El descenso

OPINIÓN JOSÉ MANUEL BARQUERO

Hace unas semanas el gran público alucinó con el Oscar de este año al mejor documental. National Geographic estrenó hace unos meses Free Solo sin tanto revuelo, pero el escaparate de Hollywood disparó su visibilidad. La historia es simple: un joven norteamericano escaló la roca del Capitán en Yosemite sin emplear cuerdas de seguridad ni elementos de fijación artificial. O sea, Alex Honnold se elevó sobre los casi mil metros de pared vertical con la única ayuda de sus dedos, sus pies de gato y su cabeza fría. Lo hizo en menos de cuatro horas. Es una gesta fácil y difícil de entender al mismo tiempo: un error en uno de los miles de agarres y apoyos que realizó sin sujeción, uno solo, y hubiera caído al vacío. Si la equivocación se hubiera producido en alguno de los últimos largos de la escalada hubiera dispuesto de unos quince segundos para repasar su vida antes de impactar contra el suelo.

Tapándose los ojos al borde del llanto en la base del Capitán, junto a su trípode, vencido por la tensión, incapaz de seguir enfocando aquella locura.

Honnold tardó años en preparar la ascensión. Entrenando con cuerda el paso más complicado se cayó en repetidos intentos, pero su mente fue capaz de obviar esa información previa: “Alex, sin cuerda ya hubieras muerto varias veces”. El espectador permanece absorto ante los movimientos felinos, de precisión matemática, que realiza este escalador en libre. A pesar de la belleza de los planos filmados con un dron, el momento más descriptivo del día final es el que recoge a uno de los cámaras profesionales, que ha convivido meses con Honnold grabando el documental, tapándose los ojos al borde del llanto en la base del Capitán, junto a su trípode, vencido por la tensión, incapaz de seguir enfocando aquella locura.

Nuestro hipotálamo regula los patrones conductuales y todo lo que tiene que ver con nuestra supervivencia: el hambre, la sed… y por supuesto el miedo. Es evidente que el hipotálamo de Alex Honnold funciona un poco distinto, pero él lo niega. Dice que siente miedo, pero que es capaz de controlarlo y evitar que lo bloquee. En esto la ciencia le da un poco la razón, porque en el hipotálamo se genera la oxitocina, una hormona que mantiene la sensación de miedo pero permite al organismo actuar contra ese sentimiento. En la cima del Capitán Honnold levantó los brazos, sonrío a las cámaras que lo acompañaron, y comenzó a descender hacia el valle caminando por el lado contrario al paredón que había superado.

Yo los noto inflados de oxitocina, sustancia que, además de ayudar a vencer el miedo, incrementa la confianza y mejora las relaciones sociales.

Fue una de esas hazañas que te hacen dudar sobre los límites del ser humano. Pensábamos que lo habíamos visto todo… pero no. La semana pasada otro estadounidense, Jim Reynolds, trepó sin cuerdas los 1500 metros de granito vertical, pulido y resbaladizo, de la ruta Afanassieff en el Fitz Roy argentino. Pero lo más increíble vino después, una vez hollada la cumbre. A diferencia del Capitán, para bajar de esa cima patagónica había que rapelar… hasta ahora. Reynolds ha destrozado lo imaginable descendiendo en libre, como lo había subido, ese tótem de la escalada mundial. En total fueron más de quince horas de concentración y tensión extrema. Cualquier aficionado sabe que la montaña que se sube y la que se baja no son la misma, ni siquiera por la misma ruta, y que la mayoría de accidentes mortales se producen en los descensos. De lo más alto del Fitz Roy, como de los ochomiles himaláyicos, no puedes descender paseando, ni en helicóptero. Como a tantos otros, la gloria a Jim Reynolds le esperaba en el campo base, no en la cumbre.

A cotas más bajas, los únicos brazos que estamos viendo levantados cada día en los telediarios son los de nuestros candidatos electorales. Ahí los tenemos, triunfando en sus mítines ante un público entregado, trepando sin parar hasta el día de las comicios. Yo los noto inflados de oxitocina, sustancia que, además de ayudar a vencer el miedo, incrementa la confianza y mejora las relaciones sociales. Como yo no soy un escalador de élite, me siento incapaz de sustraerme a la experiencia vivida. Y esa experiencia me dice que, pasadas las elecciones, el político que llega a la cima, o sea, el que alcanza el poder, celebra su gloria y en la misma noche electoral comienza a aflojar la tensión. No destrepa el camino como Reynolds, con la misma pasión y concentración que empleó al ascender, sino que se relaja como Honnold, y desciende silbando durante toda la legislatura.

 

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