El rey de “la casta”

Carta a Pablo Iglesias

Señor Pablo Iglesias Turrión, vicepresidente segundo del Gobierno de España y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030:

Esta ecatómbica crisis que estamos padeciendo –sanitaria, pero ahora ya principalmente económica, empresarial y, también, laboral– está demostrando de forma palmaria de qué pasta estamos cocinados cada uno de nosotros. Si del blandiblú propio de los mendaces mentecatos que no han pegado nunca un palo ni al agua y que han transitado directamente desde las barras de los bares universitarios a las poltronas de la política, sin pasar por ningún oficio ni beneficio, o del acero corten de los que bregan cada día en primera línea de combate contra la pandemia buscando, encontrando y aplicando soluciones que de verdad ayudan, en este marasmo vírico, a la ciudadanía a sobrevivir con algún atisbo de solvencia.

Usted, señor vicepresidente segundo, en este reparto de papeles protagonistas entre héroes y villanos al que nos ha precipitado el Covid-19, nos ha demostrado, una vez más, que sigue trufado de su proverbial auto endiosamiento que le precipita a una sempiterna incontinencia bucal, la cual –por un lado– ofende a los que sufren esta maldición epidémica sin los lujosos ajuares y aditamentos que usted exhibe impúdicamente y –por otro–hace reconocible a millas de distancia su verdadera catadura, la pasta con la que usted sí está cocinado.

Sin despeinarse la coleta, señor ministro de Derechos Sociales, en sede parlamentaria, con luz y taquígrafos, ha declamado textualmente desde la tribuna de los oradores lo siguiente: “Tengo mucha suerte porque tengo jardín en mi casa para sacar a mis hijos”.

Más allá de que se atribuya a usted mismo de forma endogámica la suerte jardinera y no se la otorgue a sus hijos –criaturas–, que son los que de verdad la tienen al poder disfrutar del privilegio del sol y del aire libre, y que, además, literalmente ‘saque’ usted a sus hijos a campar sobre la hierba como si fueran simples mascotas perrunas, lo que demuestran sus palabras es que ya está usted instalado definitivamente en la casta. La casta a la que usted quería –cual Lenin hispano– desalojar de las más altas cumbres del Estado. ¿O era que usted pretendía de verdad expropiar y ocupar su egoísta metro cuadrado en el escueto espacio de la cúspide de los privilegiados y ahora ya la suerte de los demás ciudadanos se la trae al pairo?

Descacharrante si no fuera patético. Una muesca más en la culata de su revólver, una perla más en el collar que envuelve su gaznate de gran factótum de la nueva casta rijosa que, en lugar de avanzar en el progreso social y la igualdad entre todos los españoles, lo primero que ha hecho al llegar al poder es encastillarse en las poltronas y los privilegios de los potentados. Si usted es el ejemplo a seguir, aviados vamos.

Eso sí, a los otros españoles que no disfrutan ni de su jardín, ni de sus criadas, ni de su nany, ni de su caseta de madera exterior, ni de su suelo radiante, ni de sus dos coches oficiales que cubren cada día varias veces el trayecto paralelo y uno detrás del otro entre Galapagar y los nuevos ministerios, ni de sus agentes de la Guardia Civil guardando el portalón de la muralla exterior de su chalet, ni de su línea directa con los bancos que le otorgan a usted y a su ministra consorte créditos hipotecarios con condiciones de pago e intereses privilegiados, ni nada de todo esto… a todos estos otros españoles les envía usted, de forma inequívoca, un mensaje claro y diáfano: ¡viva yo por encima de todo y sálvese quien pueda!

No, señor vicepresidente. No.

En estos momentos no se puede gestionar la crisis coronavírica ni dirigir de forma solvente el país desde estos apriorismos narcisistas, egocéntricos y egoístas. Es el momento, ahora aún más, de trabajar todos juntos para salvarnos todos juntos. Todos juntos para una cosa y todos juntos también para la otra. Por ello, sí señor Iglesias, no hay espacio posible entre nosotros para gente como usted. Gente que prioriza su manera de entender la vida y las cosas sin atender a los demás, sin importarles los demás. Gente que aprovecha la debilidad del Estado y del propio presidente del Gobierno para imponer sus propios criterios, aunque estos criterios sean minoritarios y –aún más grave si cabe– absolutamente partidistas y sectarios. Insistimos, señor Iglesias: sí, sectarios.

Señor vicepresidente segundo de sólo cuatro ministros y, aún hoy en día, ministro usted también:

En la trainera agujereada que es el actual Gobierno de España, donde lo que se anuncia hoy después del Conejo de Ministros debe enmendarse mañana en el Boletín Oficial del Estado, usted rema a destiempo, por no decir que boga conjuntamente con los otros cuatro ministros morados en dirección contraria al resto del equipo que, presuntamente, lidera el señor Sánchez Pérez-Castejón. Y eso los españoles no nos lo podemos permitir. Los españoles que boqueamos ahogados por la crisis del coronavirus mientras usted y su grupito de fans genuflexos zascandilean tras los visillos del poder estatal para arrimar el ascua a su escuálida sardina.

Déjese, señor Iglesias, de juegos de naipes tramposos. No intente engañarnos con la bolita trilera bajo la patata gubernamental. Abandone el birlibirloque del que entiende la política como el simple rédito personal y privado. Y, si no es capaz de pensar en global, en abierto, en colectivo, en nosotros y no simplemente en yo, en usted mismo, si no es capaz de esto, mejor váyase y deje que otro lo intente.

Hágalo. Deje de restar en negativo y permita a todos los demás españoles sumar hacia lo positivo. Y si usted no se da por aludido, será imperioso e inexcusable que el presidente Sánchez lo haga.

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