La realidad o su representación

Casi siempre, desde tiempos inmemoriales, suele pasar lo mismo. Ya san Pablo (1Cor 3) reprochaba a los cristianos de Corinto su inmadurez: “Mientras haya entre vosotros envidias y discordias, ¿no es señal de inmadurez y de que actuáis con criterios puramente humanos? Pues cuando uno dice: ‘Yo soy de Pablo’, y otro: ’Yo soy de Apolo’. ¿No estáis procediendo demasiado a lo humano?”. La lectura completa de este capítulo tercero cobra una especial significación a la hora de valorar lo que nos está pasando actualmente en la Iglesia.

A poco conocedor que se sea de la realidad eclesial, se advertirá que, quienes nos decimos seguidores de Jesús, somos muy inmaduros. En la Iglesia actual, abundan demasiado las envidias, las discordias, las divisiones, el chismorreo, el creerse superior y poseedor de la verdad y, a veces, hasta el pase de supuestas facturas (venganzas). Unos dicen: Yo soy de Juan Pablo II. Otros dicen: Yo soy de Benedicto XVI. Otros dicen: Yo soy de Francisco. Y, en éstas andamos enredados y enfrentados, divididos, separados, en parte olvidados de lo que se dice querer transmitir: el mensaje evangélico. Todo, en apariencia, muy razonable y coherente, muy equilibrado. Pero, al mismo tiempo, muy humano y distante del Dios que edifica. Un verdadero contra testimonio.

El resultado de esta actitud tan mundana, vigente en la Iglesia de todos los tiempos, es ahora evidente a pesar de las sempiternas resistencias para reconocerlo y admitirlo. Se ha llegado a una situación de fracaso real respecto al gran mandato de Jesús: evangelizar. La sociedad actual funciona al margen del mensaje evangélico.

La sociedad actual está en la práctica descristianizada. Y, aunque no se quiera reconocer, la Iglesia, depositaria del mensaje de Jesús, está muy ausente de la sociedad. Quienes nos decimos seguidores de Jesús no vivimos, ni de lejos, en coherencia con tal mensaje. Existe una enorme distancia entre lo que decimos y lo que hacemos. Precisamente por ello, no somos influyentes en la sociedad  en la que estamos integrados, somos marginales y perfectamente prescindibles.

Hace unos días, José Mª Castillo reflexionaba, en Religión Digital, sobre esta situación y se preguntaba: “¿A dónde vamos por este camino? ¿Cómo y por qué hemos llegado hasta esta situación? ¿Tenemos motivos para hablar, con toda razón, de que pertenecemos a una “Iglesia marginal”? Comparto las preguntas y también la respuesta.

Lamento, sin duda, que ni los líderes religiosos (los obispos, los titulares de diferentes órganos de gobierno pastoral, los sacerdotes y religiosos) ni muchos cristianos seamos conscientes de lo que está en juego y no nos atrevamos a enfrentarnos abiertamente con la realidad. Lamento  -dicho sea sin tapujo alguno- que se viva abrazados a la apariencia hipócrita. A partir de aquí, nada debiera extrañar a nadie respecto a la realidad y a sus consecuencias, como tan claramente ilustra el citado José Mª Castillo.

Sin hacer referencia específica al tema capital,  relativo a la distinción entre religión y evangelio (cfr. José Mª Castillo, El evangelio marginado, Ed. Desclée, Bilbao 2019), lo cierto es que “una Iglesia, que vive al margen de la sociedad, es una Iglesia que no se relaciona con la ‘realidad’, sino que se relaciona con la ‘representación de la realidad’, que la misma Iglesia elabora para sí (para ella misma), según sus intereses y conveniencias” (Castillo).

¡Tremenda evidencia! ¡Muy grave desplante a la propia función! Es muy triste que, a estas alturas, los líderes religiosos (los obispos y  otros titulares de otros órganos de gobierno, sean o no obispos) no se atengan a la realidad a la hora de posicionarse en la sociedad actual como tampoco lo hacen a la hora de analizar los propios problemas internos y las contradicciones con las que, con tanta frecuencia, suelen  cabalgar. Tampoco lo hacen, por cierto, ciertos medios de comunicación, abiertamente ideologizados en torno a las posiciones de derechas o progresistas, esto es, respecto a la defensa de uno u otro pontificado.

En estas situaciones, es muy importante  atenerse a los hechos ciertos. Lo demás es pura interpretación ideológica en un falso y contraproducente intento de mantener una imagen institucional, que, a pesar de no responder a la realidad social/eclesial, se retroalimenta a diario. De este modo, todos somos, de alguna forma, cómplices en la propuesta de una Iglesia que no se relaciona con la sociedad en la forma debida, porque no se atiene a la realidad de las cosas, ni siquiera a la hora de salvaguardar la función de sus dirigentes de los riesgos de corrupción (marginar el Evangelio).

Es habitual la defensa de mantras inútiles, de posiciones falsas, de imágenes contradictorias y, a veces, hasta corruptas. Lo que muchas veces en la Iglesia se elabora (y a partir de ello se argumenta y se propone) no tiene que ver con la realidad o con la verdad o con el proyecto de Jesús.  Son, como dice Castillo, pura ‘representación de la realidad’, pura descripción de cómo les gustaría que fuese la presencia de la Iglesia en la sociedad, pura elaboración partidista ajena a la realidad social existente.

Los ejemplos pueden multiplicarse. Suelen ser muy claros y fácilmente identificables. Y lo son tanto con referencia a la sociedad civil como en relación a la propia Iglesia. Eso sí, para detectar semejante adulteración, es absolutamente necesario no posicionarse ideológicamente, no aceptar ningún tipo de representación de la realidad (manipulación), ser muy objetivos y neutrales.

Aunque no se quiera entender, aunque muchos en la iglesia insistan un día y otro también en lo que creen aceptación de la realidad, la gente ya no traga ciertas cosas, ya sabe distinguir la realidad de las construcciones ideológicas de la misma. La gente, descristianizada a base de tanto secular contra testimonio evangélico, pasa en general (cada día más y más intensamente) de lo que digan los líderes religiosos católicos. A lo más que llega, es a una escéptica y educada sonrisa de disimulo.

Eso sin excluir la posibilidad, desde dentro o desde fuera, de una crítica ácida ante la evidencia del contra testimonio evangélico, que se pretende esconder. Esta es la realidad. La Iglesia ha perdido toda credibilidad y fiabilidad en la sociedad actual, precisamente por empeñarse en aparentar lo que no es.

A partir de esta evidencia, no tiene sentido apoyarse en representaciones de la realidad que se fabrican al servicio de conveniencias propias. Se expresa, en el fondo, lo que gustaría que fuese y no es. Esta es la verdad y la realidad: no se supera la pura ideología. Insistir, desde semejantes posiciones ajenas a la realidad, en el permanente sermoneo moral para que la sociedad, que estamos llamados a evangelizar (Mat. 10), se convierta, nos desacredita y cada día nos hace más prescindibles. No le proponemos  a la gente, ni antes ni ahora, recorrer en libertad un camino exigente (por ser coherente) para edificar una sociedad más acorde con el proyecto de Jesús, que los líderes religiosos tienen, por razón del oficio, el deber de proponer.

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