CARTA A…/ El bueno, el feo y el malo

El servicio público a la ciudadanía es la razón de ser de los funcionarios.

Y estos, los funcionarios –también los que están parapetados detrás de las ventanillas burocráticas contra las que se estrellan los ciudadanos a la hora de intentar completar sus trámites administrativos– tienen otorgada la responsabilidad de prestar los servicios públicos esenciales del estado: educación, sanidad, bienestar social, seguridad, defensa, justicia, protección de la naturaleza… y ser –o deberían ser– garantes de la legalidad vigente y fedatarios de que las actividades privadas se ajustan al ordenamiento legal establecido por los órganos de representación democrática.

Hasta aquí lo que debería ser. Hasta aquí el esbozo de un mundo feliz que desde hace ya demasiado tiempo no existe y que los estragos provocados por la pandemia han puesto aún más en evidencia por sus carencias y falsedades.

Los servidores públicos, más de tres millones en España, son un grupo heterogéneo en el que conviven personas de todo tipo y condición. En un extremo positivo nos encontramos con el ejemplo impagable del médico que encadena turnos en las urgencias de un hospital para salvar vidas. En el otro, en el extremo negativo, topamos asqueados con el egoísta apoltronado que ficha a la entrada de su oficina para después irse a merendar, hacer gestiones personales o, simplemente, leer el periódico a través de su ordenador público. Los dos son funcionarios, trabajadores asalariados de las administraciones. Pero los dos no son, ni mucho menos, servidores públicos. Dos realidades paralelas –entre el blanco cegador y el negro hediondo, con una amplísima gama de grises en medio– con la que tenemos que malvivir –y también soportar– el resto de los ciudadanos.

Y es que en nuestro devenir diario con las instituciones nos toparemos con tres tipos de funcionarios: el bueno, el feo y el malo.

El bueno es el que tiene vocación de servicio. El que es trabajador, empático, amable, cumplidor de sus obligaciones, que te ayuda y guía a través de los laberintos de la administración con profesionalidad incuestionable.

El feo es maleducado, te responde con exabruptos, no te ayudan en nada, te envía al otro extremo del edificio administrativo y no te dice ni cómo llegar, cumple el horario sin un segundo más y te deja colgado si suena la campana de salida. Convierten cualquier gestión con las administraciones en un auténtico suplicio. Siempre está amargado. No responde: escupe. Es una persona inmensamente hastiada ya que su trabajo no le gusta. ¡Qué lástima y qué pena por él y por lo que él nos hace sufrir al resto de los ciudadanos! Y hay muchos –muchísimos, demasiados– funcionarios como estos.

Pero estos no son los peores. El infierno dantesco de la burocracia aún tiene un nivel inferior y más execrable. El de los funcionarios malos. Aquellos que siendo conscientes de las carencias del sistema, no mueven ni un dedo para eliminarlas. Aquellos que teniendo la capacidad y la potestad para borrar las dificultades, se regodea en su existencia e, incluso, las aumentan con su pasotismo. Aquellos que, pudiendo ayudar a los naufragados ciudadanos, bloquean las soluciones que nos harían a todos la vida mucho más fácil. Aquellos que, además, no recuerdan –ni quieren hacerlo– que son servidores públicos. Servidores públicos con todas las letras de las dos palabras. Aquellos que obvian que su sueldo proviene de los impuestos que pagan las personas a las que ellos desprecian, maltratan, denigran y desdeñan.

Un grupo éste, el de los funcionarios malos, que –además– aprovecha su posición en la administración para, desde su puesto, conseguir prebendas y ventajas para ellos mismos a las que nunca podrían optar como simples ciudadanos. Y a esto se le llama, sí señores, corrupción. ¡Corrupción! La corrupción de los funcionarios egoístas e insolidarios que mancha el buen nombre de los demás funcionarios y envenenan el servicio público con la ponzoña del delito.

El bueno, el feo y el malo. Tres tipos de funcionarios. Desde el verdadero servidor público al que, desde su menfotismo doloso destruye, incluso, la convivencia cívica y provoca agrios enfrentamientos sociales. ¡¿Cuántas veces hemos oído utilizar como sinónimas las palabras vago y funcionario?!

Es hora de acabar con todo lo que nos frena. Con todo. Y hacerlo con la resolución que nos otorga la legitimidad democrática e impelidos por las lecciones que nos ha enseñado la crisis pandémica. Hay que hacerlo ya y hacerlo sin compasión ninguna. ¡Basta ya de alimentar a la serpiente que nos devora! Hagámoslo como ciudadanos y exijámoslo a nuestros políticos.

Exijamos también, a la cara y sin tapujos, a los funcionarios feos y malos que cumplan con su obligación, traten a los ciudadanos con cortesía y sean, claro que sí, eficientes y útiles. Hagámoslo con la legitimidad que nos dan la razón y las leyes. Sin miedo y de forma clara y directa. Acabemos todos juntos con la prepotencia y los chanchullos.

Una sociedad mejor, con un futuro verdadero, pasa sí o sí por cambiar el sistema de normas que en estos momentos rigen las relaciones entre los ciudadanos y los funcionarios. Las malditas normas que nos convierten a los ciudadanos en súbditos de algunos funcionarios.

Y en este objetivo nosotros estaremos en primera fila. El Grup 4 de Comunicació Multimèdia y sus terminales mediáticas en la televisión, la radio y la prensa digital no cejará en el empeño. Les invitamos a todos ustedes, a sus familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos a denunciar todos los casos de los cuales ustedes sean víctimas de los funcionarios feos y malos. Y nosotros, no lo duden, los denunciaremos con sus aportaciones y testimonios. Esa es nuestra responsabilidad y en ello no desfalleceremos ni un momento.

Aplausos sinceros y eternos a los funcionarios que son verdaderos servidores públicos. A los otros, sin contemplaciones: puerta y calle.

1 COMENTARIO

  1. No puedo estar más que de acuerdo con esta carta. Aunque debo decir algo, como conocedor de lo que es la función pública. Si bien es cierta la clasificación entre funcionarios buenos, feos y malos, creo que se debería añadir otra condición: la de los atormentados. Por tanto, quedaría en funcionarios buenos, feos, malos y atormentados. Atormentados porque la ciudadanía no quiere darse cuenta de que los funcionarios son simples piezas, peones, de un ajedrez que controla el político de turno. Atormentados porque inician su carrera funcionarial con el mejor de los propósitos y se topan, más bien chocan, con la verdadera burocracia, esa que imponen los políticos al cargo y como jefes supremos de esos servidores públicos. Atormentados de comprobar como un ciudadano tiene que irse de una administración porque la normativa que impone el político ha hecho imposible darle a aquél una solución. Muchos funcionarios son conscientes de que el sistema funciona mal, y muchos de ellos saben que la culpa no es de ellos mismos, sino de los cargos políticos que medran en la administración. Podría ser más extenso, pero lo dejo aquí. Es verdad que lo primero es la educación, y muy educadamente los funcionarios deberían señalar al de arriba, al político claro, cuando un ciudadano ve frustradas sus aspiraciones. La furia ciudadano muchas veces va dirigida contra el funcionario menor, el que está detrás de la ventanilla, el que no puede hacer nada de nada. Por supuesto que es imprescindible que el funcionario sea educado, lógicamente. Sin embargo, muchos funcionarios están atormentados y padecen de impotencia y es por eso, aunque no los justifico, que a veces se convierten en feos y malos.

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