De izquierdas, no tontos

Opinión Javier Mato

Si con algo disfrutamos de verdad es con las peleas ajenas. Bastan dos gritos para que una multitud se arremoline a escuchar, sabedora de que ahí van a aparecer todas las verdades que nunca nadie se había atrevido a decir antes, porque cuando la tensión emerge, cuando se pierden los nervios, las verdades que la corrección obligaba a esconder y disimular, se lanzan crudamente a la cara del otro. ¿A quién, exaltado, enfadado y furioso, no se le ha escapado algo que siempre había pensado pero que por diplomacia había venido escondiendo, para hacer la vida más llevadera?

La batalla entre socialistas y podemitas para la formación de gobierno ha sido extremadamente generosa en revelaciones de este tipo, que han permitido deducir con precisión qué pensaban de verdad los protagonistas; si aquello que nos decían que era fundamental, llegados a un momento de tensión, cuando el enfado obliga a la sinceridad, era o no una farsa.

Todo lo que queda guapísimo en un debate, cuando se llega al enfrentamiento, como ha sido el caso, queda situado en su verdadero lugar

Por ejemplo, la pelea reveló que aquello de primero el programa político y después, mucho después si acaso, los cargos, era una pose; lo de las grandes ideas primero y el cálculo interesado más adelante, no tenía sentido; lo de que el interés general está antes que el individual era un puro sueño. Todo lo que queda guapísimo en un debate, cuando se llega al enfrentamiento, como ha sido el caso, queda situado en su verdadero lugar, a veces incluso por detrás del coche oficial, del prestigio del ministerio o del volumen del presupuesto. Todo muy humano, podemos decir en descargo de los dos partidos y de sus dirigentes.

Sin embargo, la verdad más importante que pudimos descubrir en esta pelea de patio de vecinos tuvo que ver con la importancia atribuida a unos ministerios en relación con otros. Los socialistas, que darían sus vidas por la igualdad (“¡bonita, no quieras quitarnos la victoria feminista!”, que diría Carmen Calvo), tuvieron el gesto magnánimo de permitir que esas políticas, trascendentales para la sociedad, se las quedara Podemos. Para ellos, para los socialistas, era más importante Hacienda, por ejemplo, que la mujer, los pobres, los desfavorecidos, los LGBTI, los inmigrantes.

Si para los socialistas la igualdad es la vida, ¡qué les cuento para Podemos! Si uno hubiera debido creer su discurso a pies juntillas, el único ministerio que debería importarles es uno que fuera de la igualdad, porque acabar con las diferencias, con la marginación, con la exclusión, con la no-cohesión y no sé cuántas otras cosas depende de ese ministerio. Yo pensaba que un dirigente de Podemos soñaba todo el tiempo con decretar el fin de la discriminación, con legislar que todos somos iguales, que ya no habrá razones para preferir a unos respecto de los demás. O sea que la oferta socialista de que se queden con este ministerio, debería haber sido el culmen de sus aspiraciones.

Podemos tenía claro que Hacienda es Hacienda y que esto de la igualdad es “un jarrón chino”, un adorno que no sirve para nada, pero que queda bonito

Pero no, a ver si nos vamos a creer que lo que dicen es verdad. Podemos tenía claro que Hacienda es Hacienda y que esto de la igualdad es “un jarrón chino”, un adorno que no sirve para nada, pero que queda bonito. Se lo dijo Adriana Lastra en su turno de respuesta en la sesión de investidura, al tiempo que también ella demostraba que para los socialistas desprenderse de esta competencia era dejar algo que da igual, porque al fin y al cabo a ellos tampoco les importa.

Observen la escena: los dos socios pasándose la igualdad, el feminismo, los LGBTI o los desfavorecidos como dos ladrones torpes se pasan la bomba cuyo reloj avanza hacia el estallido, sin saber qué hacer. Nos habían dicho que la igualdad era lo esencial y, en el fragor de la pelea, apenas es “la caseta del perro” y no “el comedor principal”.

Por supuesto, la igualdad de oportunidades es un asunto de primera importancia en cualquier sociedad democrática. Pero más que un asunto de verdad, es una pose, una actitud que es electoralmente rentable. Es un tema estupendo para que nuestra izquierda demagoga nos entretenga en las campañas electorales, pero cuando llega el momento, no nos vayamos a pensar que son tan tontos de creer aquello que predican. Vamos, que por ellos, como si es el Partido Popular el que se queda con las políticas de igualdad. La mujer y los LGBTI pueden volver otro día, que les da lo mismo. ¡No vamos a comparar esto con Hacienda, con Fomento, con Medio Ambiente! Comer con Florentino o con Patricia Botín es una cosa, ir a la marcha del Orgullo es otra. No nos equivoquemos. Son de izquierdas, no tontos.

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