a titulo de mero ejemplo, lo ocurrido con la colegialidad episcopal, con el Sínodo de los Obispos, con la Humanae vitae, con la Sacerdotalis coelibatus, con la libertad de la teología,  con las funciones de la Congregación para la Doctrina de la fe, con el ecumenismo, con el papel de la mujer, con la función del laicado, etc., etcétera. La posición de supremacía de la Curia romana se vio intensificada aún más en los últimos pontificados, enredados en una obsesiva labor restauradora del pasado y en neutralizar, por tanto, el impulso del Concilio (RD, Delgado del Río, G., Un gobierno monárquico y Küng, H., ¿Tiene salvación la Iglesia?).

Por si todo lo anterior no fuese ya de una gravedad extrema, signo evidente de una Iglesia moribunda, tampoco pueden ignorarse las presuntas complicidades de algunas de las más altas autoridades vaticanas (¿Eran conocidas por los Papas del momento? ¿Por qué no cortaron entonces con su propio entorno, presuntamente corrompido?) en situaciones nada evangélicas y que cuestionaban claramente la orientación de la Iglesia. No pretendemos, ni mucho menos, ser exhaustivos. Simplemente remitimos a unas fuentes y que el lector juzgue libremente. La lectura del libro de Los Milenarios, El Vaticano contra Dios, Ediciones B, Barcelona 1999, 351 págs.,  constituye una verdadera denuncia sobre el presunto alejamiento de la Iglesia de su identidad (el Vaticano como poder). Asimismo, el Libro de los Discípulos de la verdad, Mentiras y crímenes en el Vaticano, Ediciones B, Barcelona 2000, 253 págs. significa un impresionante relato de hasta dónde, presuntamente, pueden llegar las cosas, capaz de hacer perder la fe al más pintado. Y, por último, también de los Discípulos de la verdad, el Libro A la sombra del Papa enfermo. Los escándalos en el Pontificado de Juan Pablo II y la lucha por su sucesión, Ediciones B, Barcelona 2001, 413 págs. puede cerrar un círculo, calificable, presuntamente, como nefasto.

Todo ello debe ser completado con una serie de escándalos, que emborronaron y dañaron muy gravemente la imagen de la Iglesia en el mundo entero. Su pérdida de autoridad (credibilidad y fiabilidad) fue innegable. Basten, al respecto, estos dos ejemplos: los escándalos económico-financieros y la respuesta al abuso sexual del clero. La situación real adquirió tintes dramáticos, Benedicto XVI se vio totalmente desbordado y optó  por su renuncia, aunque, por cierto, no fue explicada en sus verdaderos motivos.

No hace falta subrayar la agitación de los días previos a la elección de Francisco. Lo nunca conocido, ‘Informe secreto’ incluido. Francisco es elegido (¡con sorpresa de su Antecesor!) para reformar la Iglesia y a ello ha dedicado sus mayores esfuerzos en medio de las más intensas resistencias. Este Papa se ha atrevido, por fin, a realizar un diagnóstico  (cáncer) de la situación. Ésta es desoladora y muy grave, muy distante del espíritu evangélico, un verdadero contra testimonio.

¡Degeneración, desequilibrio y traición! No lo dice este comentarista.

Lo dice el propio Francisco. La verdad, aunque disguste, no hay que esconderla. Hay que proclamarla y afrontarla.

Es más, como afirma con acierto José María Castillo, “sin miedo a exagerar o sacar las cosas de quicio, creo que se puede (y se debe) afirmar que el ‘desequilibrio’ y la ‘degeneración’ que el papa denuncia de la Curia Romana, no se reduce a la Curia del Vaticano. Ese ‘desequilibrio’ y esa ‘degeneración’ se extiende – de una o de otra forma, con más o menos profundidad – por la Iglesia entera”. Evidente e incontestable. También por la Iglesia en España.

A partir de esta vergonzosa realidad  (en cuyo ocultamiento tantas energías se han gastado y se gastan inútilmente), proclamada ahora por quien ostenta la máxima autoridad en la Iglesia, es de esperar que muchos tengan la vergüenza torera de irse a su casa y otros que cambien su rumbo y acepten lo que en otros tiempos predicaban:  unidad fiel y obediente a Pedro. ¿Cómo pretenden seguir presidiendo las comunidades cristianas con tales credenciales? ¿Qué autoridad moral (credibilidad) les asiste para seguir sin  actuar ‘sub Petro et cum Petro’?  ¿Cómo pretenden renovar la Iglesia a partir de semejante desmadre? La gente no es tonta. Nos damos cuenta de lo que pasa. Abandonamos y a otra cosa o seguimos nuestro propio rumbo.

Ya está bien de tanta hipocresía, como se exhibe. ¿Acaso Francisco no es el actual Sucesor de Pedro?  ¿Acaso no goza de la asistencia, como dicen, del Espíritu Santo? ¿Acaso sí eran sucesores de Pedro Juan Pablo II y Benedicto XVI porque imponían criterios y orientaciones coincidentes con quienes ahora tantas resistencias ofrecen? ¿Por qué en otro tiempo, no muy lejano, cualquier atisbo de no secundar sin resquicio alguno cualquier orientación papal era condenada, calificable de conducta “traidora” y a sus autores se les aplicaba la ‘damnatio memoriae’ (borrado del recuerdo)? ¡Ya está bien!

Mal que les pese, por mucha resistencia que ofrezcan y por mucha hipocresía de la que hagan gala, me temo que ha llegado el tiempo en que todo lo  oculto se ha descubierto, en que lo  secreto se ha conocido y ha salido a la luz  (Lc. 8, 17). ¡Qué cada cual tome nota! Pero, si no se cambia radicalmente, sobre todo por parte de muchos miembros de la Jerarquía y por muchos que, presuntamente, colaboran con el Papa en su Curia, todo irá a peor. ¡Obras son amores dice el refranero español-, que no buenas razonas!

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