La prueba del algodón en Palma

Opi Barquero

Conozco personas capaces de entrar en estado de trance en una zapatería, en una tienda de ropa o en un colmado especializado en quesos. A mí me sucede en algunas papelerías. Contemplar la belleza de determinados objetos de escritura me hace perder la noción del tiempo. Nada más traspasar la puerta me paro y me quedo embobado. Al cabo de unos segundos me recupero y comienzo a trazar con la vista un recorrido para tocarlo todo, como un niño repasando los estantes de chuches. Creo que no saco la lengua, pero me froto las manos. Sé que transmito una imagen inquietante, me lo han dicho, por eso trato de ir solo a esos lugares extraños. Buscando uno de ellos en Praga, un tipo me dio un buen susto en la oscuridad de Mala Strana. Y en Kyoto tardé dos horas en encontrar el que que buscaba en el laberinto de callejuelas de Gion, su barrio tradicional. Pero aquellos cuadernos maravillosos de papel de arroz merecieron la caminata. Constituyen un estímulo añadido para intentar no escribir chorradas en unos objetos tan deliciosos.

La papelería más insólita que he visitado en mi vida no se encuentra en el casco antiguo de ninguna ciudad literaria, sino en un antiguo polígono industrial de una urbe conocida por sus playas, sus cantantes millonarios y sus campos de golf. Excepto a los poetas cubanos que huyen del castrismo, Miami atrae tan poco a los escritores que Hemingway se pasó de largo 270 kilómetros, y se fue hasta Key West. Sin embargo, aquel comercio te saludaba al entrar con una máquina de escribir Remington de 1875, un modelo de los que sólo escribían en mayúsculas y no tenían números. A partir de ahí comenzaba una fiesta de estilográficas bien balanceadas, cuadernos con tapas de piel fina y objetos de escritorio inimaginables. Una orgía del buen gusto en mitad del asfalto, muros de ladrillo y naves industriales. Pero algo chocante se intuía en las paredes exteriores de aquella librería, pintadas con figuras de escritores sobre un fondo azul cobalto.

La pintura en bote es barata y abunda, como el aburrimiento y las ganas de molestar. No sucede lo mismo con el talento, que por desgracia se administra con cuenta gotas

Antes de escuchar algunas opiniones sobre arte urbano sin sentir que te están tomando el pelo conviene visitar el barrio de Wynwood en Miami, aunque solo sea paseando con Google. Allí el spray atrajo a los galeristas, y después llegaron las tiendas de moda, los restaurantes y las papelerías fascinantes. En realidad no fue el spray el que obró el milagro, sino el talento de los que emplean el aerosol. La pintura en bote es barata y abunda, como el aburrimiento y las ganas de molestar. No sucede lo mismo con el talento, que por desgracia se administra con cuenta gotas. Pero el evangelio del buen cultureta está plagado de versículos complacientes con cualquier mamarracho con ínfulas de artista. Algunos guardianes de la progresía cultural han puesto tan barato el concepto de transgresión que a un primate con un bote en la mano se le llega a calificar de artista urbano. De aquí a la gamberrada vandálica ya solo hay un paso, y un número indeterminado de imbéciles lo han dado en las calles de Palma bajo la mirada comprensiva de los responsables políticos de la ciudad.

Es molesto reconocer que la naturaleza humana es imperfecta, y hay una parte de la izquierda que presenta ciertas dificultades en comprender este asunto. Piensa que los comportamientos incívicos se detendrán por saturación, o por una cuestión estadística. Están convencidos que llegados a un punto las personas ya no podrán ser más brutas, o más guarras, o más ruidosas. Esperan que la bondad y el sentido común obren el milagro, y empiecen a cumplirse las normas de convivencia. Creen que existen desviaciones sociales que son como el botellón masivo, y terminan por corregirse con la edad. De ahí la aversión al castigo y la renuncia a medidas coercitivas sobre ciertas conductas, como ensuciar las fachadas de comercios y viviendas con el pretexto estúpido del arte urbano.

Es sencillamente asombroso que se pueda multar a alguien porque su perro orine en la calle, pero haya que pasar por alto los grafitis de estos energúmenos

La asociación conservacionista ARCA ha denunciado con acierto la proliferación de pintadas en Palma, y la nula actitud del Ayuntamiento para solucionar un problema que se ha agravado de manera alarmante en los últimos años. Ahora plantean una campaña fotográfica con personajes populares, pero dejan claro que no piden sanciones para los vándalos marranos. Es sencillamente asombroso que se pueda multar a alguien porque su perro orine en la calle, pero haya que pasar por alto los grafitis de estos energúmenos. Ello supone pagar a escote entre todos el coste de su limpieza, para el caso que EMAYA decida cumplir con su objeto social y ponerse de una vez a fregar fachadas.

Todo es sospechoso. Cuando se investiga un delito nos hartamos de ver en Youtube grabaciones de vídeocámaras instaladas en lugares públicos, pero es imposible detectar a un solo rufián del spray. Muchos de ellos dependen de sus familias, pero guardan su impresionante arsenal de aerosoles sin que sus padres se enteren, ni tampoco se sientan amenazados de responder económicamente de los destrozos de sus querubines. Por increíble que parezca, hoy en Mallorca es más fácil localizar a un sujeto que hace meses visitó una web vinculada al Estado Islámico, que a un grafitero que actúa a su bola cada noche. Al parecer era más fácil infiltrarse en ETA que en un grupo de Whatsapp de estos cafres. Ahora el PSIB, claro vencedor de las elecciones municipales en Palma, reclama para sus regidores las principales áreas de gestión diaria de la ciudad. Abandonando los discursos huecos, Jose Hila tiene aquí una oportunidad inmediata para demostrar a qué pretende dedicarse durante su mandato, si a las palabras o a los hechos. El algodón sobre las pintadas vandálicas no engaña.

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