Un año de cine

Chema Sánchez opinión

En una época en la que la ficción televisiva ha ido ganando cada vez más terreno al séptimo arte, y en la que se proclama día sí y día no el final de una era en el cine, llama bastante la atención la gran cosecha cinematográfica que hemos recogido en este último año.

Un año en el que grandes directores como Scorsese, Tarantino o Almodóvar han regalado grandes o grandísimas películas (esto último si nos referimos al genio neoyorquino, o especialmente al director español), al mismo tiempo que otros filmes marcados por géneros totalmente distintos a los trabajos de los genios anteriormente citados, también han acabado por deslumbrar a buena parte de la crítica y el público. Hablo de ácidas comedias dramáticas con alto contenido político, como Parásitos, vibrantes dramas bélicos como 1917, o maravillosas fábulas intimistas de ciencia ficción, como es el caso Ad Astra del cineasta James Gray, posiblemente uno de los directores de cine más infravalorados del siglo XXI.

Por otro lado, parece que al cine español también le ha sentido bien el pasado 2019, al regalarnos un gran número de estimulantes películas. Ya que más allá de Dolor y gloria, la última obra maestra de Pedro Almodóvar, el cine patrio también nos ha obsequiado con otras pequeñas joyas como La trinchera infinita, liderada por un reparto y una dirección excelentes, así como la maravillosa Buñuel en el laberinto de las tortugas de Salvador Simó, una grandísima película de animación que nos ayuda a entender un poco más la prodigiosa mente del genio de Calanda.

Del mismo modo que ya nos hemos acostumbrado a que el cine español apenas tenga años flojos en materia cinematográfica, algo muy similar podemos decir del cine asiático en la actualidad. Si este año ha sido Parásitos, el pasado año también pudimos disfrutar de Un asunto de familia, la cual se vio eclipsada en 2018 debido al tremendo éxito de Roma. Al parecer, la última gala de los Óscar no ha hecho más que confirmar algo que ya comenté hace apenas un año en este medio, y es que la enorme distancia que separaba anteriormente al cine americano del resto de industrias cinematográficas ya es un hecho que forma parte del pasado, provocando (por suerte) que cada vez más espectadores se muestren menos reacios a la hora de ver una película que no provenga de Hollywood.

Si bien es cierto que este último año de cine da muchas esperanzas para seguir creyendo en el inmenso poder y relevancia que sigue teniendo el séptimo arte, a pesar de que las pantallas nos sean mucho más familiares y menos ajenas que hace unos años, existe un tema respecto al momento actual del cine que me preocupa sobremanera. A lo largo de este último mes han muerto Terry Jones y José Luis Cuerda, los directores de dos de las mejores comedias de la historia del cine, como son La vida de Brian y Amanece, que no es poco. ¿Saben cuántas comedias había nominadas en la última gala de los Óscar? Tan solo una, Jojo Rabbit, o una y media si queremos incluir a Parásitos. Todo esto me hace pensar en la enorme falta de cine cómico que existe en la actualidad en todo el mundo. Un género, que bajo mi punto de vista, es más necesario que nunca, y que poco a poco está perdiendo espacio en el séptimo arte de manera alarmante. Ojalá hablemos tan solo de una mala racha, y el cine cómico vuelve más pronto que tarde a las andadas, que buena falta nos hace.

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