La culpa es de la aguja porque marca la hora

Opinión Nicolau Vidal Cubi

Un reloj está compuesto por muchas piezas. Es una máquina compleja. Entre todas, en su interacción, consiguen marcar la hora con precisión. La aguja por si sola no hace nada, al igual que ninguno de los rotores, diles, escapes o volantes. De la misma manera, una sola persona no es capaz de acometer un genocidio. Hace falta quien lo planee, quien lo organice, quien lo financie y quien lo lleve a cabo. Así, todas las piezas del reloj son responsables de que se marque la hora. Todos los intervinientes son culpables del resultado final.

Esta simple lógica no fue aplicada a su debido momento por los Juzgados y Tribunales alemanes. Cuando llegó el momento de enjuiciar La Shoah -el desastre, el holocausto-, los tribunales se limitaron a aplicar el derecho vigente, siendo que, si no podía probarse directamente la comisión de un crimen tipificado, no eras condenado. Suena lógico para circunstancias normales, pero si eras un miembro de la SS-TV (SS-Totenkopfverbände) y habías estado en Chelmno, Belzec, Sobibor, Treblinka, Majdanek o Auschwitz-Birkenau, tu presencia ahí tenía un propósito muy concreto, pese a que hicieras solo papeleo o te limitaras a caminar de arriba abajo mirando al suelo. Ese propósito era matar.

El ser humano tiene mucha imaginación a la hora de matar. Cada vez se inventan nuevas fórmulas. Firmar una lista, pasear, dar una orden, conducir un tren… los gestos más comunes eran partícipes del exterminio si te hallabas en un lugar determinado, en un momento determinado.

Así, en los juicios de Nuremberg, se acusó formalmente a un total de 611 personas, no condenándose ni a la mitad, siendo que las SS llegaron a tener 910.000 miembros, de los cuales más de 22.000 pertenecían al grupo SS-TV cuyo propósito era única y exclusivamente matar.

Por suerte, el ser humano también aprende. Lento, pero aprende. Uno de los casos que permitió un cambio de doctrina jurídica fue el de Jon Demjanjuk. El sujeto, que residía en Estados Unidos, había declarado -¡en su impreso de entrada en EE.UU!- haber tenido residencia en Sobibor entre 1942 y 1943. A finales de los 70’ alguien que revisaba documentación lo vio y dio parte (Hoy en día, este hecho hubiera pasado desapercibido con total seguridad ya que a casi nadie le suena el nombre de Sobibor).

Se inició un largo proceso que finalizó con su extradición a Israel, donde se le identificó como “Iván el Terrible”, un afamado y cruel miembro de las SS-TV, motivo por el que fue condenado a muerte. Justo a tiempo, aparecieron archivos donde se identificaba al auténtico “Iván el Terrible”, motivo por el que la Corte Suprema de Israel lo absolvió.

No obstante, nuevamente, se le consiguió identificar como guarda armado de Sobibor.  El 12 de mayo de 2009 Demjanjuk fue remitido a Alemania, donde las autoridades lo recluyeron en la Prisión Stadelheim, en Múnich.

En noviembre de 2009 comenzó el juicio, donde fue acusado de ser cómplice de 28.060 asesinatos en Sobibor. La fiscalía presentó documentación que revelaba que había prestado servicios en Sobibor y debido a que los testigos habían fallecido, el tribunal admitió que se leyeran los testimonios de los sobrevivientes. Luego de 16 meses el juicio finalizó el 12 de mayo de 2011, cuando Demjanjuk fue declarado culpable y condenado a cinco años de prisión.​ La sentencia fue apelada y Demjanjuk quedó en libertad, muriendo al año siguiente en una residencia de ancianos.

Se sentó así un precedente: ser un guardia armado en un determinado contexto es suficiente para poder ser considerado parte de lo que ocurre en dicho contexto. Si bien la sentencia no pudo alcanzar firmeza, la base teórica estaba sentada. Solo quedaba aplicarla.

El último episodio del holocausto es, a juicio propio, el proceso contra Oskar Groening, el contable de Birkenau. Se le empezó a enjuiciar en Alemania a la edad de 94 años. A diferencia de todos los demás enjuiciados por el genocidio nazi, Oskar reconoció los hechos, si bien alegó no ser partícipe directo de los mismos. Según sus propias palabras: “Yo solo era un pequeño diente en el engranaje… Si se puede describir esto como culpa, yo soy culpable, pero no voluntariamente. Legalmente hablando, yo soy inocente”.

El razonamiento del tribunal fue el que se debiera haber aplicado cuando se llevaron a cabo los juicios principales: formar parte del reloj, es ser cómplice de que se marque la hora. Fue condenado a 4 años de prisión en condición de cómplice por la muerte de 300.000 personas en Auschwitz.

Murió durante la apelación.

Estas resoluciones, pese a que inútiles desde el punto de vista del derecho, son esenciales desde el punto de vista de la justicia. El trauma humano que ha dejado La Shoah ha sido tan profundo que el Derecho ha tardado casi 80 años en poder hacerle frente con garantías.

De nada servirá ya la creación de esta doctrina para hacer justicia a las víctimas. Se han abierto alrededor de 20 procedimientos desde que se dictara la sentencia de Oskar Groening, con total seguridad, ninguno de los acusados pisará jamás una cárcel.

Pero hablamos de humanidad y gracias al cielo esta no terminó en El Holocausto. Quedará este precedente para el futuro; para los hechos venideros. Quien sabe lo que pasará, lo que puede estar por venir.

Sea como sea, esta doctrina y su mensaje no se disiparán como cenizas esparcidas por el viento: aquel que forma parte de una máquina cuyo propósito es atentar contra la vida, será responsable del resultado, por insignificante que sea su actuación.

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