Trabajad, trabajad, malditos

Chema Sánchez opinión

Debo confesar que nunca he sido un gran aficionado de los reality shows, y más si estos están protagonizados por niños. Digo esto, porque al inicio de estas fiestas, vi por unos minutos el comienzo de la séptima edición de Masterchef Celebrity, un concurso en el que un grupo de niñas y niños de entre 8 y 12 años compiten por demostrar sus dotes culinarias. Durante esos minutos en los que presencié el programa, algunos de los concursantes se presentaban con un lenguaje, al que podríamos definir, cuanto menos de llamativo.

Sus palabras, sus gestos, incluso la descripción de su propia vida como niños, parecían más bien la representación de un personaje adulto. La inocencia o la improvisación que tan bien caracteriza a los más pequeños, quedaban sepultadas en nada gracias a esa necesidad de control y esa pedantería que muchos de esos chicos demostraban ante la cámara. Reconozco que sentí una mezcla de miedo y de lástima ante alguno de aquellos niños, ya que veía que estaban desperdiciando demasiado pronto la época más bonita de la vida, que es la infancia.

Vivimos en un mundo en el que los niños son cada vez más precoces, e intentan asemejarse a los adultos de la forma más inmediata posible. Cosa que no es de extrañar,  si tenemos que en cuenta que más del 90% de los padres prefieren regalar juguetes didácticos (y no lúdicos) a sus hijos, para así desarrollar cuanto antes su inteligencia. Juguetes que en muchos casos van dirigidos a niños que deberían de tener una edad superior, lo que hace que muchos de esos juguetes se desvíen del principal propósito por el que son regalados, y de este modo se conviertan en un instrumento más con el que los niños aumenten su competitividad de cara a la vida adulta. Algo sumamente peligroso según multitud de sociólogos y pedagogos, que recomiendan no quemar etapas de nuestra vida, tanto por razones de seguridad como por la necesidad de no coartar el aprendizaje natural de los más pequeños, y así no generarles ningún tipo de frustración.

Sin embargo, esta creciente tendencia de obsequiar a los hijos con tareas y nociones que poco tienen que ver con la niñez, tienen bastante lógica si analizamos algunos de los puntos clave en los que se basa nuestra sociedad actual. Como bien dice el filósofo y pensador Byung-Chul Han, a lo largo de este siglo XXI, hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad de rendimiento, en la que el exceso de trabajo se agudiza ya que ahora es posible trabajar en todas partes y a cada momento, gracias a las nuevas tecnologías. Este hecho produce una sociedad enferma gracias al imperativo del rendimiento, provocando así un gran número de frustraciones y depresiones ante la competencia feroz que desata este neoliberalismo salvaje en el que vivimos.

Por desgracia, este imperativo del rendimiento ya no solo afecta a los adultos, ya que también algunos niños se ven arrastrados por esta necesidad de perfeccionarse constantemente a través de la autoexplotación. Niños que cada vez se divierten menos, y que apenas conocen el significado de la palabra aburrirse. No hay duda de que este ambiente de competencia tan despiadado que existe en la actualidad, está bastante relacionado con la fuerza que actualmente tiene el capitalismo, que ha visto reforzado su poder gracias al avance de la tecnología. Esperemos que el mundo que nos aguarda en el futuro construya una educación que premie la cooperación, el cuidado y la compasión por encima de esta competencia inhumana en la que nos han metido el capitalismo y su aliado inseparable, el neoliberalismo.

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