Uno a uno, somos mortales. Juntos somos eternos

voluntarios sant llorenç

La sociedad del siglo XXI ha perdido los valores seculares propios del humanismo. El egoísmo, el consumismo, la frivolidad, el materialismo, la tecnificación y, también, el vulgar y soez pasotismo forman ya parte inseparable de la actual convivencia entre las personas, la cual –evidentemente y por todo ello– no deberíamos denominar como ‘convivencia’.

El ‘sálvese quien pueda’ y el ‘qué hay de lo mío’ son consustanciales a nuestro presente modo de vida. Las parejas son eventuales, las familias se disgregan, los amigos son esporádicos, los colectivos se desgajan continuamente en subgrupos enfrentados y la sociedad civil se ha convertido en una desvaída sombra de lo que debería ser y fue en el pasado.

Hemos llegado al absurdo de legislar para obligar a las personas jóvenes y físicamente recias a ceder el asiento en los transportes públicos a los ancianos, ciudadanos con discapacidades físicas y a las mujeres embarazadas. Una anécdota ésta en un océano de despropósitos, sí. Pero también un ejemplo de nuestra tóxica realidad.

Con el advenimiento de los medios de comunicación de masas y las redes sociales, las catástrofes y las desgracias, ya sean colectivas o particulares, han dejado de ser hechos lejanos y ajenos para ahora golpearnos inmisericordes en nuestro devenir cotidiano. Una matanza terrorista en Londres es una tragedia que compartimos. Un terremoto en Japón estremece nuestra compasión. Un huracán en el Caribe nos impele a compararnos con los más débiles de nuestra sociedad. Vivimos cómodamente instalados en la Europa postmoderna y democrática, lejana ya a las guerras finiseculares y fratricidas que la desangraban, cobijados bajo leyes y constituciones basadas en todas las declaraciones internacionales habidas y por haber que ensalzan y –mucho mejor aún– defienden eficazmente los derechos humanos.

Todas estas realidades se subliman, además, en nuestra pequeña y aislada comunidad balear. La posición geográfica nos ha apartado de los grandes flujos reivindicativos y revolucionarios españoles y europeos. Dentro de la convulsa historia pasada, las Illes Balears –pese a los capítulos evidentes y constatables de odios fraternos y represión ideológica– han vivido en un cierto oasis social.

Por ello, los ciudadanos baleares se han convertido en un colectivo poco reivindicativo, incluso acomodaticio, alejado de las bravuconadas y los bullicios, amorfo y complaciente. Aquello que claramente define el aforismo “permanecer detrás de la roca”, sin arriesgarse y esperando a que escampe la tormenta.

Hace ahora un año algo de todo eso cambió. Y lo hizo para bien. La torrentada asesina que arrasó el Llevant de Mallorca la tarde noche del 9 de octubre de 2018 provocó otra oleada. Y no de agua, barro, ramas, piedras, coches, maderas y basuras. Una oleada de solidaridad.

Tras el fogonazo de las primeras y dantescas noticias, una vez constatados los enormes daños producidos por la tempestad, miles de mallorquinas y mallorquines salieron de sus casas para dirigirse a Artà, Son Servera, Manacor, Capdepera y, por encima de todo, al pueblo mártir de Sant Llorenç des Cardassar. Pertrechados con cubos, palas y escobas, se abalanzaron sobre el barro y la podredumbre con un solo objetivo: ayudar a los damnificados. Y después de horas intensas de ardua lucha, vencieron en su batalla.

Los voluntarios solidarios no buscaron, como algunos otros, la fotografía propagandística. No pidieron ningún tipo de compensación. Ni siquiera un bocadillo o un trago de agua. No reclamaron en su momento, ni lo hacen ahora, ningún reconocimiento oficial. Simplemente agradecieron, y aún agradecen, la sonrisa y el fraterno y sincero ‘gracias’ de las miles de víctimas de la torrentada. Ellos, los voluntarios solidarios, sin la intervención de ninguna institución política, se movilizaron de forma espontánea. Como espontáneo fue su ofrecimiento íntegro a las víctimas.

La torrentada del Llevant de Mallorca, un año después, nos ha dejado un poso: la constatación de que los mallorquines no siempre nos quedamos escondidos ‘detrás de la roca’ a la espera de que escampe. También, a veces, somos capaces de dar un paso adelante y mostrar lo mejor de todos nosotros como pueblo y como sociedad. Eso sí, a veces.

Doce meses después, con el barro de las botas ya seco y convertido en polvo, solamente nos queda agradecernos a nosotros mismos, a los mallorquines y mallorquinas, lo que hicieron los voluntarios hace ahora solo un año en el Llevant arrasado. Una muestra fehaciente de que lo extraordinario también es posible en nuestra isla. De que los mallorquines y mallorquinas sabemos ser solidarios. Aunque a veces no lo parezca.

En estos tiempos convulsos y ácidos de desacuerdos políticos, nada mejor que elevar la mirada desde el egoísmo de los que son incapaces de pactar nada para entender que sumar es siempre mejor que restar. Y multiplicar infinitamente más provechoso que dividir.

“Uno a uno, somos mortales. Todos juntos somos eternos”, dijo hace dos mil años el filósofo y escritor romano Lucio Apuleyo de Madaura. Hace solo un año lo dijo y agradeció la sociedad mallorquina. Hoy, un año después, también lo hacemos nosotros.

 

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