‘El lector’

Chema Sánchez opinión

Hace poco más de un año escribí un artículo para este medio en el que hablaba de una de mis grandes aficiones, que no es otra que el cine. En ese texto especificaba como y cuando me aficioné al séptimo arte, que directores me llamaron más la atención desde un primer momento…incluso llegué a recomendar una serie de películas, que por una circunstancia o por otra, habían sido injustamente olvidadas o infravaloradas.

Cuando ya ha pasado más de un año de que confesase mi condición de cinéfilo, creo que ha llegado el momento de explicar cómo ha ido evolucionando mi otra gran afición, que es la lectura. Como ya expliqué en La invención de Hugo, mi afición por la literatura es mucho más duradera que mi cinefilia, ya que se prolonga hasta mi infancia. Desde que era pequeño, me encantaba leer una y otra vez a El pequeño Nicolás, Manolito Gafotas o algunas de las obras maestras de Roald Dahl, como Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate o James y el melocotón gigante.

Con la llegada de la adolescencia, comencé a leer obras mucho más complejas y extensas. Gran parte de esos libros que me leí durante mi estancia en el instituto pertenecían a dos colecciones, una de aventuras y otra sobre grandes clásicos del siglo XX. Colecciones, por cierto, que aún no he acabado de leer y que espero terminar algún día. Entre esos recopilatorios existen libros antológicos como Robinson Crusoe, La vuelta al mundo en 80 días, Scaramouche, Un mundo feliz o El filo de la navaja.

Asimismo, a lo largo de mi última etapa en la educación secundaria, tuve la suerte de descubrir a determinados autores, todos ellos contemporáneos y con un mismo nombre: David. Hablo de Trueba, Foenkinos y Safier, que también comparten una manera de escribir relativamente similar, donde la comedia y el drama se entremezclan maravillosamente bien en cada una de sus novelas.

Del mismo modo que mi estancia en el instituto estuvo marcada en gran parte por la lectura de libros de aventuras y de clásicos del siglo XX, a lo largo de estos últimos años en la universidad (y ahora también fuera de ella), mis lecturas se han dirigido casi exclusivamente hacia aquellas obras que inexplicablemente no había leído, independientemente del autor o año que fuese el libro. En este apartado entran auténticas obras de arte como A sangre fría, Niebla, Alicia en el País de las Maravillas, Las Mil y una Noches o un tomo de los Cuentos Completos de Chejov.

De igual forma, en estos últimos años también he gozado con dos de los mejores libros que se han escrito en este país a lo largo de este siglo, como son Anatomía de un instante y Patria. Dos libros con tintes muy cinematográficos, y que al mismo tiempo resultan muy didácticos y aleccionadores para todos aquellos interesados en la historia reciente de nuestro país.

En resumen, reconozco que hace muchos años que la lectura se ha apoderado de una parte de mi rutina diaria, ya que siempre me veo en la necesidad de estar leyendo algún libro. De hecho, justo ahora he acabado de leer Guerra y Paz, el novelón de León Tolstoi. Y digo novelón no solo por las mil páginas que contiene, sino también por la riqueza psicológica de cada uno de sus personajes, así como de las interesantímas reflexiones filosóficas que existen en la novela. Parecerá mentira lo que digo, pero después de leer tantos libros, creo que todavía no soy consciente de que hasta qué punto me ha enriquecido (y me enriquece) la lectura como persona. ¡¡¡Loados sean los libros!!!

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