La reina roja denunciada por sus propios trabajadores

Carta a Irene Montero

Señora Irene María Montero Gil, máxima dirigente consorte del partido Podemos:

Los que aún conservamos un ápice de nuestra memoria histórica recordamos los avatares protagonizados en la Rumanía comunista por el matrimonio Ceaucescu, Nicolae y Elena. Seguramente usted preferirá no hacerlo. No nos extraña en absoluto dada la similitud cada vez más palmaria entre su propio comportamiento personal –el de usted misma y el de su muy cercano compañero marital Pablo Iglesias– con el que, en su momento, desarrollaron esta tiránica pareja de dictadores.

Nicolae y Elena Ceaucescu sojuzgaron a sus compatriotas y esquilmaron a su propio país durante décadas. Tras la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de las dictaduras comunistas de la Europa del Este, fueron derrocados, juzgados y condenados. Hasta ahí, un oscuro capítulo más de la reciente historia del Viejo Continente, afortunadamente periclitada.

El devenir de Nicolae y Elena Ceaucescu nos aporta, sin embargo, dos realidades palmarias que nos aproximan a su propia trayectoria personal: la decapitación inmisericorde de los díscolos y, también, la tóxica hipocresía.

LA DECAPITACIÓN DE LOS DÍSCOLOS

Todos los desmanes que perpetraron los Ceaucescu los cometieron de forma alícuota, en pareja, como un matrimonio muy bien avenido, en plena sintonía, como dos monarcas feudales en una sociedad sometida a la esclavitud o, cuanto menos, a la servidumbre. Es un caso más del tantas veces repetido y padecido axioma tiránico del “aquí mando yo y, si no te gusta lo que hago, te castigo y lo pagarás”. ¿Le suena esto, señora Montero?

Si no es así, si no le suena o no lo quiere recordar, le ayudamos. Lea aquí y ahora la lista de algunos –algunos– nombres de personas que han sido laminadas en su partido –Podemos– por usted misma y su compañero Pablo Iglesias por no aplaudirles a ustedes dos sus ocurrencias personales: Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Rita Maestre, Luis Alegre… y, en Baleares, Laura Camargo, Xelo Huertas y Montserrat Seijas, entre muchos otros.

Como los sátrapas de la Rumanía comunista, usted ha contribuido personal y conscientemente a convertir su partido Podemos en el redil en el que solamente pueden pastar aquellos que balan afirmativamente a sus estrategias y tácticas políticas. No nos negará, señora Montero, que el paralelismo entre usted y Elena Ceaucescu adquiere cada vez más similitudes.

LA HIPOCRESÍA

Pero eso no es todo. No. Si ya de por sí es execrable, desde un punto de vista democrático, el destruir el buen nombre de los que leal y legítimamente se oponen, es si cabe aún peor el construir una vida completa sobre los débiles cimientos de la hipocresía.

Usted y su compañero Iglesias ya nos han dado a conocer cuál es la vara de medir que utilizan para calibrar su ética política al trasladarse con armas y bagajes a su casa solariega de Galapagar. Nada hay que objetar a que cada uno de nosotros conquistemos lícitamente nuestros deseos más íntimos y personales. Pero no es de recibo ante los medios de comunicación, en las tribunas de las instituciones, en los púlpitos de los mítines electorales y en los círculos morados pontificar una cosa y hacer absolutamente la contraria. Y eso es lo que han hecho usted y su compañero Iglesias: decir una cosa y hacer otra absolutamente contraria. A eso, en castellano, se le define como hipocresía.

Si usted quiere vivir en una chalet con piscina, jardín, caseta para los invitados, calefacción radiante, mármol en los baños, huerto personal, criados, nanys para sus hijos y toda la demás parafernalia pequeñoburguesa, está usted en todo su derecho de hacerlo. Faltaría más. Pero lo que no es de recibo es proclamar que todo lo que representa eso –el chalet y sus múltiples complementos– es una muestra de la acumulación del capital de los poderosos sobre los derechos sociales de los débiles y, después, ustedes dos hacer exactamente eso mismo: convertirse en aquello que dicen hipócritamente repudiar y combatir.

Por si todo eso no fuera ya de por sí suficiente para valorar de forma tajante la nula credibilidad de sus palabras, ahora descubrimos que, además, es usted, señora Montero, una jefa que abusa de sus empleados. Agárrese que vienen curvas.

Una mujer que ejercía las funciones de escolta de usted y de su compañero Pablo Iglesias, contratada laboralmente por Podemos, les ha denunciado ante los juzgados por obligarla a realizar trabajos no apropiados al contrato que habían formalizado. ¿Cómo denominaría usted a este proceder, señora Montero? ¿Abuso, atropello, exceso, desafuero, descaro, despotismo, opresión, injusticia… o todos juntos?

Demanda Montero PodemosLa denuncia presentada por la trabajadora despedida y aceptada por el Juzgado de lo Social número 3 de Madrid, que le adjuntamos a esta carta por si la quiere repasar, no tiene desperdicio:

Obligaba usted a una persona especializada en proteger a altos cargos y personalidades (objeto del contrato laboral) a hacerle la compra de productos de parafarmacia y droguería de determinadas marcas para sus bebés en determinados establecimientos, hacerle también compras personales de alimentación en supermercados, comprarle y llevarle la cena fuera del horario laboral establecido y comprarle la comida de los perros del chalet de Galapagar. ¡De traca!

Pero eso no es todo. La denunciante añade –y nosotros no podemos más que sonrojarnos– que usted a su escolta le hacía llegar a su trabajo antes del horario legalmente establecido para que, textualmente, “el habitáculo del coche estuviera caliente”. Ojipláticos nos quedamos.

Seguimos leyendo en el texto aceptado por el juez de lo social de Madrid que, además, la escolta era obligada a hacer de chófer personal de su empleada de hogar y de la niñera de sus hijos, de familiares de usted invitados a su domicilio e, incluso, debía hacer recados llevando enseres y productos desde su propio domicilio de Galapagar a casas de otros familiares. Vamos, que obligaba a la escolta a hacer recados.

Concluimos la lista de obligaciones fuera del contrato que usted, señora Montero, imponía a su escolta con tres denuncias que, de verdad, nos producen auténtico sonrojo: su escolta se vio obligada a gestionar obras en una de sus propiedades, a realizar tareas de mantenimiento “en varias propiedades” y, también, en “vehículos personales”.

En resumen, que usted obligó a una trabajadora especializada en protección personal y contratada específicamente para eso a ser, simple y llanamente, su criada para todo. La criada para todo de Irene Montero y de Pablo Iglesias.

Poco nos queda por añadir a esta Carta, señora Montero. Serán los tribunales los que, finalmente, juzguen y decidan qué hacer con usted después de todo lo anteriormente reseñado. Pero lo cierto es que, una vez más, nos ha demostrado que tanto usted misma como su compañero marital, el señor Iglesias, dicen una cosa y, realmente, hacen otra completamente diferente. Y eso, en castellano, se denomina ser unos auténticos hipócritas.

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