Carta a…Pablo Iglesias / Así es: da usted vergüenza

Señor Pablo Iglesias Turrión, secretario general de Podemos:

Estamos, por una vez, completamente de acuerdo con usted. Lo ha dicho sin despeinarse ni parpadear, henchido de la egolatría con la que nos agrede cada vez que abre la boca: “Hemos dado vergüenza”. Nunca una verdad fue tan cierta. Seguramente no midió bien sus propias palabras, que se han convertido en uno de los tiros por la culata dialécticos más descacharrante de la reciente historia política española. Nadie dijo nada tan cierto sobre sí mismo queriendo decir todo lo contrario. La verdad la carga el diablo y a usted la boca ya le huele a azufre. Cual bombero pirómano, se ha incinerado en su propio fuego y nos produce verdaderos sofocos verle endiosado dando lecciones a todo el mundo de aquello que usted no hace.

Efectivamente, da usted mucha vergüenza, nos avergonzamos de padecerle entre los líderes políticos de España y es vergonzoso que se dedique, con su caradurismo habitual, a darnos lecciones de ética y moral cuando sus hechos cotidianos le contradicen. Sienten vergüenza también todos aquellos compatriotas que –después del 15M– le votaron esperando de usted y de sus genuflexos corifeos un cambio en la embrutecida política nacional y se han topado de bruces con un sátrapa que actúa exactamente igual que los periclitados pseudoreyes Nicolae Ceaucescu y su esposa de la Rumanía filosoviética y, aún peor, como la monarquía comunista de Corea del Norte.

Más allá de cualquier ideología política, todas ellas respetables siempre que se fundamenten en los principios que –en su sentido más amplio– definen la democracia, los protagonistas de la gobernanza deben fundamentar sus actuaciones en la ejemplaridad. Por si nadie se lo ha explicado, señor Iglesias, la ejemplaridad es el resultado de una conducta íntegra que supone actuar de acuerdo a las reglas generalmente consensuadas y respetando la convivencia cívica. A través de la ejemplaridad, el político no busca ser reconocido individualmente ni alcanzar recompensas personales. El motor de la ejemplaridad es el servicio a la sociedad.

Más en concreto, dentro del –por desgracia para todos nosotros– enlodado mundo de la política hispana, el imperativo de ser ejemplar por parte de aquellos que pretenden gobernarnos debe enraizarse en el superior impacto moral de aquellos que, desde las atalayas del poder y sus aledaños, han y deben demostrar con hechos y no solo con palabras que aquello que predican para la colectividad se lo aplican de forma tajante e imperativamente a ellos mismos.

¿Lecciones de ética y de moral de aquel que, aprovechando su posición de privilegio, consigue suculentos créditos hipotecarios personales a cuenta de los ingresos económicos de su propio partido? No, gracias. ¿Lecciones de ética y de moral de aquel que se proclama compañero de los desfavorecidos y solidario con los oprimidos y se instala en un palacete con piscina, jardín, casa de invitados y chófer a la puerta? Tampoco. ¿Lecciones de ética y de moral de aquel que defenestra sucesivamente de su propio partido a todos aquellos que no le ríen las ocurrencias y no se inclinan ante sus imposiciones? Nunca. ¿Lecciones de ética y de moral de aquel que convierte la cúpula dirigente de Podemos en un ámbito estrictamente matrimonial? Por favor, no.

Señor Pablo Iglesias:

Cada uno es prisionero de sus propias realidades y usted, por mucho que se arremangue las mangas de la camisa y retuerza su ceño enfurruñado, no puede desligarse de todo aquello que ha dicho y hecho, de todo aquello que nos ha querido vender y que, afortunadamente, no le hemos comprado. La mercancía que expone en sus mítines está caducada y huele a rancia. La demagogia a la que nos tiene acostumbrados convence solamente a los que comulgan con ruedas de molino, que cada vez son menos.

La necesidad de contar con una voz crítica y potente para poner negro sobre blanco las contradicciones del sistema político, económico y social de España es perentoria. Los partidos herederos de la Transición flojean sumidos en sus propias contradicciones y egoísmos. Pero aquello que no podemos permitirnos es padecer las invectivas de los diosecillos de barro como usted que se creen impelidos por la verdad divina y no son más que pequeños burgueses venidos a menos decorados con una tenue capa de pintura izquierdista.

Señor Iglesias:

Ha reconocido usted que ha dado vergüenza todo lo que ha hecho y dicho en los últimos tiempos. Estamos de acuerdo con usted. Usted nos da vergüenza.

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