La insostenible agonía de la política española

Hace poco más de dos años (parece que hace un mundo) se formó el nuevo Parlamento resultante de las elecciones del 20-D. Dos nuevas fuerzas políticas entraron en el Congreso de los Diputados, Podemos y Ciudadanos.

La llegada de los partidos emergentes al panorama político español manifestaba el principio del fin del bipartidismo, y multitud de medios de comunicación ya hablaban de una “segunda transición” marcada por los pactos y el consenso. La repetición de las elecciones del 20-D trajo consigo unas consecuencias brutales para las izquierdas de este país, que acabaron en batallas internas dignas de House of Cards. Pero el proceso de reconstrucción de PSOE y Podemos no ha sido lo único que ha traído esta nueva era de la política en España. En los últimos meses hemos asistido a la explosión final de la crisis territorial entre Cataluña y España. Una crisis que ha sido atajada de la peor manera posible, ejemplificando al máximo la crisis global que padece el Estado español desde hace años. Se ha atacado al nacionalismo catalán con el nacionalismo español más burdo e ignorante posible. Una lucha de banderas que ha aprovechado al máximo Ciudadanos, erigiéndose como el único partido garante de la soberanía nacional. El auge del partido naranja tras las elecciones autonómicas en Cataluña ha levantado ampollas en el Partido Popular, y más cuando se ha confirmado la tendencia ascendente del partido de Albert Rivera en varias encuestas.

La generosidad de las encuestas con el partido naranja no es una novedad. Semanas antes de las elecciones del 20-D, los sondeos de la Cadena SER y el CIS daban al partido naranja un mínimo de 61 diputados. De hecho, el sondeo del diario El País iba más allá y apuntaba a un triple empate entre PP, PSOE y Ciudadanos. La realidad fue bastante distinta de las encuestas. El partido de Albert Rivera no pasó de los 40 diputados, un número de diputados que posteriormente disminuyó como consecuencia de la repetición electoral.

Pero el éxito desmesurado en las encuestas no es la única incógnita que despierta Ciudadanos. El partido de Albert Rivera es prácticamente intocable. Se le cuestiona lo mínimo sobre sus conflictos internos o deserciones, y han tenido que venir antiguos dirigentes del propio partido para sembrar dudas sobre la financiación del partido naranja. Prefiero no imaginar la reacción de los medios si estuviéramos ante un partido de izquierdas. Mientras tanto, Rajoy aprovecha cualquier instante para atacar a la formación de Rivera. El PP todavía no se ha dado cuenta (o no se quiere dar cuenta) de que tiene el enemigo dentro, y que Ciudadanos se está aprovechando de ello. Mientras los populares no acometan una profunda renovación en su partido, sus posibilidades de formar parte del siguiente Ejecutivo serán menores.

A pesar de la lucha feroz que se ha despertado en estas semanas por el trono del centro-derecha, no vale la pena engañarse. PP y Ciudadanos pueden estar en desacuerdo en determinados temas, pero coinciden en lo esencial. Recortes, privatizaciones, reforma laboral, y como no, monarquía. De modo que si no ocurre algo sumamente imprevisto, las próximas elecciones en España serán las autonómicas y europeas del 2019. Ciudadanos sabe que sus votantes no perdonarían un adelanto de las elecciones y el PP prefiere esperar a las elecciones del próximo año, para calibrar si realmente el ascenso de Ciudadanos es tan considerable como apuntan las encuestas.

Si al estancamiento de nuestro Gobierno, ya con todas las batallas ideológicas disponibles, le sumamos el anquilosamiento de nuestra ciudadanía, no es de extrañar que la situación de nuestro país sea la que sea. Somos un país que grita mucho pero que reclama poco. Y de nada sirve que estemos irritados con nuestros gobernantes si luego no les aplicamos el castigo que se merecen.

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