Ciudadanos, en la encrucijada

A pesar de la crispación creciente de la vida pública en nuestro país, era difícil de prever una situación política tan enrevesada como la que estamos viviendo. Tanto en el ámbito nacional como en el autonómico, los acontecimientos se precipitan a una velocidad de vértigo, emergen nuevas opciones políticas alejadas de la centralidad, y la intención de voto alcanza unos niveles de volatilidad nunca vistos en cuarenta años de democracia. En un escenario tan convulso se complica la articulación de un discurso moderado, alejado de demagogias y populismos, capaz de atraer a una mayoría sensata de votantes que huyen de opciones radicales.

En este espacio ha pretendido moverse Ciudadanos desde el salto a la política nacional de su líder, Albert Rivera. Ciudadanos surge en Cataluña del ámbito de una izquierda moderada que se rebela contra la asunción por el Partido Socialista de Cataluña de una parte del discurso nacionalista. Basta repasar los antecedentes políticos de sus fundadores. A partir de ahí Ciudadanos fue incrementando su representación a costa del Partido Popular, pero también desgastando las opciones de un PSOE cada vez más escorado a la izquierda por la presión de Podemos. Esto ha permitido a Ciudadanos pactar con unos y con otros en función de la coyuntura o de sus intereses electorales.

Pero lejos de estabilizarse, o volver a ganar peso la centralidad, el escenario ha seguido polarizándose. El conflicto catalán y un planteamiento buenista desde la izquierda del problema de la inmigración dispararon los resultados electorales de VOX en Andalucía, con el consiguiente desalojo del gobierno de los socialistas después de 38 años en el poder. Ciudadanos comparte ahora en esa comunidad la responsabilidad ejecutiva con el Partido Popular, pero sus dirigentes, además de no aceptar reunirse con VOX, se apresuraron a declarar que ese pacto no se trasladaría al gobierno de la nación.

Se entiende la intención de Rivera de aumentar su base electoral creciendo a derecha e izquierda, pero esa indefinición es difícil de mantener durante mucho tiempo en una coyuntura como la actual. La incertidumbre de su posición en los pactos post-electorales y algunos bandazos en sus decisiones demuestran que la estrategia no es la mayor virtud del líder naranja. Ante el actual panorama de división y la incapacidad de la clase política para construir consensos en los grandes temas de estado, el votante quiere saber qué se hará con su voto al día siguiente de depositarlo en una urna.

Sin embargo, esa vacilación no se produce en Baleares. Es imposible imaginar un pacto de la formación naranja con un PSIB presidido por Armengol, que la semana pasada y en contra de la opinión del resto de barones socialistas, excepto Miquel Iceta, apoyaba la decisión de Sánchez de incorporar un relator en las negociaciones con los independentistas catalanes. Paradójicamente, en nuestra comunidad el problema de Ciudadanos en estos momentos es otro, y no menor.

Rivera dibujó una estructura de partido que precisamente evitara las baronías territoriales. Desde una concepción centralizada de la organización, se trataba de impedir la aparición de “versos sueltos”. Esta estrategia tiene sus ventajas a la hora de trasladar un único mensaje en temas que afectan al conjunto del Estado. Por contra, supone vaciar de poder las estructuras territoriales, tan necesarias en las elecciones locales y autonómicas. Salvo los casos de Inés Arrimadas en Cataluña y Begoña Villacís en Madrid, es difícil identificar en Ciudadanos líderes territoriales con peso propio y tirón mediático. Si a esta circunstancia añadimos las primarias como sistema de elección de los principales candidatos, en Baleares nos encontramos con una situación inédita: a menos de cuatro meses de las elecciones, Ciudadanos no tiene cabezas de lista al Parlament, ni a los Consell Insulares, ni a los principales ayuntamientos, incluido el de Palma. Es más, en muchos casos ni siquiera se intuye quién puede ser, y cabe la posibilidad de que se impongan en las primarias completos desconocidos para la mayoría de votantes. Tal y como están las cosas, los “mirlos blancos” en política son una especie en vías de extinción.

Ciudadanos debe definirse si quiere confirmar las expectativas que apuntan los estudios demoscópicos. Más que nunca, en la decisión del voto en los próximos comicios a celebrar en Mayo influirán asuntos que escapan al ámbito local y autonómico. Pero confiar todo al tirón de sus líderes en Madrid y Cataluña y a la marca del partido a nivel nacional se antoja un riesgo excesivo, que puede confirmar a Ciudadanos como un partido que triunfa en las encuestas y decepciona en las elecciones.

 

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