A toda máquina, en sentido contrario

opinión Mato asesores

Hace ya unos cuantos años, contraté una empresa para reformar mi casa. El constructor me mandó a un tal Gregorio quien, con dos peones, empezó por cambiar el baño. Al cabo de dos semanas pude comprobar horrorizado que el pobre Gregorio, pese a ser oficial primera, sabía de embaldosar lo que yo de tocar el saxo. O sea que tuvo que estar otra semana más corrigiendo los incontables fallos. Cuando finalmente acepté el baño, exigí a la empresa que para la cocina me mandara a alguien más cualificado. El propietario me dijo que sí, que me enviaría a Marcelo, el mejor oficial primera que tenía. En efecto, Marcelo embaldosó toda la cocina, incluidas las encimeras, en apenas cuatro días. Lo hizo tan bien que hoy, más de diez años después, la cocina sigue estando perfecta.

Aunque tanto yo como el empresario nos quedamos encantados con Marcelo, si la ley que regula la presencia en el puesto de trabajo hubiera estado en vigor en aquel momento, Gregorio habría cumplido con creces por su dedicación, mereciendo muchas horas extraordinarias, mientras que Marcelo tendría difícil justificar su trabajo porque acababa mucho antes. Que lo hiciera mejor no tiene importancia para esta ley, que se limita a valorar la presencia física en el lugar de trabajo.

Desmerece la formación, la cualificación, la dedicación, la actitud; que desprecia a las personas tratándolas como si fueran autómatas

Este es el gran problema de la ley que ha introducido el PSOE: que desmerece la formación, la cualificación, la dedicación, la actitud; que desprecia a las personas tratándolas como si fueran autómatas. Un aparato trabajando ocho horas es siempre igual a otro aparato de la misma marca y modelo trabajando ocho horas, pero ocho horas de una persona trabajando nunca son iguales a ocho horas de otra persona. El problema realmente grave de esta ley es que premia al que calienta la silla, al que no aporta, al que está por el hecho de estar y, consecuentemente, penaliza al competente.

Yo soy periodista, aunque desde hace ya unos años me dedico a la enseñanza universitaria. En las dos actividades esta ley es rematadamente absurda. ¿Son comparables las ocho horas de un periodista que tiene fuentes, que domina su terreno, que escribe fantásticamente bien con las ocho horas de quien carece de contactos, no tiene ni idea de lo que está haciendo y no sabe escribir? ¿Es igual asistir a una clase de un profesor competente que a la de uno incapaz? Muchos jóvenes que escogen una carrera admiten que sobre su decisión tuvo mucha influencia alguien que le impartió una asignatura de forma apasionada. ¿Puede esta ley medir la pasión?

La visión que subyace en esta ley nos lleva al pasado, a un país anquilosado, rígido, hiperregulado. ¿Puede un periodista estar en una comida o cena familiar, escuchar a alguien mencionar un tema que pueda ser susceptible de ser noticia e ignorarlo porque está fuera de su horario laboral? Tengo un compañero que es profesor de narrativas cinematográficas. Por supuesto, su formación le exige estar casi todo el día viendo películas y series de televisión. ¿Cómo computa el gobierno y su empresario esa dedicación? ¿O eso es ocio y no merece ser computado?

Nos dice que vale más estar que ser, que es más importante la presencia que la competencia, que nos enseña que la cuestión del trabajo no es hacerlo bien sino estar presente

Una ley como la que entró en vigor esta semana, regulando la entrada y salida del puesto de trabajo de todos los españoles asalariados, trasmite un mensaje, refleja una concepción de las relaciones laborales. Ese mensaje es el verdadero problema de esta ley; que nos dice que vale más estar que ser, que es más importante la presencia que la competencia, que nos enseña que la cuestión del trabajo no es hacerlo bien sino estar presente. Por supuesto, si la Unión Europea avala este enfoque de las relaciones laborales, estará demostrando por qué Europa es un continente en declive, por qué la hiperregulación nos ahoga y bloquea.

España, puntera en estas tonterías, ya tiene este cáncer instalado en el sector público, donde el sistema de oposiciones, las categorías laborales rígidas y los ascensos por antigüedad han creado un monstruo inoperativo y desmotivador, pero ahora el Gobierno parece querer expandir este modelo al sector privado. Eso es lo que nos propone esta ley, eso es lo que promueve esta normativa, ese es el mensaje.

Pero que nadie crea que esto será inocuo: esta regulación absurda empujará a las empresas a pasar de la contratación de trabajadores por cuenta ajena a autónomos, de medir los horarios a medir los resultados. Esta ley es un empujón en este sentido, precisamente cuando el gobierno habría querido ir en sentido contrario. Ya verán como así Gregorio despertará y, sobre todo, se hará justicia con Marcelo.

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