CORONAVIRUS y empresa: Continuar la actividad o cierre, la decisión más difícil.

opinión Juan M Font

Fresco aún en la memoria colectiva el recuerdo de la crisis de 2008 -y en la particular de más de un empresario y de miles de trabajadores que aún no ha superado sus consecuencias-, planea sobre todos nosotros la sombra de un nuevo apocalipsis económico. Todos los comentaristas especializados coinciden en que ésta nueva crisis tendrá peores consecuencias que la anterior y que serán muchas las empresas que no la podrán superar y caerán.

Yo, desde la perspectiva de abogado que se dedica al Derecho Concursal, veo importantes diferencias con la crisis de 2008:

– La de 2008 se venía anunciando desde hacía tiempo: había un sobrecalentamiento de la economía y el ritmo de ésta no era sostenible, de un momento a otro tenía que producirse un crack. La actual ha cogido de sorpresa absolutamente a todo el mundo, sin excepción.

– La de 2008 fue una crisis financiera que encontró a la inmensa mayoría de empresarios –y particulares, pero este artículo se centra en la empresa- con un importante sobreendeudamiento, con unos pasivos financieros inasumibles y con unos activos sobrevalorados (que servía de soporte a un sobreendeudamiento financiero). Muchas empresas sobrevivían por la propia inercia de las renovaciones y refinanciaciones que las entidades financieras concedían con alegría y desparpajo (y así les fue). En la actual, hasta hace dos meses vivíamos en un escenario económico más o menos estable, y quien hablaba de crisis, de recesión, era tachado de agorero.

En cualquier caso, la crisis está aquí y va a quedarse, durante más o menos tiempo en función del sector económico de que se trate. Y llegados a este punto dramático en la vida de la empresa, le toca al empresario tomar la que seguramente será la decisión más difícil de su vida: continuar con la actividad o cerrar el negocio presentando el oportuno procedimiento concursal.

Se podría escribir un tratado –seguramente alguien lo ha escrito ya- sobre la psicología del empresario que se encuentra en esta tesitura. Y con toda seguridad este tratado concluye que el empresario que se ve en este escenario en la inmensa mayoría de los casos opta por continuar, por intentar salvar el negocio. Es el negocio de toda su vida, muchas veces continuación del iniciado por sus padres o abuelos, del que vive toda la familia, … … … sin olvidar el descrédito social que supondría un cierre, el problema de encontrar otra vía de subsistencia, etc.

Decisión muy loable, pero no siempre acertada.

Hasta hace un mes la inmensa mayoría de empresas tenían un endeudamiento razonable y controlado, con entidades financieras y proveedores. Y estaban al corriente en todos sus pagos con la Seguridad Social, Agencia Tributaria, pólizas de crédito y préstamos, proveedores y, por supuesto, trabajadores. No será ésta la situación el día que se levante el estado de alarma.

Seguir adelante no es, no debe ser en ningún caso, una decisión a tomar por puro romanticismo o simple voluntarismo. Debe ser una decisión muy meditada, tomada fríamente y con el necesario asesoramiento. Pensar, y desear, que se vaya a recuperar la actividad y el nivel de negocio una vez se reanude éste no provocará que ello sea así.

Continuar con el negocio en las actuales circunstancias y hasta que se normalice la actividad precisa de un profundo análisis de la viabilidad real de la empresa. Hay que pensar que la continuación de la actividad precisará con toda seguridad de una mayor financiación. Y la financiación supone mayores costes estructurales así como la necesidad de prestar garantías personales por parte del empresario y su entorno (normalmente la familia); garantías que hasta hace dos días no había sido necesario comprometer.

Por ello, si hoy el empresario decide cerrar, pierde el negocio. Si se atreve a continuar, y dentro de unos meses comprueba que la decisión fue equivocada (sin nada que reprocharle, pues, repito, es una decisión muy loable) deberá cerrar y entonces, además de perder el negocio perderá el patrimonio particular propio y de su entorno que haya comprometido en pos de la financiación que habrá necesitado para continuar.

Lo dicho, la decisión de continuar o cerrar debe tomarse fríamente y previo análisis de la viabilidad de la empresa, huyendo de voluntarismos bienintencionados. Hay que asesorarse; siempre será mayor el riesgo de equivocarse tomando la decisión por uno mismo. La experiencia demuestra que uno carece de la necesaria objetividad para ver la realidad de las cosas.

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