Un asunto de familia

Chema Sánchez opinión

Al inicio del libro que comencé a escribir hace tan solo unos meses, hay un momento en el que el narrador señala la enorme rabia que siente el protagonista, respecto al hecho de que su familia paterna viva tan alejada de él.

En este caso, es importante señalar que hablamos de un libro con marcados tintes autobiográficos, en el que se adivinan muchos deseos, frustraciones e inclinaciones de la misma persona que está escribiendo la novela. Uno de esos muchos deseos del protagonista pasa, como bien he dicho antes, por esa utópica ilusión de vivir con TODA su familia en un mismo lugar. Un deseo que volví a recordar hace unas semanas, cuando tuve la suerte de disfrutar durante unas horas de gran parte de mi familia paterna, después de años desprovisto de su compañía, que es tan numerosa como querida.

El hecho de que casi toda la familia se juntase después de varios años, no se debió precisamente a la celebración de una fiesta familiar, sino más bien a todo lo contrario. Mi abuela, una mujer de 96 años, posiblemente la persona más fuerte (tanto física como psicológicamente) que he conocido nunca, falleció hace tan solo unas semanas, lo que provocó que la familia se reuniese en un mismo lugar con tal de velar a la difunta.

Ese lugar fue el tanatorio, en el cual gran parte de la familia pasó todo un día (y su noche) custodiando el féretro de la casi indestructible abuela Mercedes. Desde las primeras horas del funeral, un gran número de amigos y familiares lejanos se acercaron al velatorio con el fin de dar el pésame a los hijos y los nietos de la fallecida, aunque gran parte de los visitantes (por no decir todos ellos), acabaron por entablar interminables conversaciones con gran parte de los familiares de la difunta.

Conversaciones que con el paso del tiempo, iban animando cada vez más el ambiente, y provocando una extraña sensación, en la que la alegría, las sonrisas y el divertimento se acabaron convirtiendo en el foco central del velatorio, como si de un funeral de un policía de la serie The Wire se tratase. Dependiendo de hacia dónde dirigía mi atención, el velatorio parecía transformarse en el escenario de una película u otra. Por un momento, veías a mi padre y a mis tíos reír desaforadamente, como en la típica película de mafiosos de Scorsese, mientras un señor excesivamente bajito les contaba anécdotas extremadamente graciosas del pasado. Del mismo modo, diversos grupos de mujeres charlaban resueltamente sobre la vida y la muerte, sin ningún tipo de restricciones ni estridencias. Mujeres que parecían actuar bajo la dirección secreta de Pedro Almodóvar.

Eso sí, sí hubo un ambiente cinéfilo con el que describir aquella velada tan macabra sería la de cualquier película del maestro Luis García Berlanga. Multitud de voces hablaban al mismo tiempo por un lado y por otro sobre cualquier asunto, mientras las horas pasaban sin descanso a lo largo de aquel 8 de enero. Un día que no solo sirvió para que la familia se reuniese de nuevo y para que la abuela por fin descansase, después de meses (o años) viviendo como un zombi, sino también para demostrar que la vida y la muerte, como bien aleccionaba A dos metros bajo tierra, está separada por un hilo extremadamente fino.

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