Damiselas en peligro (de extinción)

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Rugían los vientos del invierno a través de la ventana el día que descubrí que quizás yo también era feminista. O quizás no hacía frío, ni el viento azotaba los árboles del otro lado de la ventana de mi habitación cuando me leí entre carcajadas el primer capítulo de ‘Cómo ser mujer’, de la imperdible Caitlin Moran.

Pero sí recuerdo esa sensación de escalofrío que te recorre de pies a cabeza, que te llena de conciencia al aprender algo que ya sabías. De eso ya han pasado varios años y aún más libros que me hacen entender, poco a poco, que llegamos tarde a esta revolución.

Porque, por más mitos que haya construidos en esa nebulosa que es el feminismo, de creencias falsas y estereotipos en las que caemos como las trampas que son a la inteligencia humana, las y los (sí, hay hombres) “feminazis” creemos en la igualdad. Todo lo demás es falso. Las mujeres no queremos erradicar de la faz de la tierra a nuestros compañeros.

De manera anecdótica, puedo contar que hace tan sólo unas semanas me tocó vivir un episodio que aún me confunde. Sucedió una tarde cuando tuve una avería en medio de la carretera y mi coche se quedó inmóvil al salir de una rotonda. Sin aburrir con detalles mecánicos, lo que sí voy a relatar es que, al estar allí en medio, empezaron a aparecer hombres a mi alrededor, que, con toda amabilidad, me ayudaron a movilizar el vehículo al arcén y, también, a tranquilizarme. Y yo me pregunto, ¿si no hubiera sido yo una chica se hubieran bajado igual? ¿Habrían recibido el mismo trato mi hermano, mi mejor amigo, alguno de mis compañeros de trabajo? La respuesta es llana y concisa. No. Nadie se hubiera bajado de haber sido yo un chico.

Y ahora sé que sí, que soy devotamente feminista. Que hasta me termina pareciendo bien ser “feminazi” si implica que ningún hombre me quiera salvar, pero sí que nos respetemos y ayudemos a vivir en igualdad de condiciones.

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