OPINIÓN/ Poner puertas al monte

Opinión Nicolau Vidal Cubi

Son numerosas las ocasiones en que los montañeros obviamos totalmente los derechos de propiedad existentes en las montañas o valles. Especial mención merece el caso de Mallorca, donde compañeros de cordada venidos de la península se han sentido anonadados ante la cantidad de vallas y paredes existentes en medio de la “nada”.

Los propietarios de las fincas, como es lógico, son celosos de sus bienes y tierras. Así, en principio, el propietario de un terreno no está obligado a permitir la entrada en sus dominios, en contra de su voluntad, en ejercicio del derecho de propiedad.
Esta propiedad puede ser muy diversa: terrenos de propiedad municipal, montes públicos administrados por las comunidades autónomas, montes de patrimonio nacional y, claro está, montes privados. Este último supuesto es el que reviste mayor interés.

Así, el propietario de una finca, sea cual sea su naturaleza, tiene derecho a cerrarla. En dicho sentido se pronuncia el Artículo 388 del Código Civil. Ello, en todo caso, sin perjuicio de las servidumbres de paso constituidas que atraviesen dicha finca, que deberán ser siempre respetadas.

Con todo, en la práctica real -hablando concretamente del caso mallorquín-, los montañeros a menudo nos encontramos con que las rutas que tradicionalmente veníamos recorriendo, se encuentran cerradas por vallas y paredes de nueva construcción. Las leyes de conservación de la Serra de Tramuntana -Patrimonio Mundial de la UNESCO-, no se adaptan ni por asomo a la realidad de estos parajes.

Primeramente, debemos saber que el paisaje de la Serra de Tramuntana es un paisaje humano. Quiero decir, hay infinidad de construcciones históricas enclavadas en su seno. Construcciones que, por falta de uso o de conservación, se están deteriorando o directamente desapareciendo. La mano humana, impulsada por la necesidad, ha moldeado la sierra durante cientos de años. Caminos empedrados, Cases de Neu, Sitges, Forns de Calç, Marjades, Canaletes, Parets Seques… Prácticamente no había en la Serra de Tramuntana un solo monte o un solo valle sin explotar.

Así, las leyes de preservación del territorio actuales se desentienden a efectos prácticos de la conservación de todo este patrimonio, permitiendo que los propietarios de las fincas por cuyo seno transcurren senderos históricos las cierren de la noche a la mañana. Acabando definitivamente con un tráfico humano tradicional en un ejercicio de hermetismo e incomprensión entre propietarios y administraciones. Claramente, los perjudicados son los deportistas de montaña y la propia sierra.

A modo de inciso, merece la pena precisar que no estoy en contra de que se regule la construcción o la explotación turística de estos parajes, pero si que lo estoy de que se abandonen a su suerte y de que se hermeticen. Esto último supondría una traición a su propia naturaleza.

Con todo, las vallas siguen brotando como champiñones tras la lluvia. Sin ir más lejos, el otro día, corriendo de noche, me estampé contra una alambrada que cortaba el camino de forma perpendicular. Alguien segregó su finca y vendió una mitad. Y sin respeto, sin escrúpulos, la vallaron. Se pierde así uno de los ramales D’es Camí de s’Arxiduc, y con él un pedazo del patrimonio de todos.

En el caso de los montañeros, les suele importar poco o nada la existencia de una valla o una pared. Ya se sabe para que usamos las paredes nosotros… para escalarlas. Vigilar todos los lindes de una finca de montaña es materialmente imposible a no ser que se disponga de un ejército. Como suele decirse; “no es bueno poner puertas al campo”. Vigilar el cumplimiento de la propiedad privada es una quimera en estos parajes.

De esta manera, visto que los caminos se van a seguir transitando haya paredes o no, como abogado y como montañero, considero que se necesita llegar a un consenso entre propietarios y entes públicos. Un acuerdo que, partiendo de la necesidad de conservación de nuestras montañas, permita a los deportistas transitar por sus ancestrales caminos, sin que ello moleste a los propietarios privados. Un acuerdo infundado por la naturaleza humana de esta sierra, el trozo de universo que muchos de nosotros más queremos.

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