Las instancias vaticanas y la ocultación

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Para cerrar el círculo de la ‘autocrítica radical´, me parece absolutamente necesario dar un paso más en el reconocimiento de lo ocurrido: la ocultación y el encubrimiento habituales. No creo que pueda negarse que se estaba ante una verdadera estructura de autoprotección de la Iglesia misma y de la reputación del sacerdocio.

Un verdadero sistema en el que, efectivamente, una pieza importante eran los Obispos diocesanos. Pero debemos preguntarnos y tener el coraje de responder en verdad si sólo los Obispos locales formaban parte del sistema en cuestión. Mi respuesta es abiertamente negativa.

Un sistema de esta naturaleza es inimaginable sin la complicidad activa de las más altas instancias vaticanas. Alguien, mínimamente conocedor del funcionamiento en el pasado (también en la hora actual) de la Curia romana, no puede creerse que la estructura de ocultamiento se haya podido poner en funcionamiento en toda la Iglesia sin el protagonismo activo (impulso) de las instancias vaticanas.

Negarlo es laborar al margen de la realidad e impulsar aún más la pérdida de credibilidad y fiabilidad en la Iglesia. Negarlo y no reconocerlo condiciona, en mi opinión, la exigencia no discriminatoria (clericalismo) de rendición de cuentas (acción de responsabilidad) por el ejercicio negligente del oficio.

El criterio para decidir dar el paso definitivo (reconocimiento pleno y total de la realidad de lo ocurrido) no puede ser otro que el de la verdad (Evangelio), tantas veces reiterado por el papa Francisco. Todo lo que no sea asumir la realidad (la verdad) supondrá una mayor descrédito. Sólo “la verdad nos salva”, que dijo Benedicto XVI. Dando por supuesto el criterio anterior, me parece procedente servirme del reciente Editorial del ‘National Catholic Reporter, dirigido a la Asamblea de Obispos norteamericanos (12-14 noviembre de 2018),
perfectamente aplicable a la Iglesia universal.

Sin duda alguna, también “es un momento sin precedentes (…) en la historia” de la Iglesia universal. Probablemente, se encuentra en un momento único, en el que la cota de credibilidad y fiabilidad está bajo mínimos. No  se trata, en efecto, de decidir sobre cuestiones particulares, más o menos importantes. Ni mucho menos.

Se trata de fijar posición sobre la esencia misma del Evangelio, su función en la comunidad de creyentes y la adhesión que los Pastores deben prestarle. Esto es lo que está en entredicho (lo digan o no; lo quieran reconocer o miren para otro lado). Como subraya el referido Editorial, “se trata de la podredumbre en el centro de la cultura del liderazgo de la comunidad católica”. Una evidencia. ¿Por qué ni siquiera lo evidente mueve a muchos Obispos al cambio de criterio? El gran pecado, el gran contra testimonio, la gran marginación del Evangelio se lleva implantando en la comunidad cristiana desde hace mucho tiempo y, precisamente, por sus líderes, sus Pastores, sus Obispos. Es duro reconocerlo. Pero, es inevitable de cara a un futuro diferente.

Se trata, como recuerda el Editorial en cuestión, de “una podredumbre tan generalizada”,  “que ha tocado cada aspecto de la vida de la comunidad, trastornado todas las certezas y presunciones de quiénes somos y quiénes sois que ayudaban a mantener esta comunidad unida”. ¡Otra evidencia! ¡Pura constatación de la realidad! ¡En qué manos hemos estado! ¡Cómo osan, algunos, seguir al frente de sus Iglesias diocesanas!

Sin duda alguna (hablamos en términos generales), puede uno dirigirse a los Obispos y otros responsables del gobierno eclesiástico (sean o no Obispos) y decirles, por duro que pueda parecer, lo siguiente: “habéis estado instalados en una cultura durante demasiado tiempo que os ha protegido de las consecuencias de vuestros peores instintos… bebiendo
los excesos de poder, autoridad y privilegio que habéis acumulado durante siglos”. ¡Nueva evidencia! Pleno acierto del Editorial de referencia.

Llegados a este punto, se atisba la importancia trascendental de la reunión episcopal en febrero de 2019. Deberá ser decisoria y marcar definitivamente el nuevo rumbo. Efectivamente, “ya no vale esconderos más”, ya que “las barreras que protegían a vuestra cultura de la vigilancia ya son tan irrelevantes como las fosas y muros de siglos pasados”.

¡Ya no es posible  seguir, como hasta ahora, por más tiempo! ¡Se acabó la cultura del pasado! Quién, en su conciencia, se sienta cómplice de haber incurrido en encubrimiento, debería tener el coraje de renunciar a su oficio. Ahora el camino a seguir es “decir la verdad”, ser trasparentes, no ocultar, cooperar con la Autoridad de los Estados, ayudar y apoyar a las víctimas, ser humildes, “decidir rectificar” y, en su caso, irse a su casa. Los habituales mantras no sirven de nada. Sobran las palabras si no van acompañadas de hechos. Testimonio evangélico.

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