Prostituidores, piaras y cochiqueras

“La prostitución es el oficio mas viejo del mundo”.

Con esta frase se sentencia socialmente y en masa, la posibilidad de cambiar las cosas y de construir un hombre diferente, uno que no use los burdeles y a las prostitutas para reafirmar su masculinidad hegemónica medieval y de animal rastrero. Un hombre que lastimosamente está edificado sobre la premisa de que su deseo es algo irrefrenable que debe ser satisfecho siempre y con urgencia, un hombre que entiende que las mujeres son una moneda de dos caras: la cara de la buena chica que sirve para madre y esposa, y la cara de las prostitutas que son de todos y están para eso.

Pero lo cierto es que no es el oficio más antiguo, sino la demanda de actividad más antigua, que dicho así parece que muchas mujeres sienten la prostitución como una profesión vocacional y que, desde su más tierna infancia, piensan ya en el momento en el que puedan empezar a entregar su cuerpo a hombres que sólo quieren manosearlas y empujar sudorosos sobre ellas, porque de entre todas las posibilidades de vida les gusta por encima de todo, esa, pudiendo ser médicos, astronautas o banqueras.

Si miramos la prostitución como fenómeno, observamos que la mayoría de mujeres provienen de países cuyas economías no han sido globalizadas y están fuera del circuito de producción mundial, por lo que el vínculo entre norte rico y sur pobre, se dibuja claramente al observar la cartografía de los movimientos de la prostitución en el globo mundo.

Por todo ello, el discurso neo liberal que dice que la prostitución es una elección personal, no es más que el eufemismo escogido para mercantilizar con el cuerpo de las mujeres y poder pescar impunemente, obreras precarias, en un sistema de desigualdad y miseria.

Necesitan las élites, legitimizar la economía criminal y usan para ello, un lenguaje economicista que habla de:  trabajo, demanda, oferta, libertad y derechos, cuando omite la desigualdad, la falta de oportunidades, la extorsión, la violencia, la coacción y la opresión en todas sus variantes.

Desde los poderes fácticos se construye, en el ideario colectivo y de manera interesada, el relato de que la prostituta es una mujer que existe porque ha existido siempre y que además lo hace porque disfruta, porque le gusta, porque es feliz y está en su derecho. Y en ese discurso de derechos quiero hacer un inciso, ya que es extremadamente peligroso articular la idea de la libertad para ser prostituida, con el derecho a obtener todo aquello que puedes pagar de tu bolsillo (refiriéndose al prostituidor lógicamente).

Si atendemos a esta reflexión, veremos como el capitalismo más salvaje y desbocado, opera haciéndonos creer a todos que “derecho” es poder obtener todo lo que puedes pagar y “libertad” es escoger estar alienada, cosificada y oprimida. Pero tras este análisis en el que pongo de manifiesto el uso malicioso de palabras y discursos, quiero echar una mirada al prostituidor.

El prostituidor, ese varón que según las estadísticas tiene entre 35 y 55 años y que en España representa el 39% de la población masculina, frente al 14 % de Holanda o el 13 % de Reino Unido. Ese hombre ajeno al hecho de que cada año entre 600.000 y 800.000 mujeres y niñas cruzan las fronteras internacionales para ser tratadas por bandas criminales, ese macho alfa que probablemente tenga ideas racistas en cuanto al control de fronteras pero  gusta de probar sexo con mujeres de distintas etnias, porque si entran a España para ejercer de prostitutas no hablamos de la misma cosa que si entran para opositar a la Administracion General, que en ese último caso el puesto primero debería estar reservado para una española claro.

El prostituidor, ese ser despreciable a quien la prensa respeta, pues cuando hablamos de prostitución solo tenemos la mirada de la oprimida y no la del opresor ya que él nunca sale hablando, nunca explica a cámara porqué lo hace, ni tampoco entra en debates acerca de lo que piensa de la prostitución y es que, claro, los medios de comunicación han de respetar la institución del matrimonio.

El prostituidor, ese hombre que según las estadísticas en un casi 50% solicita tener sexo sin preservativo, ese ser que mueve cerca de diez millones de euros al día en economía sumergida en nuestro país y lógicamente, según visiones neo liberales, debe ser protegido, por lo que al generar tales cifras se gana el nombre de “cliente” y la prostitución el de “actividad” ya que es necesario que el varón prostituidor sienta que la cosa va de consenso para no verse a sí mismo como el saco de escombro humano que en realidad es y así siga produciendo.

Ese hombre que en un 45% solicita a la mujer prostituida que consuma cocaína antes de pasar a la acción.

Ese hombre que vuelve a casa para contarle mentiras sobre cenas con amigos, a la buena chica que escogió y que le espera preocupada en mitad de la noche y entre las sabanas y que lo considera una buena persona.

El prostituidor, ese que no tiene la empatía humana necesaria para poder llamarse persona y no ve a su hija pequeña reflejada en esa mujer veinte años menor a la que accede por treinta o cuarenta euros y a la que tira del pelo para después eyacularle en la cara.

El prostituidor, ese ser protegido y amparado por el silencio, ese que al parecer y según la estadística, se acerca en numero a la mitad de población masculina, aquí en nuestra España, haciéndonos ver a todas, sobre el papel y con números, que estamos rodeadas de puteros.

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