Europa, para marcharse ya

Mato opinión

Grecia no entró en la Unión Europea por la confluencia entre su economía y la del resto del continente; Grecia entró porque ese país tiene el valor simbólico de ser la cuna de nuestra civilización, especialmente en lo que respecta al desarrollo de la democracia como modo de gobierno. Nadie en su sano juicio en Bruselas se hacía ilusiones sobre las dificultades que supondría hacer converger las prácticas económicas del gobierno de Atenas con las del resto del continente, pero el esfuerzo bien valdría la pena si con ello incorporábamos al país al que le debemos la cultura occidental, un auténtico símbolo de nuestra identidad. Europa aceptaba pagar un precio elevado porque se siente orgullosa de ser el continente en donde el pueblo ostenta el poder. Ese pasado nos pertenece y debería inspirarnos el futuro.

En esto pensaba cuando hace unos días, durante la ceremonia de constitución del nuevo europarlamento elegido el pasado 26 de mayo, un grupo de representantes se ponía de espaldas durante la interpretación del himno de Europa. Después supe que eran británicos que protestaban por las negociaciones del ‘brexit’, pero inicialmente creí que la protesta de los diputados era una forma de reclamar su derecho elemental a elegir a su propio presidente. Porque el día en que se constituía la eurocámara, los diputados no sabían quien les dirigiría, si bien sabían que no dependía de ellos. Ni siquiera David María Sassoli, el periodista socialista italiano que terminaría por ser el presidente, imaginaba durante la sesión de constitución que su nombre estaba sobre la mesa en la que se repartía el poder.

parece elemental que un parlamento representa a sus votantes y que la cámara de Estrasburgo vendría a ser la sede y la voz de la soberanía del continente

De los griegos aprendimos algo tan básico como que el poder reside en el pueblo, en la gente. Que el soberano es el ciudadano. Que de ellos surge el encargo de gobernar. Por eso, parece elemental que un parlamento representa a sus votantes y que la cámara de Estrasburgo vendría a ser la sede y la voz de la soberanía del continente. Nada menos.

Yo me equivocaba: el europarlamento no solo no eligió a su presidente sino que, encima, ni siquiera protestó. Era más importante ponerse de espaldas por el ‘brexit’ que por el ninguneo a la cámara.

El europarlamento, como todo el mundo sabe, tiene por misión ratificar lo que acuerdan los líderes de Francia y de Alemania

Si quienes ostentan realmente el poder en Europa no han permitido que la eurocámara vote libremente a su propio presidente, imaginen qué papel tiene en la designación del gobierno comunitario. Dado que la cámara representa a los ciudadanos, constatando que su papel en la elección del poder ejecutivo europeo es cero, podemos concluir que, efectivamente, los europeos no pintamos nada en Europa. Que esto no es una democracia. Literalmente. Siempre nos queda sabernos herederos de la historia griega que no sabemos respetar.

El espectacular déficit democrático europeo ya era conocido. El europarlamento, como todo el mundo sabe, tiene por misión ratificar lo que acuerdan los líderes de Francia y de Alemania. Incluso jurídicamente, el poder verdadero reside en el Consejo Europeo más que en la cámara, a la que se le permite alguna participación en la legislación, siempre bloqueable por los estados. Sin embargo, pocas veces se había escenificado ese ninguneo de forma tan abierta, incluso provocadora. Hasta el propio Jean Claude Junker, parte del sainete como el que más, ha tenido que reconocer que las cosas se podían haber hecho mejor.

Aquí, en la Europa contemporánea, las grandes decisiones se negocian en torno a un buen filete de ternera por parte de dos personas: el presidente francés y el canciller alemán

La historia del reparto del poder en la Europa de los próximos cinco años –la Comisión Europea, el Banco Central independiente, la presidencia del parlamento y el Alto Comisionado para Asuntos Exteriores– avergonzaría a Grecia. De regreso de la cumbre del G20 en Osaka, Macron y Merkel tenían su propuesta cerrada, a espaldas de todo el mundo: un tal Timmermans sería el presidente de la Comisión. Da igual que nadie haya oído jamás qué programa político tenía, da igual que perteneciera al segundo partido más votado de la Cámara y no al primero: era la decisión de Macron y Merkel y bastaba. Pero a Hungría y Polonia, al frente de un grupo de países llamados “grupo de Visegrado”, esto no les pareció bien y bloquearon el nombramiento. Así que dos días después las dos únicas personas que tienen poder en Europa decidieron cambiar su propuesta, negociada discretamente con quienes se oponían. Y de ahí sale el Gobierno institucional que finalmente tendrá Europa en este mandato: sin ninguna transparencia, sin ninguna relación con la voluntad popular, sin participación alguna del parlamento, estrictamente de espaldas a los ciudadanos.

Europa no es un continente democrático. En nuestro continente, Úrsula von Der Leyen, la futura presidenta de la Comisión Europea, no ha tenido que persuadir a los ciudadanos para que la apoyen, ni siquiera a los de su Alemania natal; en la Europa de hoy, Der Leyen no ha necesitado de un programa electoral, ni de ideas, ni de proyectos. No conocemos su cara. No ha hablado. Ni tuiteado. En esta Europa no hay debate programático. Aquí, en la Europa contemporánea, las grandes decisiones se negocian en torno a un buen filete de ternera por parte de dos personas: el presidente francés y el canciller alemán, en estos momentos una mujer. El resto sobramos. Incluso nuestro pobre presidente en funciones. Y nuestros parlamentarios, sin funciones. A manteles es donde se decide nada menos que la ideología que ha de tener la presidenta del Banco Central Europeo, clave para definir el funcionamiento de la economía. En el colmo del cinismo, para satisfacer a las izquierdas desnortadas, se les concede que esas políticas no debatidas, impuestas desde un restaurante, las aplique una mujer. ¡Pero qué gesto!

Todo se desenvuelve en secreto, se publica una mañana en la prensa, se da por hecho mientras nosotros estamos entretenidos con el fútbol

La superioridad moral de los Tusk, Junkers, Merkel, Macron, Timmermans o Tajani es tal que se atreven a criticar a Donald Trump quien sí ha pasado por las urnas, quien sí ha sido votado por los americanos. Efectivamente, Trump es un mentiroso, pero al menos ha engañado a un continente, lo cual tiene su mérito. En Europa ni siquiera llegamos a esto. Todo se desenvuelve en secreto, se publica una mañana en la prensa, se da por hecho mientras nosotros estamos entretenidos con el fútbol. Nos dejan discutir si en un municipio habrá subvenciones al alquiler, pero la dirección del Banco Central de Europa nos la sustraen.

Hay un síntoma aún más alarmante de la degradación de la Europa contemporánea: efectivamente, es grave que nuestros gobernantes continentales sean elegidos sin transparencia alguna, siguiendo designios no democráticos, pero problamente sea aún peor que nadie haya alzado la voz para exigir el final de estas prácticas, para recordar que los ciudadanos deberían contar para algo. Los doce mil euros mensuales que gana un parlamentario me parecen pocos para explicar un silencio tan vergonzoso. Ser ninguneado es triste, hacerlo en silencio lo es más, y que esto ocurra en la tierra que descubrió la democracia es para perder toda esperanza.

Visto así, y yo no conozco otra manera de verlo, me parece normal que alguien se ponga de espaldas pidiendo poder marcharse ya.

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