Las cargas familiares: su reparto igualitario

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La situación expuesta en torno a las cargas familiares no parece que sea, en modo alguno, aceptable. La experiencia profesional diaria (www.delgadoyasociados.es) así nos lo indica. En el fondo, esa situación -con todos los matices posibles en cada familia concreta- no es otra cosa que el reflejo cierto de una mala distribución de las cargas en la familia o, al menos, la consecuencia segura de su no observancia de hecho.

Y es que se puede llegar a una situación, tan alejada del espíritu familiar (compartir, solidaridad, comunión),  que provoque que cada miembro protagonista de la misma vaya a lo suyo, esto es, busque en la familia la realización de su propio egoísmo (cultura individualista).

Precisamente, porque la realidad de la convivencia concreta puede llegar  a un punto sin retorno, urge abordarla y darle una solución coherente con el proyecto afectivo y de vida en común consensuado y en el marco  de la participación activa  y  libre de ambos protagonistas. Ninguno debe inhibirse, ninguno debe dar la callada por respuesta y ninguno  ha de consentir que las cosas sigan transcurriendo como si todo fuese normal cuando, en realidad, no lo es. De modo constante, es necesario revisar y adaptar (cultura del encuentro)  lo que no funcione, lo que conlleve una carga mental desproporcionada e injusta para alguno de ellos, lo que no sirva a los fines perseguidos y al ideal buscado, lo que se vaya desviando del punto de referencia (equilibrio).

Las protagonistas de la pareja y/o del matrimonio, que forman una familia, son iguales en derechos y deberes, y en dignidad. Debemos recordar, a este respecto, que la Amoris laetitia ha subrayado, sin ambages, “la idéntica dignidad entre el varón y la mujer” (AL 54). Principio indiscutible que obliga a mucho, sobre todo a los protagonistas verdaderos de la familia. Es más, a partir de tan básico principio ordenador, la exhortación apostólica se alegra “… de que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad” (AL 54).

Pues bien, a la hora de proceder a una correcta distribución de funciones y tareas en el hogar familiar, siempre hemos de partir de la idéntica e igual dignidad  de sus protagonistas. Se ha evitar, a toda costa, cualquier forma de discriminación y cualquier reparto de cargas que se mueva en el marco de la situación que ya hemos descrito, de modo sintético. El hecho de que la mujer  se vea en la necesidad de asumir  -casi en exclusiva- la carga mental que conlleva y exige el funcionamiento del hogar familiar nos parece discriminatorio y un evidente atentado a su dignidad. Igualmente nos parece absolutamente rechazable la actitud de aquellos hombres que esclavizan de hecho y anulan a su mujer y compañera.

Una vez que la situación se haga evidente en cada caso concreto, urge ponerla sobre la mesa y resolver en coherencia y en el marco del acuerdo fundacional originario. Eso sí, con respeto a la igualdad dignidad. No sirven excusas ni falsos pretextos, del tipo que sean. La vida en común no justifica discriminación alguna ni cargar en exclusiva (o de modo manifiestamente desproporcionado) sobre el otro  (generalmente, la mujer) la pesada carga de la atención al hogar familiar. Tal situación –donde se dé- constituye una clara desviación de las reglas del juego, es injusta y discriminatoria, y, a no tardar mucho, dará al traste con la convivencia y abrirá el camino a la ruptura definitiva. Refleja la realidad presente  en la casi totalidad de las familias que diariamente optan por la disolución de su matrimonio o por la ruptura de la unión de hecho que habían establecido. Lo vemos y comprobamos todos los días en el trabajo profesional.

“El matrimonio  no faculta a nadie para esclavizar al otro, excepto en aquellas parcelas donde uno permite ser dominado. Tampoco da otra libertad más allá de lo que uno decide admitir, porque sólo podemos recibir aquello que damos” (Gibran). Este sabio principio es aplicable a ambos, varón y mujer. A ninguno de ellos  les es permitido  -sus manifestaciones son múltiples- esclavizar al otro. No vale excusa alguna que ampare o justifique una situación en la familia en la que uno de sus protagonistas (varón o mujer) asuman, de modo desproporcionado, la carga mental que conlleva la gestión de la misma. Se está hablando del poder en la familia. Y éste no es patrimonio de ninguno en concreto. Ha de ser compartido de modo efectivo.

