En cuanto tuvimos noticia de su reciente nombramiento como secretaria de Estado de Turismo, nos invadió un sentimiento ambivalente. No supimos si reír o llorar. Si alegrarnos, o compadecerla. Hereda usted, señora Oliver, la gestión de un área verdaderamente compleja en la que tendrá que lidiar con los ‘miuras’ más temibles de la actividad económica. Nada más y nada menos que con los hoteleros.

En Balears, les conocemos bien. Y usted, personalmente, como ciudadana de estas islas, dedicada a la actividad política desde hace mucho tiempo, les conoce también perfectamente. No hay que explicarle nada que usted no sepa, y ese es buen punto a su favor, porque, al menos, cuando las arenas movedizas comiencen a resquebrajarse bajo sus pies (y no crea que vayan a tardar demasiado), la sacudida no le pillará por sorpresa. O eso esperamos de su habilidad y su capacidad de gestión.

Quizás por este motivo, cada vez que acontece un cambio de gobierno en España se insiste en la necesidad de que el área de Turismo sea encomendada a un político balear. Lógicamente, esa reclamación responde también a una cuestión de proporcionalidad en la representación de los diferentes territorios del Estado. Dada la crónica incapacidad de las secciones baleares de PP y PSOE a la hora de conseguir un cierto grado de protagonismo en el nuevo Ejecutivo, situación que se repite inexorablemente con la formación de cada gobierno, a estas islas nos queda, habitualmente, la compensación de la secretaría general de Turismo.

Antes que usted ocuparon este cargo, con mayor o menor fortuna, otros insignes representantes de esta Comunidad, y suponemos que esta tendencia proseguirá después de que su estancia en los altos poderes de Madrid, señora Oliver, haya concluido. ‘Qué les damos a los de Balears para que no protesten?’, se preguntan en la capital del Estado. ‘Pues qué va a ser. Turismo! Es de lo que saben’. Y ahí está usted, dispuesta, y no nos cabe la menor duda de ello, a realizar la mejor labor posible al frente de un departamento que concita la que es, sin lugar a dudas, la actividad económica más rentable y productiva de España. Y de Balears, claro. Bueno, en nuestro caso, prácticamente la única.

Algunos defienden que dada la relevancia del sector turístico en la economía española, sería más que procedente que contase con un ministerio propio. Resulta sensato pensar eso, especialmente teniendo en cuenta la manga ancha que ha demostrado el nuevo presidente a la hora de crear nuevos ministerios. Sin embargo, para Balears sería contraproducente. Desde Jaume Matas, y ya ha llovido de eso, no ha habido ningún otro ministro balear, y mucho me temo que Pedro Sánchez no hubiera contado con usted para ocupar ese hipotético Ministerio de Turismo en el supuesto de que se hubiera optado por su creación. Cuestión de números, simplemente: en política, cada uno vale por los votos que aporta.

Por tanto, señora Oliver, y resto de la familia del PSIB, dense por conformados con esta secretaría de Estado. Nuestra más sincera enhorabuena a la destinataria de este cargo, junto con el deseo de que su presencia en las altas moquetas madrileñas sirva para aportar el conocimiento que estas islas han acumulado a lo largo de los años en materia turística. Que es mucho, por cierto.

En efecto, en Balears sabemos mucho sobre turismo. Pero, sobre todo, lo sabemos todo de los hoteleros. De ahí que, posiblemente, además del criterio de representatividad territorial que hemos comentado antes, los sucesivos nombramientos de políticos de este archipiélago para hacerse cargo de la Secretaría de Estado de Turismo guarden una íntima relación con esta circunstancia, de la misma manera que, como se ha demostrado reiteradamente en las investigaciones farmacológicas, determinadas sustancias tóxicas precisan de un tipo muy concreto y específico de antídoto.

Este medio de comunicación no acostumbra a seguir los senderos de ciertos periódicos y televisiones, más interesados en la vida privada de los políticos que en su actividad pública, y, por tanto, ignoramos, señora Oliver, cuáles son sus pasatiempos preferidos. Sin embargo, no descartamos la posibilidad de que le agrade en su tiempo libre (aunque poco va a tener a partir de ahora) resolver los siempre sesudos juegos de mesa, y por eso nos atrevemos a proponerle uno: ‘Si tuviéramos que definir a los hoteleros, ¿por qué calificativo nos inclinaríamos?’. Ofrecemos cuatro posibles respuestas: ‘A- Insolidarios; B – Egoístas; C- Insensibles; D.- Depredadores.

