El pacto de los Pimpinela

carta a Pablo Iglesias Pedro Sanchez

Señor Pedro Sánchez y señor Pablo Iglesias:

Si no fuera histriónico e, incluso, ridículo, nos sonreiríamos ante el proyecto de pacto que ustedes dos nos acaban de presentar y a través del cual ahora sí –ahora sí– nos prometen que juntos gobernarán España.

Si no fuera histriónico e, incluso, ridículo –ante el espectáculo que nos han ofrecido con sus carantoñas y abrazos cómplices– recordaríamos las melindrosas canciones con las que el Dúo Pimpinela nos han estado empalagando desde los escenarios y las emisoras de radio.

Señor Sánchez y señor Iglesias:

Lean y, si son capaces y saben, entonen la melodía del siguiente diálogo:

 

-¿Quién es?

-Soy yo.

-¿Qué vienes a buscar?

-A ti.

-Ya es tarde.

-¿Por qué?

-Porque ahora soy yo el que quiere estar sin ti. Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara y mi casa. Vete, olvida que existo, que me conociste. Olvídate de todo, que para eso tú tienes experiencia.

“Olvídate de todo que para esto tú tienes experiencia”. Este es un extracto de la canción ‘Olvídame’ de los pimpinelas. Si no fuera histriónico e, incluso, ridículo parecería el acta fidedigna de cualquiera de las conversaciones que mantuvieron ustedes entre los pasados 28 de abril y 10 de noviembre. Entre las dos elecciones generales y mientras nos hacían perder el tiempo al resto de los españoles.

Conversaciones estas durante siete meses en las que buscaron los desencuentros antes que las convergencias. En las que se descalificaron mutuamente de forma barriobajera, soez y procaz. Conversaciones que nos producían sonrojo y vergüenza ajena cuando, después de ellas, les oíamos a ustedes dirigirse despectivamente el uno contra el otro a través de los medios de comunicación.

“El populismo de Podemos nos llevará a ser como la Venezuela de Chávez, con sus cartillas de racionamiento”. “No podría dormir tranquilo con Pablo Iglesias en el Consejo de Ministros”. “En asuntos de Estado, hay discrepancias de fondo con Unidas Podemos”. “No puedo gobernar con alguien como Iglesias que no defiende la democracia”. Esto no lo han dicho ni Pablo Casado, ni Santiago Abascal. No. Esto lo ha dicho usted, señor Sánchez. Usted y está todo, absolutamente todo, registrado en las hemerotecas y al alcance de los españoles simplemente tecleándolo en Google.

Y usted, señor Iglesias, tampoco se ha comportado en estos meses pasados precisamente como una monja ursulina. Todo ello para vergüenza ajena de los ciudadanos españoles y directa de su propio partido genuflexo, de usted mismo y de su señora esposa. Desde la piscina y la caseta del jardín de Galapagar, también se ha cubierto de gloria, por no decir de otros elementos propios de las deyecciones de la fisiología animal.

“Pedro Sánchez me mintió. Fue un error grave confiar en su palabra”. “Alucino al oír las cosas raras que propone Sánchez para Cataluña”. “Mi olfato me dice que Sánchez quiere realmente pactar con el PP”. “Hay un hecho diferencial que bloquea el pacto entre el PSOE y Unidas Podemos: Pedro Sánchez”. Efectivamente, señor Iglesias: todas estas perlas dialécticas han surgido de su boquita en los últimos meses.

Insistimos. Si no fuera histriónico e, incluso, ridículo diríamos que la imagen del abrazo de ustedes dos en el Comedor de Gala del Congreso de los Diputados después de anunciarnos su pacto, acompañado el gesto de caídas de párpados y ojitos de corderillos degollados, es realmente el abrazo de los Pimpinelas.

-Termina la farsa. Eres un mal actor. Hasta para irte te falta valor.

-Te quieres escapar, falso amante ardiente.

-Te sientes valiente porque a tus amigos les cuentas historias que ni tú te crees.

 

Señores Sánchez e Iglesias, Dúo Pimpinela de la política española:

Lo leen ustedes en esta Carta a… de CANAL4 en una nueva transcripción de otra de las canciones de los pimpinelas, la titulada ‘Valiente’: farsa, mal actor, falta de valor, te quieres escapar (de tus propias responsabilidades) y, para finiquitar: “Te sientes valiente porque a tus amigos les cuentas historias que ni tú te las crees”. Cuentas historias que ni tú mismo te las crees.

La realidad social y política española no está, evidentemente, para canciones de sainete. Los graves problemas que nos atenazan necesitan de políticos valientes que los afronten con presteza e inteligencia. El paso corto tacticista de ustedes no nos ayudará a apagar los fuegos que nos abrasan. Las sonrisillas sobrevenidas no nos impulsarán para sobrepasar con éxito los profundos abismos que nos rodean.

Después de haberles oído y, sobre todo, escuchado con atención durante semanas, despreciándose el uno al otro sin misericordia ni contención, ahora nos tenemos que tragar –sí señores: tragar– un pacto de ahogados en busca de un tablón que les salve de las profundidades abismales a las que se han autocondenado ustedes mismos con sus políticas mentirosas.

Podrán ponerles todos los lacitos de colores que ustedes quieran –y puedan– a este pacto de desesperados. Pero no podrán obviar que debajo de la tinta negra de las letras y detrás del blanco del papel está la acidez y la desvergüenza de los insultos y los desprecios proferidos de forma inmisericorde entre ustedes dos.

A esto que hacen ustedes ahora se le llama hipocresía. Y los españoles no nos merecemos unos gobernantes hipócritas que esconden sus vergüenzas debajo de las alfombras de La Moncloa para mantenerse bien agarrados a sus poltronas.

Señor Sánchez y señor Iglesias:

Son ustedes como los cantantes del Dúo Pimpinela, que representan un papel falso para engatusar a sus espectadores. Pero España no es un escenario de vodevil ni los españoles unos bobalicones desnortados.

Quizás ustedes consigan cerrar su pacto y, durante un tiempo, escenificar una sintonía espuria. Quizás. Pero la realidad verdadera es que los españoles, hayan votado al partido que hayan votado –incluso al de ustedes mismos–, veremos en ustedes a dos hipócritas mentirosos. Y eso, señores Sánchez e Iglesias, los españoles no nos lo merecemos.

P.S.

No podemos concluir esta Carta a… de CANAL4 sin recordar que, además de la gravedad evidente de todo lo anteriormente expuesto, hemos asistido en estas pasadas elecciones generales españolas a la más impresionante autodestrucción de un partido. Un suicidio protagonizado por su propio máximo dirigente y el grupo de palmeros que le reían las ocurrencias.

Albert Rivera, impelido por su egocentrismo tóxico, ha derruido todo un edificio –el partido Ciudadanos– asentado sobre los fundamentos del centrismo y la equidistancia entre los bloques ideológicos. El centro político, una vez más en España, ha muerto prácticamente antes de nacer su último intento de regeneración. Y Albert Rivera ha sido la gangrena que lo ha carcomido hasta su práctica defunción.

Ahora habrá que ver si todos aquellos que se traicionaron a sí mismos y a sus votantes y seguidores seguirán cavando la fosa de Ciudadanos. Es imposible salvar a un moribundo si la medicina que le suministras es la misma que le ha llevado a las puertas del cementerio. Advertidos quedan, pues, los que creen que pueden resucitar a esta difunto.

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