El aprendizaje de Mister X

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Hace casi tres años, un tipo apodado Mister X, abandonó la carrera que había comenzado a cursar un año antes. Los motivos de su abandono universitario eran los típicos de cualquier joven ingenuo e inocente, al creer que su experiencia universitaria le concedería por fin la ocasión de conocer a multitud de jóvenes cultos e interesantes.

Sin embargo, la llegada de Mister X al entorno universitario supuso todo un jarro de agua fría para nuestro protagonista. Ese ambiente crítico e instruido que había esperado encontrar al llegar a la universidad, fue todo un espejismo. Mister X pensaba que la universidad no sería una simple continuación del instituto, pero el ambiente que le acompañaba en sus primeros meses universitarios no hacía más que confirmar ese maldito prejuicio. En otras palabras, nuestro protagonista se sentía igual que el personaje de Reese Whiterspoon en Election tras sus primeros días en la facultad. La soledad y el desengaño en Mister X eran tan grandes que hasta dudaba de proseguir con su recién estrenada licenciatura. Aún así, fue capaz de llevar adelante su primer año en la universidad, aunque en su fuero interno sus sensaciones respecto a su primer año en la facultad eran algo más que desalentadoras. De hecho, tan solo unos meses después de empezar su segundo año en la universidad, Mister X sintió como sus fuerzas se estaban agotando. La desmotivación y la desilusión respecto a la carrera que estaba cursando era cada vez mayor, lo que acabó derivando en una sucesión de malas notas que solo sirvieron para acentuar el estado crítico de Mister X. Los viejos fantasmas que habían acechado a nuestro protagonista durante una etapa de su adolescencia (el miedo, la soledad, en definitiva, ver como la vida te domina a ti y no al contrario) no hicieron más que confirmar su decisión de abandonar la universidad de manera total y absoluta.

Mister X quería que el encuentro con su tutor de carrera fuera lo más breve posible. No quería decepcionar al mismo profesor que le había puesto en clase a Faemino y Cansado o que le había recomendado A dos metros bajo tierra (a pesar de que por aquel entonces, Mister X aún no conocía la grandeza de los Fisher). Por suerte, el encuentro entre el profesor y el alumno tan solo duró unos minutos, los suficientes para ahondar aún más en la tristeza de nuestro protagonista al ver como uno de sus profesores favoritos se veía incapaz de ayudar a un alumno totalmente desmoralizado y vencido por las circunstancias. Mientras tanto, la angustia y el desasosiego de Mister X iban en aumento, al encontrarse preso de una extraña contradicción.  Por un lado, había abandonado la carrera que (supuestamente) más le atraía, mientras que al mismo tiempo no se veía en otra licenciatura que no fuera aquella que él mismo había acabado de renunciar. Por suerte, siete meses después Mister X subsanó su error, volvió a su carrera y esta vez para siempre. De este modo, la ilusión y la motivación volvieron a él en cuestión de días, y su autoestima se vio seriamente recompensada desde entonces.

Después de este amago de relato encubierto, creo que ha llegado la hora de la confesión. Si, vale, lo reconozco, yo soy Mister X. Aún así, no creáis que ha sido el desinterés hacia la actualidad informativa o el puro egoísmo lo que me ha movido a escribir una historieta como esta (totalmente verídica, también hay que decirlo). En realidad, mi extensa divagación dostoievskiana respecto a mis inicios en la facultad no ha sido más que una introducción de aquello que realmente quería tratar en este artículo, que es la importancia y utilidad de la inteligencia emocional.

Hace tan solo unos meses, tuve la suerte de asistir a un pequeño curso en la universidad que trataba todos los grandes temas vinculados a la inteligencia emocional. Empatía, asertividad, gestión de las emociones, solidaridad…Debo de reconocer que si hubiera asistido a este curso unos años antes, la experiencia hubiera sido aún más beneficiosa de lo que ya fue en su momento.  Gracias a ese taller, dejé de darle importancia a cosas tan nimias como a mi abandono universitario, empecé a aceptar que en una universidad no todo es perfecto o que al fin y al cabo, la carrera que había elegido no estaba tan mal. De hecho, ahora que lo pienso, son muchas las asignaturas de mi licenciatura de periodismo que volvería a repetir con gusto. Cultura Digital, Narración Informativa, Aproximación a la Cultura Audiovisual, Teorías de la Comunicación… y aún tengo que cursar Ficción Televisiva…

Y es que la vida es mucho más llevadera cuando encuentras aquello que realmente te llena, eso que haces sin mirar continuamente el reloj para ver cuando terminas. Da igual que te equivoques una y mil veces, si al final encuentras aquello que te gusta. Muchas veces se nos olvida que estamos aquí de paso, y que no vale la pena perder el tiempo con asuntos que solo te traen inseguridades y dolores de cabeza permanentes. Por eso es tan importante descubrir aquello que verdaderamente nos atrae, y luchar por ello hasta conseguirlo, por mucho que nos cueste. Porque como bien decía el profesor de La piel dura a sus alumnos, “cuando de verdad se lo proponen, los adultos pueden mejorar su vida”.

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