Señora Mercedes Garrido Rodríguez, consellera de Territorio y Infraestructuras del Consell de Mallorca:

Los políticos que optan a ocupar un puesto representativo en las instituciones públicas se deben presentar inexorablemente a las consecuentes elecciones para refrendar su candidatura a través de los votos de los ciudadanos, los únicos depositarios de la soberanía popular. Esta designación a través del hecho activo y consciente de depositar una papeleta en la urna se fundamenta en dos premisas inseparables. Por un lado, la personalidad del candidato, sus antecedentes cívicos, su talante y su credibilidad. Por otro, y no menos importante, en el programa que ofrece este mismo candidato y su grupo político como objetivos a cumplir una vez alcanzada la meta de ser merecedores de administrar y gestionar las instituciones públicas democráticas. El programa electoral incluye, como compromisos irrenunciables siempre sujetos a las mayorías políticas, realizaciones y acciones en todos los ámbitos de la vida humana: salud, educación, servicios sociales, seguridad ciudadana, defensa, investigación, desarrollo, turismo, industria, agricultura, fiscalidad, tercera edad, infancia, familia, infraestructuras, comunicaciones y un larguísimo etcétera que se nos haría interminable como son interminables los saberes y quehaceres de la humanidad.

Sin embargo, los programas electorales se han convertido, para desgracia de la salud democrática de nuestra comunidad, en auténticas montañas de papel inútil. De todo lo que se escribe en ellos antes de las elecciones, poco queda después. Aquello que se promete, tras la votación se muta en palabras vanas que el viento se lleva. El programa electoral hoy en día es, simplemente, un cúmulo de nada. De la nada más absoluta.

Por eso, señora Garrido, algunos ciudadanos y casi todos los políticos se sorprenden cuando algún gestor de la cosa pública cumple aquello con lo que se comprometió. Vemos con extrañeza que alguien desde su cargo, arrostrando todas las dificultades, se empeñe y, finalmente consiga, hacer realidad lo que cuando se presentó al escrutinio de los ciudadanos era una promesa electoral. Y eso es lo que ha pasado esta legislatura con usted, su departamento del Consell de Mallorca y la necesaria e imperiosa necesidad de adecuar determinadas carreteras de la isla mayor balear a la evidencia de que se han convertido en cuellos de botella, embudos bloqueados y, lo que es más perentorio, trayectos peligrosos para sus usuarios.

Usted, además de impulsar medidas plausibles y concretas en el ámbito del respeto a la legalidad vigente en el ámbito de la edificación en terreno rural y protegido, ha enfocado con legalidad, eficacia, eficiencia y valentía la conversión de determinadas carreteras absolutamente obsoletas y peligrosas en vías que cumplan el primero de sus cometidos posibles: posibilitar fehacientemente con garantías de máxima seguridad el traslado de personas y mercancías de un punto a otro de nuestra geografía.

Y eso, el cumplir el programa electoral es, para algunos, un sacrilegio. Será que ellos, esos que se escandalizan cuando se antepone el interés público general a sus aspiraciones legítimas pero minoritarias, no se han atrevido nunca a concurrir en unas elecciones abiertas, generales y democráticas con sus propias adánicas propuestas y pretenden que los cargos públicos electos se olviden de sus propias programas electorales para solamente atender a sus reivindicaciones. Y eso, en democracia, no es posible.

Legítimo es que los grupos ecologistas plateen y reclamen que la peligrosísima carretera que conecta los núcleos urbanos de Campos y Llucmajor no sea mejorada. Ellos lo pueden solicitar. Están en su derecho. Pero lo que no pueden olvidar es que se trata de la vía que ha segado más vidas humanas en el último decenio en Mallorca, que su mejora a través del desdoblamiento de la calzada es una promesa electoral, que esta propuesta es la que consiguió el máximo número de votos en las pasadas elecciones a través de los sufragios cosechados por los partidos que la propusieron y defendieron y que, como hemos descrito en los párrafos anteriores, las promesas electorales están para cumplirlas y no para enterrarlas subrepticiamente en un cajón para evitar el griterío de unos pocos.

Señora Garrido:

Hace usted bien, desde su departamento del Consell de Mallorca, en cumplir su programa electoral. Hace usted bien en cumplir su compromiso personal y colectivo de su partido con los ciudadanos que le votaron. Hace usted bien en escuchar todas las reivindicaciones cívicas y, en lo posible y sin menoscabar el proyecto objetivo, adaptar las propuestas de los técnicos. Y hace usted también muy bien en tener muy claro aquello que muchos otros de sus compañeros no lo tienen tanto: se comprometió ante la ciudadanía a ejecutar su programa y lo está haciendo. No se arrepienta, pues, de ser sincera, de ser leal a los que le votaron y de escuchar a todo el resto de los ciudadanos.

Todo ello siempre con una luz de faro a la que mirar: lo prometido por el político es su compromiso personal y el compromiso personal se debe cumplir. La palabra dada, aunque sea en un programa electoral, se convierte tras las votaciones en ley a cumplir. Y usted, señora Garrido, lo está haciendo.

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