Los ricos también lloran

Javier Mato los ricos también lloran

Cuando los políticos de Baleares nos cuentan el inacabable sufrimiento que nos provoca la insularidad, suelen decir que Mallorca lo pasa mal, que Ibiza y Menorca sufren una doble insularidad porque dependen de la Península y de Mallorca, y rematan su relato con el máximo de desgracia, con la madre de todos los desastres, con la tragedia más trágica: lo que padece la pobre Formentera, cuyos habitantes han de ir a Ibiza para desde allí saltar a Mallorca para después ir a la Península. Si todos estamos mal, porque esto de la insularidad nos hace un daño horroroso, lo de Formentera ya no tiene nombre. Es un sufrir por sufrir. ¡Cómo puede un castellano, un aragonés o un asturiano entender tanta injusticia!

¿Cómo puede ser que tanta gente haya optado por mudarse a sufrir en esta isla perdida, en lugar de disfrutar de las comodidades de la España continental, ajena a nuestros dramas?

No todos los datos cuadran perfectamente en la narración. Cuando la democracia llegó a España, Formentera tenía apenas 4.500 habitantes, que casi en su totalidad eran de allí, de siempre. Hoy, 35 años después, la isla tiene 12 mil habitantes. Como se imaginan, no es que los formenterenses estén tan aislados que no le haya llegado noticia alguna de qué es la planificación familiar. De hecho, casi todos los nuevos formenterenses provienen de otros lugares de España y del mundo. ¿Cómo puede ser que tanta gente haya optado por mudarse a sufrir en esta isla perdida, en lugar de disfrutar de las comodidades de la España continental, ajena a nuestros dramas? Me puedo imaginar cómo le puede sonar todo esto a un político peninsular porque para ellos el problema, pese a no tener insularidad, es el contrario, que la gente se marcha, que todo se queda vacío. A mí me da que en toda esta narración alguien está equivocado. O engañado. O nos mienten. Esto no cuadra.

¿No sería lógico que la gente huya de donde se está mal y vaya a donde se está bien? ¿Cómo es posible que la gente sea tan ignorante y analfabeta para abandonar territorios sin insularidad, en los que según nuestra narrativa se debe de vivir mejor, y se instale en lugares como Formentera, donde se está tan mal? ¿Cómo puede ocurrir que en Formentera la población haya crecido un 200 por ciento, pese a su desgracia bíblica, mientras en algunas provincias perfectamente comunicadas de la España continental se ha perdido una tercera parte de la población?

Estos días, Diario de Ibiza publicaba el censo de vehículos –coches, camiones o autobuses– matriculados en la isla de Formentera: 15.171, unos tres mil más que habitantes. Si descontamos la parte de población que no puede conducir, sale a coche y medio por habitante.

Si este incremento del cien por ciento en el número de personas que vive en las islas no ha ido acompañado de un incremento similar en el parque de viviendas, entonces los precios subirán. Pura lógica de mercado.

Si la menor de las Pitiusas vive este boom demográfico, el resto del archipiélago balear, de forma más atenuada, está igual. La población total de Baleares ha crecido alrededor del cien por ciento desde los años ochenta a hoy. Más en las costas que en el interior, pero en general todo ha seguido una acusada tendencia al alza. Ninguna otra región del país se puede comparar en crecimiento de población. Ni la capital, ni Barcelona, ni Canarias.

Un conocido me preguntaba hace unos días por qué la vivienda se encarece tanto en Baleares. Si este incremento del cien por ciento en el número de personas que vive en las islas no ha ido acompañado de un incremento similar en el parque de viviendas, entonces los precios subirán. Pura lógica de mercado. La misma que hace que el precio de las viviendas en los pueblos del interior de España los fije el inquilino o el comprador, porque los propietarios están dispuestos a aceptar lo que sea para que sus casas no sigan abandonadas.

Cuando a usted le cuenten que estamos fatal, piense en Formentera y entenderá por qué para el resto del mundo nuestros lamentos son una comedia.

Sin embargo, pese a que estamos sometidos a un crecimiento desbocado, pese a que estamos absorbiendo la población peninsular que sigue marchándose de sus casas a toda velocidad, nosotros mantenemos el llanto, porque ya se ha convertido en parte de nuestra forma de ser. Nos hemos acostumbrado tanto al quejido constante que hemos perdido el realismo mínimo para ver que estamos haciendo el ridículo.

En esta campaña electoral, si es que en medio del ruido y el vacío mental de los candidatos se consigue percibir algún mensaje, nos van a dar la lata con el sufrimiento que arrastramos. Pero nunca nos van a explicar por qué la gente sigue viniendo, sigue instalándose, sigue comprando coches, sigue pagando viviendas carísimas. Y no nos dirán por qué nunca nadie nos ha escuchado más allá de nuestras fronteras. El más compasivo de los peninsulares, como mucho, podrá decir que en este mundo todo es relativo, porque los ricos, por nosotros, también lloran. Cuando a usted le cuenten que estamos fatal, piense en Formentera y entenderá por qué para el resto del mundo nuestros lamentos son una comedia.

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