La ciudad de la basura

Javier Mato Ciudad de la basura

El director de un periódico de Palma, asqueado con el espectáculo que tenía delante de su casa, cogió el móvil y tuiteó “qué vergüenza la suciedad de los contenedores de basura de Santa Catalina”. Casi de inmediato, la presidenta de Emaya y concejal del ayuntamiento, Neus Truyols, le preguntó dónde había visto un contenedor sucio. Horas después una brigada limpió el desastre y todo quedó en nada.

Lo interesante, sin embargo, no es el episodio en sí sino lo que trasmite la respuesta de la presidenta de Emaya: su tuit equivale a decir “mire, es posible que pueda haber un contenedor sucio, pero se trata de algo tan inusual, tan raro, que le agradecería me lo dijera porque nosotros no tenemos forma que estar al tanto de algo tan infrecuente”. Excelente forma de enmarcar una situación que, en realidad, está en las antípodas y que quedaría más fielmente reflejada si hubiera dicho: “vamos a limpiar contenedores sin preocuparnos de cuál hacemos antes porque sea cual sea estará hecho un asco”.

No existe ninguna política contra quien ensucia

En aquellos días, Emaya decía que el estado calamitoso de la ciudad se debía a que los contenedores que tenía Palma eran viejos. Pocas semanas después se cambiaron casi todos y, efectivamente, durante unos meses las cosas estuvieron más decentes. Pero eso hoy es historia. Hoy hemos retornado a la normalidad porque el problema no era la edad de los contenedores sino la falta de limpieza.

Hoy, todos los puntos de recogida de basura de Palma están en estado lamentable. Los rodea una capa de suciedad repulsiva que anticipa el hedor que sale del interior de los contenedores, una vez que no tenemos más remedio que abrirlos. Las aceras, bordillos y calzadas adyacentes están impregnadas de basura, llenas de muebles viejos, ropa, bolsas pestilentes, líquidos sospechosos, hierros que un día fueron una silla o un armario. Al parecer, no era un problema de contenedores nuevos sino de limpieza. O cambiamos los contenedores cada tres meses o mejor aprendemos a limpiar, cosa de la que no somos capaces.

No se piense nadie que este es un problema de Més, el partido que actualmente dirige Emaya. No, era igual con el Partido Popular, con Unión Mallorquina o con los socialistas, guarrada más, guarrada menos. Porque el problema no es ideológico sino laboral: hay que agacharse y fregar, hay que lavar los contenedores por dentro, hay que sancionar a los que infringen las normas, hay que recoger la basura con cuidado y no dejar cosas tiradas al marcharse. En definitiva, es un problema de gestión, el punto flaco de nuestras instituciones públicas.

Gestión significa lo contrario de lo que hace Emaya. Emaya pasa por las calles y poco más. Lo de limpiar es muy relativo. Cuando limpia, lo hace tan por encima que no sirve para nada. Y, por supuesto, no existe ninguna política contra quien ensucia. A fuer de tener todo guarro, mucha gente ya deja la basura en las cercanías de los contenedores, lo cual agrava un desastre sin fin.

Tiene razón la izquierda cuando dice que en España dedicamos a servicios públicos más o menos lo mismo que en otros lugares del mundo. El problema está en que nosotros no recibimos servicios públicos por lo que pagamos, y los demás sí. Algo influirá que en ningún otro lugar del mundo, ni siquiera de España, la recogida de basura sea prestada por una empresa pública. Pero aquí los partidos políticos necesitan Emaya para poder premiar a los que les hacen la campaña electoral. Lógicamente, no pretenderemos que además de ayudar al partido, vayan a limpiar los contenedores. O lo uno o lo otro, pero no todo que se agotan.

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