Bienvenido… siempre que no sea para destruir nuestra convivencia

carta al turista

Señor turista:

Estamos muy contentos de darle la bienvenida a nuestra casa. Le abrimos de par en par las puertas de nuestras islas para que comparta con nosotros nuestro paisaje, nuestros monumentos, nuestra gastronomía, nuestras playas y nuestro mar. Son nuestros, sí, pero nos encanta que usted –en solitario o acompañado de su familia, su pareja o, incluso, con sus amigos y compañeros– haya elegido, entre otros muchos destinos vacacionales, pasar sus mejores días del año entre nosotros y maravillarse con ellos.

Nos llena de orgullo y satisfacción que el patrimonio natural e histórico que la naturaleza y la historia nos ha encomendado conservar también los disfrute usted, aunque solamente sea por unas pocas jornadas y no como podemos hacerlo nosotros, que afortunadamente son todos los días del año. Nada más gratificante para nosotros que nuestros tesoros sean por unas horas también de usted.

Estos tesoros nuestros –el mar, las playas, las montañas, el interior rural de las islas, la flora, la fauna, los endemismos naturales, los edificios, los monumentos, el patrimonio antropológico, las vestimentas, la música, las danzas, la lengua y muchas cosas más– son tremendamente frágiles. Cualquier manotazo físico o intelectual pueden destruir miles de años de continuidad en el tiempo. Y si eso ocurre, el estropicio es irrecuperable.

Por eso le pedimos, de forma encarecida, que sea respetuoso con todo aquello que le cedemos y dejamos que utilice. Nada de eso es suyo. Nosotros se lo prestamos con mucho gusto para que se solace, pero es nuestro y no desearíamos que cualquier malentendido nos obligara a invitarle a salir de nuestra casa. Nos comprende, ¿no?

Sabemos que usted y muchísimos como usted, señor turista, son personas educadas, empáticas, comprensivas, sensibles, amigables y respetuosas con lo que aquí les ofrecemos. Y se lo agradecemos de todo corazón y por eso año sí y año también les invitamos a visitarnos. Incluso aunque su llegada sea masiva y nos produzca ciertas incomodidades, que son evidentes y obvias en muchos lugares y ocasiones y nos obliguen a invertir parte de los fondos públicos que podrían mejorar nuestra sanidad, nuestra educación y nuestros servicios de bienestar social a desplegar más fuerzas del orden, más servicios de limpieza y también, entre otros instrumentos de gestión de la realidad humana, reforzar las emergencias sanitarias para atender a sus propias necesidades o a las que ustedes nos provocan a nosotros.

Le puedo garantizar, señor turista, que desearíamos poder dedicar todos los millones de euros que cada año nos gastamos, por ejemplo, en aumentar las plantillas de los cuerpos de la Policía Nacional, la Guardia Civil y todas las policías locales de todos los municipios de les Illes Balears en verano en más escuelas, más médicos y mejor asistencia a nuestros mayores. Pero abrirles las puertas de nuestra casa a ustedes también nos suponen unos muy ciertos y seguramente elevados costes económicos que ustedes, con el pago de sus vacaciones y sus impuestos, realmente no compensan. Sume y reste y seguro que llegará a esta misma conclusión.

Todo lo anterior, sin embargo, señor turista no debe despistarnos de una cruda realidad que queremos compartir con usted. Como ya le he reiterado en varias veces, y creo que ha quedado meridianamente claro, estamos encantados de que venga usted a pasar sus vacaciones entre nosotros. No tenga ninguna duda sobre ello. Pero también tiene que quedarle claro que, si usted es un turista que se desplaza desde su lejano y frío país hasta las Illes Balears para solamente emborracharse, ensuciar nuestras playas, molestar a sus vecinos de arena, expresarse a grito pelado a altas horas de la madrugada, protagonizar escandalosos mamadings, depositar sus heces y orines en la vía pública, protagonizar peleas tumultuarias, consumir drogas y otros productos psicotrópicos, practicar el absurdo balconing, adquirir productos falsificados en el top manta, jugar como un bobalicón contra la malicia de los trileros, acelerar sus vehículos de alquiler de dos ruedas por los paseos peatonales, hacer imposible la convivencia ciudadana e, incluso, obligar a nuestras fuerzas de seguridad a intervenir contra usted, entonces, señor turista, mejor que no venga.

No venga, quédese en su casa e intente hacer allí lo que hace aquí y a ver qué le pasa.

Es cierto que el turismo de borrachera, drogas, sexo compulsivo, execrable, odioso, sucio y que no queremos es bienvenido en algunos –cada vez menos– establecimientos hoteleros que, no lo duden ustedes, poco a poco y con la intervención de todos conseguiremos cerrar. Eso será así porque así lo desea y lo quiere nuestra sociedad. Y los políticos y las asociaciones sectoriales de la patronal hotelera deberán ya en esta próxima legislatura tomar nota de ello y ser consecuentes.

No le queremos entretener más, señor turista, que seguro está deseoso en este momento de visitar alguna de nuestras playas, pasear por nuestras ciudades y pueblos o disfrutar de los servicios de nuestros muy profesionalizados y altamente cualificados establecimientos de restauración.

Le reiteramos con una amplia sonrisa nuestra bienvenida con los brazos abiertos si usted nos visita para compartir con nosotros todo lo bueno que nosotros podemos ofrecerle. Se lo agradecemos y nos sentimos orgullosos de ello. Pero si usted es un turista al que le importa un bledo venir a las Illes Balears o a Grecia o a Turquía o a dónde sea ya que lo único que le interesa es el alcohol y la juerga tóxica, entonces, señor turista, no venga. No venga porque no le queremos.

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