Dado que nos hacemos cargo de que ahora mismo no debe sobrarle a usted ni un minuto para enfrascarse en la resolución del juego, le facilitamos seguidamente la contestación correcta: A, B, C y D. Todas las respuestas son idóneas, en el mismo sentido que Agatha Christie convirtió en asesinos a todos los pasajeros del Orient Express.

En efecto, si algo ha demostrado el sector hotelero a través de los años y las décadas, en Balears y fuera de nuestras islas, es que se trata de un colectivo insolidario, egoísta, insensible y depredador. Quizá le parezcan calificativos demasiado duros, señora Oliver, e imaginamos que también se lo parecerán a sus destinatarios. Sin embargo, es todo lo contrario: son excesivamente condescendientes.

Los hoteleros han sido, históricamente, los grandes beneficiados del pujante negocio turístico de Balears. ¿Y qué contraprestación han ofrecido a la sociedad a cambio de sus voraces beneficios? Ninguna. Los hoteleros no conciben el turismo como una actividad global en la que ellos juegan un papel, sin duda importante, pero que debe ser completado con las aportaciones de otros sectores, igualmente vinculados, en mayor o menor medida, al desarrollo del motor económico de las islas. Para los hoteleros, solo existen ellos, sus dividendos, sus intereses, sus beneficios, y como perros del hortelano azuzados por un hambre insaciable, han tratado siempre de socavar de raíz cualquier atisbo de coparticipación en una tarta que consideran exclusivamente suya.

Olvidan estos prohombres, con los bolsillos repletos de dinero que no aceptan compartir con nadie, que ni Balears ni ningún otro territorio turístico podría competir en el mercado si solo existieran hoteles. Esa es la gran, y más lacerante, amnesia que han puesto siempre de manifiesto las grandes compañías hoteleras y quienes las dirigen.

Balears cuenta con una infraestructura de alojamiento amplia, diversa y suficiente, pero también con otros muchos patrimonios que los hoteleros ignoran sistemáticamente: el comercio, la restauración, el paisaje, la cultura, el deporte, la gastronomía, y tantos otros elementos que configuran y avalan el liderazgo mundial del archipiélago en el sector turístico.

Y para muestra, un botón. Bueno, muchos botones, en realidad: ¿cuántos ejemplos conoce usted, señora Oliver, de marcas hoteleras, autóctonas o foráneas, que apoyen decididamente las actividades sociales y culturales que se desarrolla la sociedad balear? ¿A quién deben acudir nuestros deportistas, escritores y artistas cuando buscan un patrocinio para llevar adelante su actividad? Desde luego no a los hoteleros, porque sus puertas siempre están cerradas a cal y canto para cualquier iniciativa que no tenga que ver con su avariciosa y compulsiva ansia por acumular más y más beneficios.

¿Se acuerda de la reciente crisis económica, señora Oliver? Fueron tiempos muy duros para muchas personas que perdieron sus trabajos, e incluso sus casas, a causa del declive imparable de la economía y la destrucción de puestos de trabajo. ¿Qué implicación han manifestado los hoteleros para ejercer un mínimo sentido de solidaridad con los colectivos de población menos favorecidos? Usted sabe la respuesta, señora Oliver, y, ciertamente, no deja en buen lugar al sector.

Como tampoco deja en buen lugar a los hoteleros su empecinamiento en masacrar a la oferta complementaria, favoreciendo, siempre que les es posible, la infausta fórmula del ‘todo incluido’ que tanto perjudica a la imagen de calidad de Balears como destino vacacional. Ni comerciantes, ni taxistas, ni agencias de viaje… Para los hoteleros nadie, salvo ellos, tiene derecho a sacar partido de las bondades del turismo. La palabra ‘cooperación’ no entra en su diccionario, y el término ‘alianza’ les produce directamente arcadas. Lo mismo que el término ‘ecotasa’.

Al final, han tenido que transigir con el proyecto auspiciado por el actual Govern, pero no crea, señora Oliver, que se trata de una paz duradera. Más bien, nos encontramos ante un armisticio precario, porque en cualquier momento los hoteleros volverán a sacar sus garras contra el impuesto ecoturístico del Govern, sin importarles en absoluto que los ingresos recaudados puedan servir para estimular la protección medioambiental o potenciar, como se ha anunciado recientemente, la adquisición de viviendas.

Parafraseando a cierto ex presidente de gobierno, ‘vaya tropa’. Por eso decíamos al principio de esta carta, señora Oliver, que aunque nos alegramos enormemente por su nombramiento, al mismo tiempo la compadecemos. No lo va a tener fácil. Como no lo tuvieron fácil sus antecesores. Y como no lo tendrán fácil tampoco sus sucesores. Todos han topado, o toparán en el futuro, con los hoteleros. Como usted, ahora.

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