Carta a…los electores / nos jugamos mucho

El próximo domingo los ciudadanos de este país estamos convocados a las urnas para elegir a nuestros representantes en el Congreso de los Diputados y en el Senado. Esta será la decimotercera vez que lo hagamos desde la promulgación de la Constitución en 1978. Dicho así estos comicios podrían parecer parte del ejercicio rutinario que se practica en democracia. Sin embargo, si en algo coinciden todos los analistas -incluso los candidatos en una campaña tan crispada- es en resaltar la especial trascendencia de esta convocatoria. Esto es así por varios motivos.

En primer lugar, nunca en nuestra historia democrática se había llegado a una cita electoral con semejante nivel de incertidumbre en los resultados. Jamás los sondeos habían coincidido en detectar la última semana de campaña un número tan elevado de votantes indecisos, en torno al 40%. Este dato en un escenario político tan volátil, unido a nuestro particular sistema electoral de asignación de escaños, complica más que nunca el trabajo demoscópico. El precedente de las últimas elecciones andaluzas, en las que ninguna encuesta fue capaz de prever el cambio político que se produjo, hace que los expertos muestren una especial cautela en sus predicciones. La nota histriónica a esta lógica prudencia la puso el inefable Tezanos, que tuvo que salir a matizar en público la última encuesta del CIS que dirige al día siguiente de su publicación, de tan increíbles que le resultaban sus propios números.

En segundo lugar, parece claro que por primera vez nuestro país tendrá un gobierno de coalición. Esta circunstancia, habitual en muchos estados de la Unión Europea, es inédita en España, que siempre ha conocido gobiernos monocolor con apoyos parlamentarios externos cuando el partido vencedor de las elecciones no ha alcanzado la mayoría absoluta. Y es que en estas elecciones el bipartidismo saltará por los aires con más estrépito aún que en 2016. Nunca antes las encuestas habían llegado a situar a cinco partidos por encima del 10% en intención de voto. Esta certeza sobre la necesidad de una coalición de gobierno -no solo de pactos parlamentarios- introduce un variable nueva en el elector a la hora de decidir su voto.

Pero siendo estas dos circunstancias novedosas, el factor determinante que amplifica la trascendencia de estas elecciones es otro. Si algo ha ido quedando claro en el breve periodo de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno, y especialmente en estas últimas semanas de sobredosis de mensajes políticos, es que, si sigue ocupando el Palacio de la Moncloa, la España que hemos conocido los últimos cuarenta años dejará paso a otra muy distinta. La temeridad que ha demostrado, su falta de escrúpulos, el uso y abuso de las instituciones públicas para fines partidistas y su empleo permanente de la mentira como estrategia política pronostican hasta dónde será capaz de llegar en sus pactos para mantenerse en el poder, al precio que sea, cueste lo que cueste.

Esa política de bloques que comenzó Zapatero y ha continuado Sánchez, no solo ha polarizado el debate político hasta límites insoportables, sino que ha logrado fragmentar el voto del centro-derecha más aún de lo que se fragmentó el del centro-izquierda con la irrupción de Podemos. Una de las hipótesis más probables que contemplan algunas encuestas es que PP, Ciudadanos y VOX obtengan más votos pero menos escaños que la suma de PSOE y Podemos. Sánchez ha debilitado en estos meses al partido de Pablo Iglesias, su principal socio parlamentario, y está consiguiendo movilizar a votantes desencantados con la izquierda agitando el fantasma de VOX. Es justo reconocer el éxito en su estrategia del candidato socialista.

Todo iba sobre ruedas para Sánchez hasta que llegó su enorme pifia en la gestión de los debates televisivos. Ayer vimos el primero en TVE, que se saldó sin un claro vencedor. Sánchez se vio acorralado por sus cesiones al independentismo catalán y sus pactos postelectorales. Casado trató de rebajar su tono hiperventilado de la campaña, y quizá se pasó de frenada en su puesta en escena zen. Si se trataba de mover al voto a los indecisos, los más efectivos en sus intervenciones fueron Rivera e Iglesias.

En conclusión, todo parece indicar que lo que se ventila en las urnas el próximo domingo es la posibilidad de un gobierno de izquierdas condicionado por el separatismo catalán, Bildu y otras formaciones que han acreditado sobradamente durante años su preocupación (nula) por el bienestar de los españoles y la estabilidad de sus instituciones, o la de un gobierno de centro-derecha condicionado por la derecha radical de VOX, un partido que está por demostrar hasta dónde es capaz de implementar sus propuestas más polémicas. La experiencia de Podemos en esta última legislatura nos ha enseñado que es más fácil predicar (en campaña electoral) que dar trigo (aprobando leyes concretas). En sus manos, queridos lectores y electores, está la decisión.

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