De infartos

Barquero per 312

Para una persona normal el reto tiene algo de aventura salvaje. El adversario es la distancia. Cuando me preguntaron si no me dolía el culo -en realidad se referían a la zona del perineo- contesté que sí, pero solo hasta el kilómetro 200. A partir de entonces no tienes culo, ni perineo. La fatiga muscular es extrema y sobrevienen los calambres, pero a mi me preocupaba más el cansancio mental. Despistarme en un cruce en una de aquellas carreteras angostas del Llevant, no ver un bache, trazar mal un giro bajando, y acabar la jornada accidentado. Recorrer Mallorca en bicicleta de punta a punta, 312 kilómetros en menos de 14 horas, es uno de los desafíos más exigentes que puede afrontar en Europa un ciclista aficionado. Por eso había 8000, de más de 50 nacionalidades, y una larga lista de espera sin plaza para participar.

En el kilómetro 300 de la ruta levanté la cabeza del manillar y vi una curva abierta a derechas. Iba bajando a 60 por hora, y en ese momento me vino a la cabeza lo duro que sería caerse allí

Cuando mi GPS estaba a punto de señalar el kilómetro 300 de la ruta levanté la cabeza del manillar y vi una curva abierta a derechas. Iba bajando a 60 por hora, y en ese momento me vino a la cabeza lo duro que sería caerse allí, a escasos doce kilómetros de la meta, después de casi trece horas dando pedales, cuando ya estaba casi todo hecho. Pocos minutos más tarde un ciclista derrapaba en ese mismo punto y se iba al suelo con un buen golpe en la cadera. Por poco no lo vio caer el director de la Mallorca 312, Xisco Lliteras, que conducía un coche de la organización y lo vio a lo lejos tendido en la carretera. Frenó el vehículo y de su interior saltó casi en marcha el copiloto para auxiliar al ciclista.

-¿Estás bien?

-Sí, más o menos -contestó el accidentado desde el suelo sin mirar a quien le preguntaba-

-¿Seguro? Deja que te ayude.

El mismísimo Alberto Contador le estaba incorporando, recogiendo su bicicleta y comprobando su estado mecánico

El ciclista se incorporaba lentamente para sentarse en el suelo, dolorido y con la vista aún clavada en el asfalto. Aturdido por el golpe, tardó varios segundos en dar las gracias y levantar la mirada hacia la persona que lo sujetaba por el brazo para incorporarlo. Entonces el rictus de dolor se transformó en estupefacción. Xisco Lliteras, que observaba la escena desde atrás más tranquilo al constatar que no había lesiones graves, me contaba que cuando vio la expresión del ciclista pensó que les iba a preguntar si estaba vivo o muerto, si aquello era la carretera entre Artá y Playas de Muro o había ascendido a los cielos del ciclismo. Como si fuera una aparición divina, el mismísimo Alberto Contador le estaba incorporando, recogiendo su bicicleta y comprobando su estado mecánico. Le animaba a seguir con cuidado porque ya casi estaba en la meta.

Que el ganador de dos Tours de Francia, dos Giros de Italia y tres Vueltas a España aparezca de la nada para auxiliar a un ciclista aficionado simboliza a la perfección el espíritu de la Mallorca 312. Por desgracia ese día hubo otro accidente más grave. Un participante bien entrenado sufrió un infarto, con tan mala suerte de padecerlo en una bajada. Lo más lesivo no fue la parada cardíaca, de la que se recuperó con rapidez en los días posteriores, sino las lesiones producidas por el impacto contra un muro. Me llegaron varios mensajes de personas que me aprecian sinceramente recordándome ese y otros percances físicos en pruebas deportivas, o de conocidos mientras corrían por un parque. Incluso me recalcaron mi responsabilidad como padre.

No todos somos Chéjov. Yo no tengo problemas con las chicas gordas, pero sí con la vagancia generalizada, porque me hace sentir que se me escapa la vida de un modo estúpido

Algunos pensarán que la manera de esquivar esa fatalidad es llevar una vida sana, estarse quietecito y no forzar la máquina, pero Iker Casillas lleva décadas cuidando su alimentación, preparándose bajo la supervisión de profesionales cualificados y haciéndose ecocardiogramas y pruebas de esfuerzo, y su corazón se detuvo sin avisar. No le ocurrió en la tanda de penaltis de una final de Champions, sino en un tranquilo entrenamiento en una ciudad tranquila como Oporto. Al salir del hospital se quebró ante los medios de comunicación, y solo quiso decir que estaba feliz por poder contarlo. Lo demás daba igual.

Chéjov sostenía que la felicidad es imposible sin pereza, y que su ideal era “ser vago y amar un chica gorda”. Esa filosofía de vida le permitió alumbrar algunos de los cuentos más bellos de la literatura universal, pero no todos somos Chéjov. Yo no tengo problemas con las chicas gordas, pero sí con la vagancia generalizada, porque me hace sentir que se me escapa la vida de un modo un poco más estúpido del que me puedo permitir. Como siempre hay una cuestión de equilibrio en las decisiones. Es el buen juicio el que hace durar la vida, pero sin duda son las pasiones, pequeñas o grandes, las que hacen que la vida merezca la pena ser vivida. Quizá por ello, cuando mis amigos me obligan a pensar en la posibilidad de que mi corazón hoy sano deje un día de latir mientras hago deporte, me viene a la cabeza el pensamiento del escritor francés Paul Morand, que creía que “las pasiones son los viajes del corazón”. Por mi parte, mientras me queden páginas en el pasaporte vital para sellar nuevas ilusiones, seguiré permitiendo viajar a mi corazón, con o sin permiso de los demás.

 

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