Cómplices de lo que repudiamos

Aunque a muchos les haya sorprendido y hasta enfadado, la realidad es innegable: el presidente Sánchez, el superior a todos, se ha visto obligado a convocar elecciones. No lo ha hecho ‘por dignidad, sino por obligación’ (ABC). Ahora la cuestión es ésta: ¿Sabremos conjurar la amenaza de ruptura y división, que se cierne sobre el pueblo español? ¿Es posible, con el actual sistema electoral, dar una solución estable al primer y principal problema en España? La respuesta en positivo es todo menos clara.

La primera lección, que nadie debería rechazar, consiste en tomar conciencia de que los propios socios que, interesadamente, le abrieron a Sánchez las puertas de Moncloa, ahora (al menos, hasta el 28-A) se las han cerrado con siete llaves. Nunca el separatismo catalán ha contado con un presidente del Gobierno de España tan propicio a sus tesis.  No les ha importado haberle tenido, como rehén, durante ocho meses.

Tampoco les ha importado que, por su causa, se haya fracturado y dividido la sociedad española a niveles insospechados. Han predicado y practicado un supuesto ‘diálogo’ (en realidad, un auténtico chantaje), apoyado, incluso, por la Iglesia en Cataluña, que, por supuesto, siempre ha servido al separatismo y que ha sembrado la discriminación económica entre el resto de ciudadanos y comunidades españolas. Y así podríamos seguir en relato interminable de humillaciones varias del Estado. Sin embargo, el separatismo le ha traicionado a las primeras de cambio.

El pueblo español, felizmente plural, haría muy mal (sería poco menos que suicida) si negase a extraer, de cara al futuro, las lecciones que se derivan de la situación descrita. Con el separatismo, es inútil dejar de quererte. Sólo vale lo suyo. Esto es, todo o nada. Se siente tan superior al resto, que es incapaz de convivir con otros, si no es sometiéndolos.

Es tan supremacista, que siempre exigirá –eso sí, bajo la falacia de la gran mentira (el diálogo) y del ‘bon seny’- el salirse con la suya, el no ceder ni un milímetro en sus posiciones, el ganar siempre terreno. Habrá elecciones, pero el separatismo volverá, como siempre, a sus viejas posiciones (‘religiosas’), cualquiera sea el resultado electoral. Es más (que nadie lo dude), estará dispuesto a aupar de nuevo a Sánchez a la Presidencia del Gobierno, si entiende que tal posición le beneficiará en sus planes de ruptura.

Tal posibilidad es cualquier cosa menos remota. Liquidado el bipartidismo, la fragmentación del espacio electoral es un hecho evidente, tanto por la izquierda como por la derecha. Lo cual tendrá sus consecuencias graves: la instalación de un estado de inestabilidad política (García Domínguez), que hará muy difícil un Gobierno estable (sea de derechas o de izquierdas) con capacidad para tomar las decisiones que reclama la situación política. Y, todo ello porque ningún gobierno con mayoría absoluta (de derechas o de izquierdas) se ha atrevido hasta ahora a modificar, de una vez por todas, el vigente sistema electoral.

La segunda lección, que tampoco nadie debería rechazar, consiste en tomar buena nota de la incapacidad del sistema (el diálogo) tan propiciado por el Presidente Sánchez. Y es que, en el fondo, Sánchez se siente tan superior a todos  (la tradicional superioridad de la izquierda), que ha llegado de hecho a impulsar una izquierda, que ha actuado como agente eficaz de la división, de la desigualdad, del desprecio al resto y hasta del odio y la venganza.

Siempre es así cuando uno se deja llevar del sentimiento de superioridad sobre los demás (Castillo). Esta realidad no experimentará en el futuro otro cambio que hacia su reforzamiento.

¿Qué hacer? Votar con la cabeza. Dejarse de sentimientos y no dejarse engañar. No ser cómplices de cuanto repudiamos.

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