España no es Austria

Mato España no es Austria

Habrán tenido noticia de la gravísima crisis que sacude al gobierno austríaco, por unos hechos que, por cierto, tuvieron lugar en Baleares. Pocas veces un país había pasado tanta vergüenza al descubir el submundo que envuelve a la política y al periodismo, la crudeza con la que se mueve el poder tras las bambalinas, la hipocresía con la que se abrazan los grandes principios democráticos.
El escándalo se destapó cuando dos publicaciones alemanas, el Süddeutsche Zeitung y Der Spiegel, hicieron público un vídeo de más de seis horas rodado en una noche de verano en un chalet de Ibiza, durante una cena del líder de la extrema derecha austríaca, vicecanciller del gobierno, Heinz-Christian Strache, con una mujer elegante, vestida con un traje de alta costura, que se presentó como Alyona Makarova, sobrina del oligarca ruso Igor Makarov y que en realidad era una impostora.

Los periodistas son “las mayores prostitutas” del planeta. Desde luego, la conversación trasmite la impresión de que el cuarto poder no es más que un satélite del poder político

En la cena, la mujer negoció con Strache que él otorgara contratos millonarios al grupo de empresas de su padre, a cambio de favores. Si esta negociación en sí es un indicador de las miserias de la política, los favores que Strache le pedía a la supuesta magnate rusa dejan en muy mal lugar al periodismo de Austria. La millonaria le ofrece a Strache nada menos que comprar el influyente periódico sensacionalista vienés, Kronen Zeitung, para ponerlo a su servicio. “Si se queda con el periódico tres semanas antes de las elecciones y nos lleva al puesto número uno, entonces podemos hablar de lo que haga falta”, le contesta Strache. En las seis horas de grabaciones, se sugiere el despido de algunos periodistas, al tiempo que se indica que otros se alinearán con él. Strache afirma tajantemente que los periodistas son “las mayores prostitutas” del planeta. Desde luego, la conversación trasmite la impresión de que el cuarto poder no es más que un satélite del poder político, lejos de la figura mítica de “perro guardián” del pluralismo y la democracia. En otro pasaje de las grabaciones, Stracher habla de conseguir en Austria lo que ha hecho Víktor Orban en Hungría: un paisaje mediático favorable a sus intereses. Entre otros, habla de controlar la televisión pública austríaca y tomar medidas para hacerla más favorable al partido de Strache.

Las conversaciones, conocidas como el “Ibiza-gate”, abordan muchos otros asuntos, no siempre vinculados a la prensa, y han supuesto un terremoto en la apacible vida política vienesa.

Les traigo a colación este escándalo para destacar el tremendo contraste entre Austria y España. Afortunadamente, aquí en nuestro país no se compran periódicos para ponerlos al servicio del partido que gobierna. Nunca a un empresario ni tampoco a un político se le podría ocurrir manipular la democracia creando un entorno mediático favorable. Aquí, por suerte, por cultura democrática, por legislación, los políticos no quieren que los periodistas estén a su servicio. Y, mucho menos, los periodistas lo aceptarían. Si ustedes han visto cómo el diario El País cambiaba al director y al jefe de opinión exactamente al mismo tiempo que entraba Pedro Sánchez en Moncloa, es por simple coincidencia. ¿Cómo iba la propiedad del diario más influyente de España, con una deuda que multiplica varias veces el valor de sus cabeceras, aceptar ser títere de un partido político? Jamás.

Si usted ha pensado que cuando un político llega al poder intenta controlar la radio y la televisión públicas, se equivoca totalmente. Tanto en Baleares como en Madrid, los cambios que suele haber en la dirección de estos entes públicos responden a que se han acabado los ciclos

Entre otras cosas porque lo habría denunciado el Defensor del Lector, un empleado del periódico que vela porque se cumplan los principios de transparencia y honestidad que caracterizan a la prensa española. Aquí las cosas se hacen bien.
Si usted ha pensado que cuando un político llega al poder intenta controlar la radio y la televisión públicas, se equivoca totalmente. Tanto en Baleares como en Madrid, los cambios que suele haber en la dirección de estos entes públicos responden a que se han acabado los ciclos, nunca a que se vayan a modificar los contenidos que se emiten. Además, como protección adicional, los estatutos de esas televisiones han establecido claramente la independencia del periodismo. Y siempre nos quedan las normas de los colegios de periodistas, rigurosísimas en garantizar la independencia de la prensa. No, esto no es Austria.

Recientemente un grupo mediático español, en pérdidas, compró otro, también en pérdidas. Los bancos, acreedores del segundo, tuvieron la sana idea de bajarle la deuda simplemente por facilitar el ejercicio del periodismo, que como todos sabemos es una noble profesión. Hasta la banca en España está comprometida con facilitar el periodismo. Yo diría que incluso el comisario Villarejo era un abanderado del poder y de la independencia de la prensa. Nada comparable con la desvergüenza de Austria.
David Jiménez, un ex-director de El Mundo, despechado porque lo echaron del cargo, cuenta en el libro “El Director” cómo muchos periodistas españoles viven una vida de reyes, pagada por empresarios privados, sobre quienes después vierten sus opiniones en la radio, en la televisión o en la prensa escrita. Pero como España no es Austria, estos periodistas pese a que viajen a costa del empresario, mantienen su independencia y si elogian a esos empresarios es que objetivamente lo merecen, no porque se mezclen los viajes con la sacrosanta obligación de ser imparciales y ecuánimes. Si esos empresarios obtienen obras públicas pese a que sus periodistas elogian a los políticos que se las conceden, es porque objetivamente eso es lo justo. Aquí nuestros periodistas no son prostitutas. No podrían serlo, porque los libros de estilo de las redacciones de sus medios lo impedirían.

Seguro que nuestros políticos ya han enviado una brigada de efectivos para desinfectar el chalet ibicenco, para que la vergüenza de estas prácticas austriacas no contagie nuestro impoluto sistema de controles entre la prensa y el poder

Cuando Telefónica se metió en el negocio de la televisión, controlando Antena 3, no lo hizo porque Aznar fuera amigo de Villalonga, su presidente, pensando en favorecerlo. Eso, como vemos, pasa en Austria, pero les aseguro que no es el caso de España, donde si alguien pretendiera esto se tendría que enfrentar a los periodistas que esgrimirían sus sacrosanto principios para denunciarlo.
Porque aquí somos democráticos y plurales. Y en Baleares ¡por Dios!, lo único que sabemos de estas cosas horribles es que una vez en Ibiza unos austriacos negociaron algo tan miserable como la compra de periódicos para ponerlos al servicio del poder, pero ya les digo yo que eso es lo máximo que ha ocurrido jamás. Seguro que nuestros políticos ya han enviado una brigada de efectivos para desinfectar el chalet ibicenco, para que la vergüenza de estas prácticas austriacas no contagie nuestro impoluto sistema de controles entre la prensa y el poder.
¡Qué afortunados somos!

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