Pedir gollerías

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Como sabemos, el papa Francisco (12.09.2018) dio, por fin, una grata sorpresa en relación con la respuesta de la Iglesia al tema del abuso sexual del clero: llamar a Roma (21-24.02.2019) a los Presidentes de todas las Conferencias  episcopales. En el marco de la verdad y la trasparencia, me atrevo a sugerir al Card Blázquez una posible introducción al Informe, que se le ha pedido:

“Inmediatamente, los Obispos que represento respondimos mediante la creación de una Comisión a su convocatoria. La mantuvimos en secreto: la discreción es siempre aconsejable en estos temas. Sólo, cuando el tema saltó a la opinión publicada, tuvimos que reconocer públicamente nuestras verdaderas intenciones. No podíamos presentarnos –dadas nuestras acciones pasadas- con las manos en el bolsillo, esto es, vacías y sin haber respondiendo a requerimientos claros de su Santidad. Esta es la verdad, aunque debiera dolernos. Incluso muchos, entre nosotros, piensan que aprobar unos Protocolos para abordar estos casos significa reconocer, indirectamente, lo que nunca quisimos   admitir: que en la Iglesia en España pasaban (y pasan) estas cosas. ¡Yaya si pasaban!

Como, sin duda, su Santidad conocerá, la Iglesia en España ha llevado mucho tiempo tapando la pederastia. Nos lo han recordado en multitud de ocasiones. “Eso se hacía, en palabras de un Vicario judicial, en toda la Iglesia universal durante todo el s. XX, incluida España”. Nunca hicimos caso a tales admoniciones. Era cosa –decían algunos-, en el mejor de los casos, de traidores, al menos con referencia a alguno de ellos. Pero, ahora que su Santidad ha reconocido, de modo público y explícito, tal realidad práctica  (antes se ocultaba), no queremos comportarnos por más tiempo como embusteros e hipócritas.

Este nuevo posicionamiento (atenerse a la verdad), exigido, entre otros motivos, por coherencia evangélica, no siempre es fácil de testimoniar de hecho. Personalmente, comparto – y me gustaría que fuese aceptada sin reservas por todos mis hermanos en el episcopado- la valoración de José María Castillo: “Lo peor, que le puede pasar a la Iglesia, es tener obispos que no soportan ser transparentes. No estoy seguro que sea esto lo que ahora está ocurriendo en la Iglesia española. Pero la gente se entera de cosas que dan pie, por lo menos, para sospecharlo o temerlo”.  ¡No basta con ser, hay que parecerlo!

Por otra parte, Santidad, entre nosotros, los Obispos   en España, no todos aceptan de buen grado (expresan fuertes resistencias) la idea (deber cívico) de denunciar al Estado estas conductas clericales. La costumbre y la doctrina en la Iglesia –afirman- ha venido siendo tradicionalmente diferente: son competencia exclusiva, al menos desde Pío XII, de la jurisdicción canónica. En este aspecto, urge realizar una verdadera pedagogía entre los Obispos mismos a fin de intentar que comprendan que también son ciudadanos del Estado, con iguales derechos y deberes cívicos, que el resto de sus integrantes, aunque ni tan siquiera sean creyentes. Lo cual ha de llevarles a colaborar activamente en la persecución y sanción de las referidas conductas clericales, que entrañan un abuso de poder y autoridad, a la vez que una  violación clara de la dignidad misma de los menores, y que el Estado español valora penalmente. Por lamentable que sea, que lo es, muchos de ellos no aceptan la doctrina de John Henry Newman según la cual  no veía que hubiese “incoherencia alguna en ser a la vez un buen Católico y un buen Inglés”. ¡Parece, Santidad, que, a veces, vivimos en otro mundo!

La Comisión aprobada, aunque no lo reconocemos, pretende corregir actuaciones del pasado más reciente  y poner al día los supuestos Protocolos actuales. Tengo que admitir que, debido a la posición mayoritaria entre nosotros, concordamos en 2010 un camino que nos ha conducido a cometer varios y graves errores, mantenidos en el tiempo, a saber:

a). Ocultar los Protocolos mismos con el carácter que fueron aprobados. Sólo una filtración maliciosa (que produjo indignación entre muchos de nosotros) nos obligó a reconocer su existencia.

b). Los aprobamos en el entendimiento de tratarse de normas estrictamente internas para uso privado de los Obispos, sin ‘la recognitio’ debida de la CDF.

c). Nadie los conocía (ocultamiento). Ni los presuntos autores de los abusos ni sus presuntas víctimas, ni  sus defensores en las diferentes posiciones en la investigación previa, los conocían, ni los podían utilizar ni sabían que existiese. La discreción fue absoluta.

d). Todo esto se hizo así en el convencimiento pleno de evitar el dar a entender a la gente que, si se aprobaban normas para el tratamiento de los abusos sexuales del clero, es porque existían de hecho. Circunstancia que, a toda costa, se quería evitar: en la Iglesia en España no pasaban estas cosas.

Es más, Santidad, no puedo ocultarle que nuestra ceguera y empecinamiento en el error nos condujo a incumplir abiertamente la Circular de 3 de mayo de 2011 (eran los tiempos de Benedicto XVI) a fin de  “instituir procedimientos adecuados” en el plazo de un año y ser presentados en Roma para la oportuna y necesaria ‘recognitio’.  La Iglesia en España, Santidad, ha carecido de “protocolos claros que reemplacen la improvisación y la apatía”, por cuya existencia clamó el Cardenal de Boston un 8 de febrero de 2015. Ahora mismo, no los tenemos. Por tanto, no es posible actualizar lo inexistente. Tampoco, por ello mismo, dimos por oportuna la recomendación de su Santidad (2 de febrero de 2015) a favor de la revisión anual a fin de adaptarlos a posibles nuevas circunstancias surgidas.

¡Esta es la situación real! La gente en España ya está cansada de tanto lloriqueo. Quiere hechos. Ya no confía en nosotros. Hemos derrochado credibilidad y fiabilidad a raudales. Cada día puede ser en ese campo peor que el anterior. No se detiene el goteo interminable de casos del pasado ocultados. Efectivamente, así no podemos seguir. Lo más triste, en perspectiva de futuro, radica  -me es muy duro reconocerlo- en que, entre los propios Obispos que represento, las cosas no están,  como decía Cervantes  en el Quijote, para “pedir gollerías”.

Deseo firmemente, Santidad, que en esta reunión sinodal seamos capaces, entre todos, de fijar –de una vez por todas- el nuevo perfil de la respuesta de la Iglesia a los abusos sexuales del clero. A partir de aquí, esperemos los cambios –sustantivos y procesales- oportunos, así como las necesarias orientaciones respecto a la prevención y atención a las víctimas. ¡Qué el Espíritu Santo nos asista!”

N/B. Entiendo que las críticas aparecidas en torno a la Comisión me parecen razonables y moderadas. Lo que ha hecho el Comité ejecutivo de la CEE es sacar a relucir la improvisación y dar la apariencia en Roma de lo que, en realidad, poco tiene que ver con la verdad de la situación y de lo ocurrido en la Iglesia en España. No me parece serio. Así no se hacen las cosas.

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