Intentar la luna

Barquero Luna

La mayoría de personas que practican deportes de larga duración la han sufrido alguna vez. Una hipoglucemia, la famosa “pájara”, es una bajada brusca de glucógeno en hígado y músculos provocada por una hidratación insuficiente y un déficit de carbohidratos. Es típica en el maratón y en el ciclismo. Después de años haciendo ejercicio físico yo solo la había sufrido en dos ocasiones: la primera, corriendo por el Paseo Marítimo de Palma una mañana de calor sofocante. La segunda, otro día de verano dando pedales por la Tramuntana. Se dispara el ritmo cardíaco, los músculos se convierten en plastilina y sobreviene un leve mareo. La solución en la mayoría de casos pasa por un breve descanso hasta que bajan las pulsaciones, y reponer líquidos y azúcares. Este tratamiento, tan sencillo de aplicar allí donde el ser humano controla la naturaleza o hay un bar cercano, se complica si te ocurre a casi 6000 metros de altitud en una ladera de nieve y hielo.

El Huascarán, en la Cordillera Blanca del Perú, es la cuarta montaña más alta del continente americano y una de las más espectaculares de los Andes. Su famosa “Canaleta” entre el campo 1 el 2 es el paso más comprometido de la ascensión, un embudo empinado que hay que superar bajo la mirada amenazante de enormes seracs suspendidos milagrosamente en el aire. Esos bloques de hielo fragmentado tienen la mala costumbre de no avisar cuando se van a desprender, pero la lógica y la estadística advierten que la mayoría de roturas se producen en las horas centrales del día, cuando el sol aprieta, la temperatura sube y el hielo se derrite. Así que esas zonas en la alta montaña siempre se intentan atravesar de madrugada, soportando un frío intenso que hace de pegamento, rezando el que cree en Dios y, sobre todo, rápido, todo lo rápido que uno pueda. Esa prisa por salir me hizo cometer el error de no ingerir líquidos ni alimentos antes de comenzar el esfuerzo. La última comida había sido once horas antes, demasiadas para una organismo normal como el mío.

Escalamos la “Canaleta” a un ritmo muy fuerte. En menos de dos horas habíamos atravesado la parte más crítica. Creo que hasta sonreí al mirar hacia abajo el patio de vértigo y los seracs que abandonábamos. Pero entonces, en el tramo final de la jornada, me esperaba el “muro” físico, el famoso “hombre del mazo” que me golpeó a sabiendas que allí no encontraría un bar para descansar y pedir un aquarius de limón. Caminar mareado y sin fuerzas con crampones y varios kilos a la espalda no es una situación recomendable en ninguna montaña, sea o no peligrosa como el Huascarán. Un mal paso y el problema puede ser grave. Detenerse allí donde escasea el oxígeno por la altitud no rebaja demasiado los latidos del corazón, y aunque así fuera tampoco lo puedes hacer por el riesgo de hipotermia. La última hora ascendiendo hasta el campo 2 me pareció un día. Llegué a la tienda completamente vacío, desfallecido como nunca me había sentido en una montaña.

Y entonces hice algo terrible, aunque inevitable: pensar.

Tenía por delante poco más de doce horas para descansar y reponerme, hasta la medianoche que debíamos partir para intentar hacer cima. Me metí en el saco pero no conseguí dormir ni cinco minutos porque los latidos acelerados de mi corazón me despertaban. Y entonces hice algo terrible, aunque inevitable, tumbado boca arriba en un minúsculo habitáculo que en esas condiciones de frío y fatiga te parece un ataúd amplio: pensar.

Primero pensé en mi cuerpo, en cómo reponerlo, en beber y en comer a pesar de la falta de apetito por culpa de la altitud. Pensé en el esfuerzo tremendo que me esperaba en unas horas, en los 800 metros de desnivel que debía salvar, y en las nevadas que habían caído en las dos últimas noches. Avanzar en altura sobre nieve fresca, sin huella previa, es algo penoso y agotador. La bota se hunde y retrocede, y a cada paso se multiplica el esfuerzo necesario para moverte. Psicológicamente es demoledor imaginar una ascensión así en mitad de la noche, con tu organismo desfallecido en ese momento. Pensé también en todas las expediciones que nos habíamos cruzado renunciando a la cima. La cabeza imponía un mandato claro: esta vez no iba a ser posible, y no sería ningún drama.

