A la hora de abordar cualquier problema, parece evidente y elemental tener delante la realidad de la situación en todas sus posibles manifestaciones y las causas que la originaron. Este criterio también debiera ser válido a la hora de ordenar la vida de la Iglesia y la hora de acometer cualquier acción colectiva tendente a erradicar posibles desviaciones en su interior, sobre todo aquellas que son o implican auténticos contra testimonios evangélicos. ¿Acaso se duda de ello?

Lo ocurrido en la Iglesia en tema de abuso sexual del clero, por mucho que se ha intentado e intente en ciertos ámbitos rebajar o minimizar su gravedad, es obvio. Sus efectos y consecuencias para la vida de la Iglesia han afectado a su propia identidad, a su credibilidad y a su fiabilidad. “Este año, ha dicho Francisco, la barca de la Iglesia ha vivido y vive momentos de dificultad, y ha sido embestida por tormentas y huracanes”. El embate del mar  ha sido tan violento que peligra su misma subsistencia y que muchos se dirijan a diario al Maestro para preguntarle: “¿No te importa que perezcamos?” ((Mc 4, 38).

Al intentar un diagnóstico de la situación, la primera llamada viene referida a su gravedad: ésta no radica en estadística alguna, ni en tantos por ciento de casos conocidos de abuso. Aquí no aparece el verdadero problema. Ya se sabe,  con cita de San Pablo, “la madera de que están hechos los cristianos, todos ellos, y también los clérigos y hasta los obispos y el mismo Papa” (Panizo). La gravedad de lo ocurrido se residencia en otro orden de cosas diferente y más allá de la pura perspectiva humana. Radica en el corazón mismo del proyecto evangélico del que se ha venido apartando y desviando desde hace mucho tiempo.

El verdadero pecado de la Iglesia (lo que de verdad ha rechazado la gente por pestilente) ha radicado en querer hacerse pasar por lo que no era. ¡La maldita hipocresía que parece definirla! ¡El contra testimonio!

¡El apartarse abiertamente del proyecto evangélico! Y todo ello avalado e impulsado por sus pastores, por sus líderes religiosos, por ‘las columnas’ de la Iglesia. ¡Vaya contradicción¡ ¡Clericalismo puro y duro!

El problema, en consecuencia, en relación con el abuso sexual del clero, me temo que residió y reside, inicialmente, en la adhesión e interpretación del mensaje mismo de Jesús, en la autenticidad con lo que se abraza y se lleva a la vida la relación personal con Jesús (fe), por parte de quienes tienen como misión fundamental dar testimonio (predicar el Evangelio). El verdadero problema me temo que haya radicado en haber ahondado progresivamente en la tradicional confusión entre religión y evangelio. ¡Casi nada! En definitiva, las ‘columnas de la Iglesia’ se han comportado con extrema debilidad y sin cumplir su función. Han aparecido ante los creyentes más como ‘príncipes’, que como ‘servidores’.

Desde esta perspectiva tan radical (identificadora), la respuesta de futuro de la Iglesia al abuso sexual del clero es muy compleja y duradera en el tiempo (Card Cupich)  y pasa porque “… todos los pastores de la Iglesia tengan el objetivo de llegar a una transformación profunda”, que, a mi entender, va mucho más allá del simple  y necesario ‘cambio de cultura’. Se trata, por supuesto, de un enfoque muy distinto del ministerio episcopal que supere a fondo la concepción y ejercicio actual del mismo. Lo cual ni se improvisa ni se resuelve en una reunión del nivel que sea. Ni mucho menos.

En este contexto de reflexión, me he atrevido a calificar de populismo clerical a ciertas manifestaciones vertidas a partir de la convocatoria del próximo encuentro de Presidentes del Episcopado mundial.

Efectivamente, así es. Los problemas complejos (no me digan que el cambio  de la figura episcopal no lo es)  no se resuelven con recetas facilonas, ni con falsas expectativas, ni con relatos nuevos, ni con soluciones simples de andar por casa, ni con una ‘catequesis’.  Pensar de ese modo significará fracasar en el inaplazable intento reformador.Como será la cosa que el propio Francisco ha sentido la necesidad de “desinflar las expectativas” en torno a la reunión. Como estará el patio episcopal que, según Francisco, es preciso ‘dar una catequesis’, es preciso ‘que tomen conciencia’, es preciso que ‘sepan que hacer’.  ¡Madre mía! ¡Vaya panorama! ¡Vaya futuro  que nos espera!

Como casi siempre, Francisco pone el dedo en la llaga. Los Obispos necesitan tomar conciencia del problema. Si esto es así  -y no lo dudo- la enfermedad es más invasiva de lo que aparenta y no se sanará con soluciones simples, como la próxima reunión en Roma. Cuando el Papa habla de tomar conciencia tiene ante sus ojos que muchos obispos han laborado, personal e institucionalmente, por  el encubrimiento y la ocultación. Se han comportado hipócritamente y han dado un escandaloso contra testimonio. No han estado a altura de su función en la Iglesia. Han dado muestras claras de su falta de idoneidad para presidir la comunidad.

Por otra parte  -nos dice Francisco-, es preciso que los Obispos ‘sepan que hacer’  en tema de abusos. A esto se le llama ‘buenísimo’. Los Obispos sabían y saben qué hacer,  si quieren secundar el Primado de Pedro (unidad). El problema  radicó y radica en que, hartos de supremacía, muchos Pastores no tuvieron voluntad de hacerlo  y practicaron y practican (en muchos casos) incomprensibles  y vergonzosas resistencias. También ahora, al menos en ciertos casos.

A poco que se reflexione sobre este aspecto, se admitirá que el problema expuesto  -que late en el trasfondo de los abusos del clero- es de gran complejidad y de gran trascendencia. El error radicará si se piensa que se solucionará con la inmediata reunión en Roma. Si, como creo, están en juego un ‘cambio de mentalidad’, una ‘transformación personal’ y un modo diferente de ‘entender el ministerio episcopal’, el problema va para largo. Hay que afrontar en serio, por ejemplo, el sistema de captación de los candidatos para el episcopado. Lo cual, como es obvio, va mucho más allá de una reunión de un par de días. ¡Seamos serios!

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