Tres historias interrelacionadas

opinión Javier Mato porno

En este lío del feminismo, hay que cuidar mucho cada palabra porque la histeria es tal que lo que ayer era común, hoy ofende; lo que hasta ahora era práctica corriente, ahora es políticamente incorrecto; lo que considerábamos habitual, de pronto es anatema. Así que, con escafandra y munido de sentido común, procedo a la inmersión en estas aguas traicioneras en las que el prejuicio nos domina, por más que nos quieran convencer de que al fin somos verdaderamente libres.

Un día de esta semana, España alcanzó la víctima número mil de la violencia machista, desde que en 2003 se iniciara el recuento. En algunos medios de comunicación se acompaña esta noticia con un gráfico que desglosa estos crímenes por años, demostrando una caída casi imperceptible en estas dos últimas décadas. Desde luego, nada que ver con los tremendos esfuerzos de concienciación que se están llevando a cabo en este sentido. Por muchas vueltas que le demos, nos queda sobre la mesa la inquietante pregunta de por qué ni el más integral y completo de los planes gubernamentales tiene éxito, siquiera mínimo.

Con este tipo de contenidos estamos educando a “las manadas” del futuro, en referencia al grupo de jóvenes que violó a una chica en los sanfermines de Pamplona

Ese mismo día, en la prensa de Palma se publicaba que, según un estudio de la Universitat de les Illes Balears, uno de cada cuatro chicos se inicia en el consumo del porno antes de los once años. Es de suponer que a partir de esa edad, los otros tres también se suman a algo que hoy ya es una práctica aparentemente casi universal.

También en estos días Andrea Fernández, una diputada socialista, la más joven que accedió a las Cortes en las elecciones del pasado 28 de abril, ha sido protagonista por su anuncio de introducir una regulación restrictiva en el acceso al porno porque, dice, con este tipo de contenidos estamos educando a “las manadas” del futuro, en referencia al grupo de jóvenes que violó a una chica en los sanfermines de Pamplona y que conmocionó a la sociedad española. La diputada fue objeto de toda clase de comentarios despectivos porque ha tocado un asunto que es tabú en este país y en nuestro entorno cultural, el consumo de pornografía y su relación con la violencia machista.

Estas tres noticias en cualquier caso, están relacionadas entre sí. De lo contrario ¿debemos pensar que el consumo masivo de estos contenidos por parte de personas de corta edad carece de toda influencia en las conductas futuras de esos jóvenes? ¿Acceder a edades tan tempranas a representaciones tan humillantes de la mujer es inocuo?

¿Cómo es posible que una canción nos haga tanto daño pero la pornografía, no? ¿Por qué siendo tan avanzados, nuestros intelectuales pasan de puntillas por un fenómeno tan masivo que afectaría a uno de cada cuatro niños de entre ocho y doce años?

Yo creo que podemos discutir cuán masivo es ese consumo, o cuán notable es esa influencia, o cómo se reflejan estas prácticas en las conductas futuras, pero no podemos discutir que estos contenidos crean una visión de la vida, de las relaciones de pareja, de lo que es el ser humano. Y que nada de lo que aportan es positivo.

Observen qué paradoja: nuestra avanzadilla pensante, esos que se arrogan estar en posesión de la verdad, se muestran completamente indignados con que las parejas se regalen flores, con qué celebren el 14 de febrero o con que escuchen ciertos tipos de música romántica, porque todo esto tendría una tremenda implicación en el desarrollo y expansión del machismo. Sin embargo, para ellos no existe ese consumo masivo de porno, donde las mujeres son presentadas muy frecuentemente como sometidas al varón. Y, si existiera, sería tan inocuo que no les justifica su crítica. ¿Cómo es posible que una canción nos haga tanto daño pero la pornografía, no? ¿Por qué siendo tan avanzados, nuestros intelectuales pasan de puntillas por un fenómeno tan masivo que afectaría a uno de cada cuatro niños de entre ocho y doce años? ¿Por prejuicio? ¿Puede ser que una parte tan notable de la intelectualidad de nuestro país quiera deliberadamente engañarse ignorando un fenómeno de estas dimensiones?

Quizás está vanguardia intelectual de nuestra sociedad tenga razón en su intento de acabar con la segregación por sexos en todos los ámbitos posibles porque, supuestamente, eso alimenta estereotipos perniciosos. Sin embargo, ¿cómo casa ese interés con los cánones que se trasmiten a través del porno y que son ignorados? Y, no menos contradictorio y sonrojante, si nuestra sociedad no quiere que subsistan los zoológicos o los espectáculos con animales, aduciendo con razón que estos sufren, ¿debemos mantener el cine pornográfico, cuando todas, absolutamente todas las historias que conocemos del entorno en el que tienen lugar estas producciones nos hablan de horror, vejaciones y humillaciones sin límites? ¿Cómo puede ser más importante la calidad de vida de un toro que la de estas personas, víctimas de mafias explotadoras sometidas al dictado del dinero?

Comprendo lo difícil que debe de ser para parte de esta intelectualidad la idea horrorosa de que posicionarse contra la indignidad humana del porno sea compartir espacio con el franquismo, pero la honestidad intelectual, la verdad, la evidencia, debería hacerles reflexionar: si queremos una sociedad más justa, nuestros jóvenes no pueden ser consumidores masivos de basura. Lo que dice Andrea Fernández es demasiado obvio como para negarlo.

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