Obispos que andan de boca en boca

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Como es sabido, el proceso soberanista en Cataluña tuvo el 1-O una primera escenificación. Desde entonces, andamos entretenidos en perder el tiempo.

Todo -con la complicidad de muchos- por no atreverse a hacer las cosas con el pensamiento puesto en el interés general. Han primado, una vez más, los intereses partidistas.

Y en éstas estamos, aguantando la ‘tabarra’ catalana, que dice el maestro Antonio Burgos. Y va para rato. No se cansan. Son más pesados que el tractor que los identifica.

Si algo ha puesto de relieve el proceso soberanista, ha sido, en opinión de muchos, la claudicante actitud del Episcopado en España. Lo han venido haciendo mal, muy mal, desde hace mucho tiempo. A nadie debiera extrañar que ahora, consumada la presunta traición independentista (por cierto no sin la complicidad de una parte de la Iglesia en España y, sobre todo, en Cataluña), anden de boca en boca, esto es, todo el mundo habla de ellos y, en general, con desprecio y con indiferencia malsana.

No pretendo ni tan siquiera extractar lo substancial de los últimos avatares eclesiásticos. Son de sobra conocidos. Puede ser útil la lectura de las reflexiones de Oriol Trillas (La Iglesia y el proceso soberanista (post 155), en ‘El Mundo’, 10.12.2017, págs., 21-22). A partir de los hechos (la realidad), prefiero que cada cual se atreva y se responsabilice con su juicio. Tan sólo voy a poner sobre la mesa una actitud muy distinta de otros Obispos ante una situación política también transcendente. ¡Que cada cuál valore y opte en justicia!

En Bolivia, su Presidente, Evo Morales (lo es desde 2006), quiere volver a postularse de nuevo para la Presidencia y además de modo indefinido. Así, por impulso del propio Gobierno, lo ha permitido la reciente Sentencia del Tribunal Constitucional Plurinacional 0084-2017. De inmediato, el Episcopado boliviano (Comunicado de 6 de diciembre de 2017) ha saltado a la palestra y ha hablado con claridad, sin miedo, sin equidistancias, sin falsas componendas. Se ha puesto del lado del pueblo. Ha expresado su oposición rotunda a semejante intento totalitario. Ha hablado alto y muy claro. Y lo ha hecho en base a un texto evangélico, que dice: “Pero Jesús, llamándolos a sí, les dijo: Vosotros sabéis que los príncipes de las naciones las subyugan y que los grandes imperan sobre ellas. No ha de ser así entre vosotros” (Mt 20, 26-26).

El juicio a tan abusivo ejercicio del poder no se ha andado con remilgos: “Se han roto los principios básicos de la democracia: el respeto a las leyes, a la institucionalidad y a la separación de los poderes del Estado, lo que abre el camino al totalitarismo y al dominio del más fuerte, con el consiguiente menoscabo de la libertad del pueblo.

Esta Sentencia significa un retroceso en la Democracia del país, justo en el año en que se cumplen 35 años de su conquista por parte del pueblo boliviano”.

La justificación de tan severa valoración (verdadero varapalo al poder imperante) radica en que desconoce la voluntad soberana del pueblo cuando aprobó, en 2009, la Constitución y cuando rechazó la apertura de la misma para optar a la reelección en 2016. Incluso, porque malinterpreta el art. 23 de la Convención Interamericana de Derechos humanos que busca lo contrario: “proteger a los ciudadanos de la perpetuación en el poder de los gobernantes”. Todo ello, en definitiva, “significa un retroceso en la Democracia del país”.

Sin entrar en más detalles, los Obispos de Bolivia han clamado por el respeto a la ley y a la voluntad manifestada del pueblo. No quieren totalitarismo alguno. Piden que se respete la separación de poderes y que el poder judicial no esté “sujeto a la manipulación de los gobiernos de turno”.

¡Qué diferencia tan abismal! ¡Vean, comparen y juzguen! La grave dejación de su misión, por parte de los Obispos en España y, en especial, en Cataluña, radica, además de no alzar su voz orientadora y profética en su momento (las ocasiones han sido múltiples), en haber pretendido hacer de intermediarios eclesiales, opción que vetó formalmente el papa Francisco. Han sido, presuntamente, cómplices por acción y por omisión, según los casos, y, a toro pasado -cuando ya se ha consumado el golpe de Estado-, han buscado quedar bien mediante una apelación al diálogo y a la salvaguarda de los bienes comunes, a la concordia. El parto de los montes del refrán latino de Horacio. Lo grave -una vez más- es que pocos se extrañaron ante tan interesada oferta. No era esperable nada comprometido. No han cambiado de metodología. Todo sigue igual.

¡Allá ellos! Debiera hacerles pensar y reflexionar. El ciudadano lleva presenciado el deprimente espectáculo hace mucho tiempo. Ya, en su inmensa mayoría, pasa de ellos. No les otorga autoridad ni credibilidad alguna. Ni siquiera, cuando se ha violado la Constitución y las leyes de modo reiterado, cuando no se cumplen las sentencias judiciales, cuando se violan flagrantemente derechos fundamentales, incluso en el ámbito de la escuela (adoctrinamiento), cuando se proclama como Doctrina social de la Iglesia una enseñanza averiada, etc. etcétera, se atreven nuestros Obispos a enfrentarse con la realidad. ¡Qué panorama! ¡Qué defección, qué abandono y qué deserción! ¡Qué triste!

¡Tú mismo!, lector amigo. Atrévete, como te digo, con tu juicio. No hagas caso a nadie. Ni siquiera a las reflexiones, que acabas de leer. Atente a los hechos, a la realidad de lo ocurrido y a las actitudes expresadas. Sé coherente. El respeto, la autoridad y la credibilidad se ganan en momentos tan trascendentes como los que hemos padecido. Emite tu juicio, aunque lo guardes sólo para tus adentros.

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