Ciudadanos y ciudadanas víctimas de la torrentada padecida por el Llevant de Mallorca:

Su inmisericorde desdicha nos ha aportado a todos los habitantes de Mallorca, aunque sea tras una desgracia inconsolable, la maravillosa experiencia de comprobar como la solidaridad entre los habitantes de esta nuestra pequeña tierra es inmensa.

Inmediatamente después de conocida la catástrofe provocada por las extremadas lluvias y la consecuente torrentada del pasado 9 de octubre, miles de personas se han desplazado hasta Sant Llorenç, Son Carrió, s’Illot, Artà, la Colònia de Sant Pere y también a Manacor y Son Servera para aportar lo que buenamente han podido para paliar en lo posible los estragos del agua salvaje.

Emocionantes son las imágenes de los mallorquines y mallorquinas que, tras aparcar sus coches en la gasolinera de la rotonda de la carretera de Manacor a Artà, desciende por la pendiente que conduce hasta el pueblo de Sant Llorenç ataviados con botas de agua y esgrimiendo cubos, palas y escobas para luchar contra el barro y el agua que han arrastrado hasta el mar la vida de trece personas y las pertenencias y los recuerdos de decenas de familias.

Y más emocionante es aún cuando estos mismos voluntarios regresan, extenuados y doloridos, hasta sus hogares con el imborrable recuerdo de lo que dejan atrás: mallorquines como ellos mismos que lo han perdido absolutamente todo.

Por tanto, desde estas líneas, solamente aplaudir y agradecer a los voluntarios su entrega y disposición. Una sociedad conformada por personas como ellos y ellas es capaz de cualquier cosa. Debemos estar orgullosos y satisfechos. Los mallorquines han demostrado, aunque a algunos les sorprenda, que sí sabemos movilizarnos cuando las circunstancias lo exigen.

Pero en toda luz siempre hay un punto negro. Y en el caso de la movilización popular y solidaria a favor de los damnificados del Llevant de Mallorca por las torrentadas ha sido el postureo de algunos representantes de las altas instituciones del Estado. Seguramente esa actitud no haya sido ni querida ni buscada, sino fruto de la extremada aprensión que algunos funcionarios tienen a un posible contacto entre los que nos mandan y los que somos mandados, entre los monarcas y presidentes y los ciudadanos a los que, curiosamente, estas altas jerarquías deben servir.

Ha dejado un amargo sabor de boca entre los testigos ver transitar a todo un presidente del Gobierno montado en el asiento trasero del coche oficial sin salpicarse ni por una gota de barro mientras en la calle, entre el lodo y las ruinas, los habitantes de Sant Llorenç se esforzaban por rescatar lo poco que la torrentada dejó sin destruir. Y qué decir del enojo justificado de los voluntarios que fueron conminados a abandonar las calles y casas embarradas para dejar paso a la comitiva del rey Felipe y su esposa Letizia.

Agradeciendo las presencias consecutivas del jefe del Estado y del jefe del Gobierno, que incuestionablemente han ayudado a dar a conocer al resto de España la enorme magnitud de la tragedia mallorquina, también sería de desear que ellos mismos o sus edecanes tomen nota de que, en casos de catástrofe colectiva, no hay nada mejor que escuchar de viva voz los requiebros y llantos de los afectados y de propia mano tomar nota de las reclamaciones y requerimientos de las víctimas.

Aplaudimos la solidaridad, reprobamos el postureo.

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