Su ejercicio, como tantas cosas en la familia, hay que hablarlo a fondo y sin reservas. Su ejercicio hay que  ordenarlo y organizarlo de modo satisfactorio para ambos. Y, en cualquier caso, la concreta distribución de tareas que acuerden llevar a cabo siempre se ha de hacer en el marco de la más absoluta  libertad y con respeto escrupuloso al gran principio ordenador: igualdad dignidad.

Es obvio que cada cual habrá, en principio, de hacer frente a su trabajo profesional. Esto va de suyo. El resto del tiempo ha de ponerlo, de modo efectivo, a disposición de su familia. Si la mujer asume libremente (al menos, durante un cierto tiempo en razón de la edad de los hijos), llevada de su instinto natural, la mayoría de las cargas en torno a los hijos, el varón ha de hacer suyas otras cargas en relación con la atención del hogar, su mantenimiento y su equipamiento. Se trata, como he dicho anteriormente, de abrir al respecto un diálogo abierto y sereno, de lograr un equilibrio en la cooperación mutua que han de activar  en relación con el trabajo y dedicación al hogar a la vista de las posibles circunstancias concretas que se puedan dar cita en cada momento. Circunstancias que pueden cambiar con el tiempo y que pueden obligar a reajustar lo acordado. No existe, en realidad, ninguna receta mágica. Se trata de no apartarse de los principios esenciales y, a partir de ellos, acordar las formas que entiendan más justas, igualitarias y equitativas.

A mi entender, esta cuestión es bastante más importante de lo que a primera vista pueda parecer. Es donde se juega, de verdad, la vida en común, el crecimiento interior de sus protagonistas y de la relación misma. Creo que, en cualquier caso, se debe realizar un notable esfuerzo para no abordar ni acercarse a ella desde ópticas ideologizadas, ‘machistas’ o ‘feministas’. No debe simplificarse la cuestión. No es cuestión de sumisión ni de manipulación. Se da por supuesto que ninguna tiene cabida por opuestas a la igual dignidad. Es cuestión de un reparto justo, igualitario y equitativo. Si se asume con seriedad, obligará a renunciar a cada protagonista de la pareja y/o el matrimonio a sus respectivos egoísmos y, a veces, a maneras de estar en pareja.

Lo contrario, esto es, actuar por sí solo e imponer de alguna forma al otro lo que ha de hacer y el cómo (control, manipulación, sumisión, anulación) puede ser y es contraproducente para la relación misma. Se corre el riesgo cierto de suscitar en el varón una especie de pasotismo y/o desprecio, que le llevará a un inhibicionismo claro y más intenso. Se corre el riesgo evidente de que la mujer se harte y busque su libertad. Esto –la concreta manera de estar en la pareja- también puede y debe ser objeto de conversación y valoración entre ambos. Si se ha acordado un reparto de cargas familiares, si ambos la han asumido y se han comprometido a sacarla adelante, sólo caben adaptaciones, puestas en común, apoyos mutuos, consultas y peticiones de consejo al otro. Lo que ha de evitarse en todo momento es que el varón y la mujer (por el motivo que sea) se sientan de hecho extraños en su propio hogar (De Robien).

Concretando aún más, me parece válido el criterio que De Robien pone en boca de Isabelle para quien “lo importante es no apegarse a un sistema que no nos ayuda. Si supone para uno de los dos un cambio de estado anímico o un agotamiento, hay que hablar para cambiar el procedimiento antes de sentirse totalmente hundido. En todo caso, si se vive mal algo y no se dice nada, uno es responsable de que la cosa no cambie”. Sin duda. Pero, todo pasa por fijar y organizar el levantamiento de las tareas familiares de mutuo acuerdo, por colaborar y gestionarlas de modo consensual, por respetar siempre el reparto efectuado, por revisar lo acordado  si no funciona o alguno de los dos se siente a disgusto, y  por adaptarlas.

“Hay una satisfacción increíble cuando ambos gestionan juntos el ambiente doméstico: ¡se crea una admiración mutua! ¡Qué hermoso saber que uno puede contar con el otro, qué bello admirar que contribuya a mantener de pie nuestro proyecto de vida en común!  (De Robien). Cierto. El proyecto ha de ser común en todo momento y circunstancia El hogar familiar ha de ser llevado por ambos, gestionado por ambos. El varón no puede ser un simple añadido y limitarse a ayudar a su pareja. Si esto fuera así, el proyecto dejaría de ser común y fracasará. E, igualmente, con respeto a la mujer.

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