Luego pensé en la muerte. Así, de golpe. Pero no en abstracto, sino en el hecho concreto, tangible, físicamente cercano de no volver a respirar nunca más. Al llegar al campo 2 nos habían informado del hallazgo de los cuerpos de los dos escaladores argentinos fallecidos dos días antes en el Nevado Caraz, una montaña visible desde el Huascarán, a escasos kilómetros de donde nos encontrábamos. Dos tipos fuertes y experimentados, mucho más que yo, se habían precipitado al vacío al fallarles el anclaje con una estaca de nieve. Me sentía débil, y nunca había tenido ante mi un primer plano tan nítido de la muerte. Pensé en mi físico, en mi edad, y en la vida que me debería quedar por vivir.

Pensé en mis padres, sobre todo en mi madre, que siempre cree que estoy “de excursión”. Me sentí aún más débil.

Faltaban muchas horas para la medianoche, y aquel era un mal camino para soportarlas. Así que cambié el registro mental. Giré levemente mi cabeza hacia la izquierda y vi la mano de mi hija sobre mi hombro, de la manera en que la deja caer, siempre igual, cuando se queda dormida a mi lado en el sofá. Y pensé en mis padres, sobre todo en mi madre, que siempre cree que estoy “de excursión”. Me sentí aún más débil.

Entonces moví de nuevo la cabeza y pensé en mi Rioja favorito, y en el tacto y el olor de unas sabanas recién cambiadas. Pensé en un chorro de agua caliente cayendo sobre mi cabeza,  recordé el olor a café recién hecho y el vozarrón de Van Morrison retumbando en el salón de mi casa un sábado por la mañana. Y pensé en el sexo bueno, algo tan alejado de aquellas alturas. Aquello me alegró un poco, y así fue pasando el día más largo de mi vida, pero había que llegar a alguna conclusión.

Primero pensé en no salir de la tienda hacia la cima, porque nadie me obligaba ni tenía nada que demostrar. Luego intuí que, conociéndome, aquella renuncia más tarde me haría sentir mal. Así que lo mejor sería comenzar a subir, y al notar el primer cansancio dar la vuelta, sin más explicaciones. No debía estar muy convencido de esa decisión, porque al escuchar la alarma de mi reloj a las once de la noche permanecí quieto dentro del saco diez minutos más, como un niño que no quiere ir al colegio, algo que jamás me había sucedido antes de atacar una cumbre. Salí de la tienda refunfuñando, como si tuviera que quitarme un peso de encima, y tan tenso que hasta me costó colocarme los crampones.

Esta fue la valiosa lección de vida del Huascarán: nunca rendirse antes de empezar.

Cinco horas y cuarenta minutos después me abrazaba a Darwin, el guía que me acompañaba, en la cima del Huascarán, con una sensación de control sobre mi cuerpo y mi mente como jamás había sentido. Era aún de noche, y tuvimos que esperar unos minutos moviéndonos para ver amanecer. El momento de irrumpir en la amplia loma de la cumbre tuvo algo de onírico, por la hora y por la luz que se esparcía por aquella nieve virgen. Y entonces me vino la imagen a la cabeza. Ayer se cumplieron cincuenta años de la llegada del hombre a la Luna, y cuatro días antes Darwin y yo parecíamos Armstrong y Aldrin dando saltitos por la superficie lunar. Ahora me parece reveladora esa asociación de hechos, porque en 2013 un equipo de investigadores australianos y alemanes establecieron que la cima del Huascarán es el punto de la superficie terrestre con la menor fuerza de atracción gravitacional. Me sentí flotando de felicidad, literalmente.

No existe un límite preciso entre el placer interior que provoca una belleza como aquella, con el sol irrumpiendo sobre las nubes a nuestros pies, y el sentimiento de gratitud y fragilidad que se experimenta al permanecer, aunque sean unos segundos, frente a un espectáculo tan grandioso. Debe ser que esa altura inhumana me afloja las defensas, y el lagrimal. Me entraron ganas de llorar por dos motivos: el primero, la maravilla natural que se mostraba ante mis ojos. El segundo y más poderoso, que había estado a punto de renunciar a aquel regalo, tan cerca, sin ni siquiera intentarlo. Esta fue la valiosa lección de vida del Huascarán: nunca rendirse antes de empezar.

 

 

 

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