No acepten ustedes los aplausos hipócritas de aquellos que les han condenado a la muerte pandémica

carta a los abuelos

Queridos abuelos, abuelas, padres y madres:

Durante semanas, cada noche, a las 8 en punto, miles de españoles nos hemos asomado a los balcones y ventanas de nuestros hogares para aplaudir el esfuerzo realizado por todos aquellos profesionales que, desde sus particulares ámbitos de responsabilidad, luchaban denodadamente para frenar el avance asesino de la pandemia coronavírica. Con este fútil gesto de un escueto minuto, aderezado con alguna canción empática, disfrazábamos de falsa autocomplacencia nuestra evidente irresponsabilidad para con todos ustedes. Y después, como si tal cosa, nos volvíamos al interior cálido de nuestras casas para arrebujarnos de nuevo en la comodidad televisiva de los mullidos sofás.

Al mismo tiempo que nuestros bonachones aplausos se desvanecían en las sombras de la noche, a las 8 de la tarde y de madrugada, al amanecer y al mediodía, miles de ustedes –nuestros abuelos y abuelas, padres y madres– morían literalmente asfixiados por la inmisericorde enfermedad. Y, además, demasiados lo hacían en la más absoluta y patética soledad, sin el tenue consuelo de una mano acariciando los últimos suspiros de una larga vida perdida arrastrada por un maldito virus llegado impunemente desde la lejana China sin que ninguna de nuestras muy bien pagadas autoridades supieran ponerle cortapisas a su avance mortal.

Ha sido tal la magnitud de la hecatombe que a muchos de ustedes –abuelos, abuelas, padres y madres– les han dejado morir, literalmente, en la estacada, abandonados, sin asistirles, sentenciados a ahogarse en la más terrible y oscura soledad por la incapacidad manifiesta del sistema sanitario español de atenderles. Precisamente el mismo sistema sanitario español que pocas semanas antes corría de boca en boca de nuestros falaces políticos siendo elevado a los altares como el mejor del mundo mundial. ¿El mejor? ¿El mejor en relación a cuál otro? ¿Mejor al que padecen los tercermundistas países del sur o mejor al de vecinos próximos a los que nosotros, los chulescos españoles, siempre hemos despreciado con miradas aviesas por encima del hombro como son los de Portugal y Grecia, los únicos que eternamente van por detrás de España en las estadísticas europeas y cuyos gobernantes han conseguido en su batalla particular contra la Covid-19 mucho mejores resultados que los nuestros de La Moncloa?

No hay peor hipocresía que aquella a la que se quiere convertir en verdad o, peor aún, a la que se quiere escamotear y esconder debajo de la alfombra de las vergüenzas inconfesables. Es de absoluta y mendaz vergüenza que el Gobierno de España de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias hayan querido maquillar la terrible realidad de los miles de muertos españoles –ancianos dos de cada tres de ellos– con espurias campañas publicitarias como la que nos han engatusado desde las televisiones genuflexas ante el poder. Con 28.000 víctimas oficiales y más de 48.000 reales, según testimonian los registros civiles de todo el estado, querer empalagarnos con la frasecita “Salimos más fuertes” es tratarnos a todos nosotros de imbéciles y a todos ustedes –abuelos, abuelas, padres y madres– de carne de cañón, de carroña para pasto de los buitres mediáticos que comen plácidamente de los presupuestos de los medios de comunicación adormecidos por los millones de euros que manan de las fuentes controladas por los políticos populistas.

Ustedes –queridos abuelos, abuelas, padres y madres– construyeron antaño lo mejor de nuestro país actual. Trabajando de sol a sol, incansables y sin aspavientos reivindicativos, sin escapadas de fin de semana ni viajes caribeños de verano, sin gimnasios ni botox revitalizante, sin calefacción radiante, sin lavadoras ni lavavajillas, sin netflix ninguno ni hachebeos televisivos… sin nada de todo esto, sino todo lo contrario, nos criaron y, más importante aún, nos educaron. Fueron estrictos, claro que sí, pero su objetivo era muy claro: conseguir hacernos a nosotros –sus hijos e hijas, nietos y nietas– personas de bien, persones de provecho, personas dignas. Ni más ni menos.

Nuestra respuesta, sin embargo, ha sido vomitiva, egoísta, endogámica, asquerosa. Les hemos expulsado de sus propias casas y les hemos confinado en residencias, muchas de ellas auténticos garajes de carne humana. Ustedes se quitaron el pan de la boca y la manta de la cama para darnos a nosotros lo que ahora nosotros no hemos sido capaces de retornarles. Hijos ustedes mismos de los españoles que padecieron los estragos de la Guerra Civil, siempre quisieron mirar hacia adelante, tapar las vergüenzas fratricidas de sus ancestros, hacernos creer que la vida solamente podía evolucionar a mejor y darnos todo aquello que ustedes no tuvieron y hacerlo sin egoísmos ni exigiendo nada a cambio.

Tan poco nos han exigido que han perdido la vida abandonados por nosotros mismos, sus hijos y sus nietos. Han perdido la vida y nosotros la decencia. Ha sido absolutamente indecente lo que hemos hecho y, aún peor, dejado hacer a nuestras autoridades. No hemos sabido ni querido estar a la altura de las circunstancias. Incluso hemos creado sistemas de selección y cribado para auto atribuirnos la potestad divina de salvarles la vida a unos dejándoles utilizar las escasas UCIs de los hospitales o, simplemente, administrándoles a otros algún fármaco adormecedor para aplicarles la eutanasia, la hipócrita pena de muerte disfrazada de práctica administrativa médica. Hemos seleccionado a los que se merecían vivir y, también, a los que tenían que morir. Hemos aplicado, sí señores, la misma eugenesia que aplicaron en su momento los nazis.

Mientras el señor Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno y ministro de Derechos Sociales –responsable máximo de la atención a todos los ancianos de España desde la implantación del mando único promulgado desde el 14 de marzo a través del decreto que impuso el estado de alarma– se escaquea, escurre el bulto y le pasa el muerto –nunca mejor dicho– a su compañero de gabinete –aunque oponente político– el ministro de Sanidad Salvador Illa, la Fiscalía General del Estado, que también cuelga del mismo Gobierno, nos engatusa diciéndonos que ha abierto diversas investigaciones prejudiciales para esclarecer si las prácticas desarrolladas por las mismas autoridades del ‘mando único’ que emana de La Moncloa han incurrido en algún ilícito penal lanzándoles a ustedes al barranco de la muerte pandémica. Podemos desde ya garantizarles sin margen al error que estas investigaciones quedaran en nada, en agua de borrajas que se llevará el desagüe del olvido cómplice.

Abuelos, abuelas, padres, madres:

Habéis muerto abandonados por todos nosotros. No hemos querido ni sabido salvaros la vida. Ni tampoco proporcionaros el consuelo amable del amor de la familia en vuestros últimos estertores. Los que habéis superado la prueba pandémica no dejéis que ahora los hipócritas blanqueen los sepulcros de vuestros compañeros con frases huecas y falsos minutos de silencio con las banderas a media asta. No deis alas a su falsa contrición. No se la merecen. Deben dar explicaciones y también responder por sus conscientes decisiones que condenaron a dos de cada tres de vosotros a morir para salvarse ellos.

Queridísimos abuelos, abuelas, padres y madres:

No os olvidaremos y sabremos hacer que los autores de vuestra masacre tampoco os olviden. Nos comprometemos a ello.

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