Dolor y gloria

Hace tan solo unos días se cumplieron ocho años de la muerte de mi abuelo paterno. Ya sabéis, aquel hombre tan ocurrente y gracioso del cual hablé en el pasado artículo. Como los últimos momentos de vida de mi abuelo estuvieron caracterizados de cosas tan profundamente desagradables como el olvido, el desamparo y la soledad, prefiero centrarme en todo lo positivo que este hombre supuso para mí y mi familia durante tantos años, que no es precisamente poco.

A lo largo de unos pocos veranos y un gran número de inviernos, mi niñez y adolescencia siempre estuvo marcada por el carácter de mi abuelo José María. Su facilidad para hacer reír a toda una familia y su compañía afable y cariñosa no estaba pagada con nada de este mundo. Sus hijos le querían y le admiraban, y sus nietos le tenían absoluta devoción. No es de extrañar, por tanto, que el día de su muerte fuera incapaz de reaccionar a cualquier estímulo. Aquel día parecía una momia, un robot. Recuerdo despertarme de mi cama alarmado. Oía a mi madre llorar débilmente junto al teléfono. Decidí sentarme encima de la cama para intentar descifrar lo que mi madre decía, y a los pocos segundos me enteré de todo. En ese momento, quería llorar con todas mis fuerzas, pero algo me lo impedía. Estaba completamente bloqueado, era incapaz de creerme que mi abuelo ya no estaba entre nosotros. De hecho, recuerdo que aquel día tenía un examen de Historia, pero fui incapaz de repasar un solo momento, e hice algo que (casi) nunca había hecho. Me construí unas chuletas en unos minutos, por si acaso ese 7 se convertía en un 4 a causa del vacío mental que padecía (a pesar de que luego no necesité las chuletas, maldita inseguridad la mía).

Por suerte, los tres meses posteriores a la muerte de mi abuelo, fui capaz de digerir poco a poco todo lo que había pasado. Multitud de sueños (y pesadillas) rondaron mi mente a lo largo esos meses, como un síntoma claro de que mi cerebro se estaba adaptando poco a poco a esa nueva realidad. Una realidad en la que ya no existiría jamás mi abuelo, ni sus chistes o su compañía. Recuerdo perfectamente el día en el que acabé por echar todas las lágrimas que se me habían acumulado durante semanas. Acababa de ver una foto relativamente antigua en la que aparecía mi abuelo. De repente, un torrente de lágrimas inundó mi cara y mi respiración se volvió exageradamente entrecortada. Tanto que me costaba respirar, por lo que tardé varios minutos en recuperarme. Pocas veces me había sentido tan aliviado en mi vida como el día que lloré la muerte de mi abuelo.

En definitiva, no se me ocurre mejor manera de dar nombre a la historia de mi abuelo con el título de la última obra maestra de Pedro Almodóvar. Ya que tras años de verdadera gloria acompañados de la persona más buena y graciosa que he conocido, llegó un breve e intenso dolor que jamás olvidaré.

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