No es esto, no es esto

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Como es sabido, las violentas confrontaciones que se dieron en su momento en la República enturbiaron el entusiasmo por el nuevo sistema. Uno de los personajes desencantados fue Ortega y Gasset. Lo expresó y razonó en un emblemático artículo cuyo título reproducimos ahora para manifestar el desengaño y la decepción por la actitud de la Iglesia (sobre todo, obispos y clérigos) en España y en Cataluña en relación con el ‘procés’ separatista.

La fractura social es evidente. Una parte de la Iglesia ha guardado un silencio cómplice. ¿Acaso señores obispos en Cataluña piensan que el ‘procés’ bien merece semejante tributo: quebrar la paz familiar y social? Sergi Doria, en las paginas de ABC, contempla así tan grave confrontación en el día de la Pascua: “Hoy en Cataluña no se respeta ni la ‘mona’: esteladas, motivos nacionalistas, plumas amarillas clavadas como estacas en el paisaje de la mantequilla, la trufa y el bizcocho.

Sobre la ‘mona’ de alguna sobremesa sobrevolará este domingo la discordia entre muchas familias catalanas. Imagino al ‘tiet i la tieta’

con el lacito amarillo portando esa ‘mona patriótica’ que no acaba de gustar a sus familiares”.

Esta es la triste realidad. Sin embargo, a los obispos en Cataluña lo que parece preocuparles es que el ‘procés’ siga adelante. Se muestran “dolidos” por “los encarcelamientos preventivos” y reclaman diálogo al Gobierno Rajoy. Pero, nada dicen de la fractura social, de la división y separación, de la infernación generadas. ¿Acaso es esta la civilizada convivencia que desean y propician para Cataluña? Como siempre, aparece la hipocresía, tan condenada por Jesús. No faltaba más. ¡Recemos por la paz y la reconciliación! Primero se propicia el daño y después, tácticamente, se ofrecen como agentes de la paz y el diálogo. Vieja costumbre. Por eso, no me sorprende ahora.

Todos hemos visto estos días pasados la violencia imperante. Los CDR (Comités de Defensa de la República) se enfrentan con los Mossos. Arden contenedores y neumáticos. Se amenaza al Juez Llarena y a su familia.

Las paredes se empapelan con mensajes falsos, ofensivos y plenos de odio. Se destruye mobiliario urbano y se ensucia la calle. Se sabotean autopistas y otras vías de transporte. Se crea miedo en la gente. Se violan derechos individuales. Se sube el tono de las amenazas a otros partidos. Se altera la normalidad del vida ordinaria. Se intensifica el daño económico y la sensación de inestabilidad política. Pésima imagen y, además, violando la ley.

Tampoco esto parece preocuparles a los obispos, clérigos y religiosos.

Parece que no han sido capaces, ni siquiera el Jueves Santo, de dedicar, unas palabras a condenar sin matices ni rodeos la violencia, la genere quien la genere y cualquiera que sea el pretexto que alegue. También la que se genera bajo el amparo del ‘procés’, aunque, presuntamente, esté animada por una parte importante de la clerecía. ¡Qué lejos están de secundar el mensaje inequívoco de Francisco para quien religión y violencia son radicalmente incompatibles! Siguen estando donde siempre.

Sin reconocer error alguno, sintiéndose superiores a los demás, animando la resistencia, ofreciendo mercancía argumental averiada, guardando silencio ante la utilización de símbolos e instituciones católicos, prestando al ‘procés’ su apoyo claro, aunque quieran disimularlo. Nada les parece contrario al Evangelio o todo merece mirar para otro lado, si favorece el ‘procés’.

Hago mío, en parte, el lamento de Sergi Doria: “Es chocante que la misma Iglesia que padeció la violencia anticlerical en el ’36 haga el juego a las CUP que proponen convertir la Catedral de Barcelona en economato”.

¡Ciegos! No se enteran (o no quieren). Su ceguera les ha llevado a perder de vista, a pesar de su amor por la identidad, una nota identificadora de la Iglesia: su universalidad. Lo que hay que ver.

Tanto esfuerzo para nada, para volver a lo mismo, a lo que tanto se ha criticado, y con razón.

En efecto, han despegado del nacional-catolicismo de la dictadura franquista para aterrizar en el nacional-catolicismo nacionalista. Fina intuición de Seri Doria, aunque no sorprenda. Los hechos le dan la razón. La Iglesia en Cataluña (que no de Cataluña) ignora que “una mayoría de votantes catalanes rechaza la violenta imposición de la ruptura de España de los separatistas” (Jiménez Losantos), que los separatistas no representan ni son el pueblo catalán (error en el que incurren siempre algunos obispos en Cataluña), que una parte importante de su feligresía “se resiste a envolver la cruz con la estelada” (Sergi Doria).

Es éste un tema de gran trascendencia de futuro. La Iglesia en Cataluña ha de cambiar, de modo radical, su rumbo. Además de las cuestiones identitarias (universalidad) -que no es poco-, no debería, de ninguna manera, seguir confundiendo pastoral con propaganda política. No puede seguir hablando sólo a la mitad de sus creyentes, pues limita su mensaje en cuanto a los destinatarios y en cuanto al contenido. Su mensaje ha de ser universal, para todos, con independencia de las opciones políticas de sus feligreses. Lo que no puede hacer es callar ante hechos, si están siendo protagonizados por separatistas, pero que merecen una orientación cristiana y una valoración crítica. Este reduccionismo de su misión no es muy evangélico, que digamos. La Iglesia en Cataluña no puede ser la Iglesia nacional catalana.

“Las últimas detenciones ya están incendiando un vasto movimiento de solidaridad entre las mujeres e hijos de los presos que va más allá de los partidos o movimientos independentistas. Podrán ordenar cargas policiales, pero no podrán ametrallar o gasear a todo un pueblo. El movimiento independentista no tiene marcha atrás, y solo puede tener un

final: la República catalana independiente”, dice Hilari Raguer, historiador y monje benedictino en Monserrat. ¡Sin comentarios! ¡A esto se le llama lenguaje evangélico y cristiano! ¡Así se trabaja por la paz y la reconciliación! ¡Ojo al Cristo: la violencia se sabe cuándo y cómo se incía, no se sabe cuándo ni cómo acaba!

Todavía podríamos extendernos más. Hay muchas otras dimensiones (por ejemplo, la corrupción y el adoctrinamiento en las Escuelas, los medios de comunicación y no solo en Cataluña) que ponen en entredicho la actitud de la clerecía en Cataluña. Cardenal Omella lo tiene muy difícil. Tendrá que sudar el hopo. ¡Ojala tenga éxito! Una cosa parece clara, señores obispos en Cataluña y en España: ¡No es esto, no es esto!

Si no cambian de actitud, tendrá sus consecuencias. No lo duden.

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